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Carlos Ramírez

 

En julio, ya en ruta de salida forzada de la pandemia por el deterioro productivo, el vicegobernador del Banco de México Gerardo Esquivel publicó un texto para dar su punto de vista sobre “Los impactos económicos de la pandemia en México”, aunque en el fondo para alertar sobre los altos costos sociales pagados por mantener la ortodoxia hacendaria.

Esquivel era una pieza clave del grupo económico de la 4-T antes y durante la campaña electoral, pero fue desplazado de subsecretario de Hacienda al Banco de México por sus opiniones heterodoxas sobre política, desarrollo y economía. Puede decirse que Esquivel se acercó a una propuesta real de modelo de desarrollo posneoliberal, pero careció de autonomía como subsecretario de Egresos de Hacienda.

No es, pues, un enemigo de la 4-T; al contrario, pudiera decirse que es de los pocos cuadros que tiene un proyectoalternativo a la estrategia neoliberal salinista 1979-2018. De ahí la importancia de su texto que se presenta como “impactos económicos”, pero enfatiza el agravamiento social por la falta de decisión del Estado para atenuar la pobreza adicional provocada por las decisiones gubernamentales ante la pandemia.

Además del efecto negativo en el PIB, el desplome del consumo y el choque laboral por el frenón de la actividad económica que se están confirmando con las cifras oficiales, Esquivel lanzó la primera advertencia del costo social adicional:

Se anticipa un aumento importante en las tasas de pobreza total y extrema en el país. Según diversas estimaciones, alrededor de 9 millones de mexicanos podrían pasar a ser considerados como pobres y un número similar podría caer en situación de pobreza extrema (dieciocho millones en total). Este efecto podría llevarnos a alcanzar las tasas de pobreza más elevadas en lo que va del siglo. A la larga, éste será́ quizá́ el impacto más duradero y doloroso de esta crisis y el que requiere una atención de carácter más inmediato.

La clave de las propuestas de programa de apoyo emergente ante la crisis de Esquivel radicó en la protección de las fuentes de empleo y de los trabajadores. Esquivel delineó cinco decisiones de Estado con cargo a la política económica y presupuestal:

1) Un seguro de desempleo de emergencia que pudiera beneficiar al poco más de un millón de trabajadores formales que han perdido su empleo; 2) un programa de protección a la nómina que ayudara a las empresas a sostener un mayor número de empleos formales; 3) el diferimiento en el pago de contribuciones sociales a micro, pequeñas y medianas empresas; 4) un programa especial de apoyo para el pago de rentas u otros costos fijos (para restaurantes u otros negocios especialmente afectados por la pandemia); y 5) un programa que le otorgara un apoyo mínimo a los trabajadores informales que hubieran perdido temporalmente su fuente de ingresos.

La lógica económica de Esquivel radicó en la defensa de la planta productiva para proteger el empleo y evitar el cierre de fuentes de trabajo y el aumento del desempleo con trabajadores del sector formal e inclusive los del sector informal que no pudieron salir a las calles a vender. Como no hubo ese apoyo, hoy las cifras de quiebra de empresas, de salida de trabajadores de la población económicamente activa, de aumento del desempleo formal, de crisis en el sector laboral informal y de aumento de pobreza que se resumen en la cifra prevista de PIB anual de -9% a -12%.

A la vista de lo previsible de la crisis productiva del, 2020, el escenario a atender es el de mediano plazo de 2021 a 2025 y de largo plazo de 2025 a 2030. El documento de Esquivel fue circulado en la segunda quincena de julio y los datos oficiales de agosto confirman el costo económico y productivo del frenón económico. El gran desafíoradica en reconstruir la política económica, la estrategia de desarrollo y los diseños presupuestales para saber si el país podría recuperar lo perdido o comenzará la contabilidad del desarrollo a partir del hoyo recesivo de 2020.

Ciclo La columna y el poder”. Recuerde: de lunes a viernes de la semana próxima por Zoom habrá un ciclo de conferencias sobre la columna política y el poder para celebrar los treinta años de existencia de Indicador Político. Registros en http://indicadorpolitico.mx y anakarinasl@hotmail.com

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Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Asalto al Capitolio no fue golpe de Estado ni insurrección revolucionaria

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Carlos Ramírez*

Entre el silencio del expresidente Barack Obama como líder de la tibia ala progresista de los demócratas y la desaparición del presidente electo Joseph Biden sin control dominante sobre el Partido Demócrata, la reinaNancy Pelosi se ha erigido como la presidenta en funciones de los EE. UU. en los últimos quince días del periodo constitucional del presidente Donald Trump y con sus acciones ha definido el margen de maniobra estrecho de la próxima administración.

Lo de menos es que la reina Pelosi logre destituir al presidente constitucional; la parte más delicada del problema estadunidense se localiza en los grupos radicales y en el 47% del electorado que voto por Trump a pesar de la campaña en su contra y en el fermento de la guerra civil entre facciones existentes desde la fundación del imperio. Trump se ha fortalecido como líder de una fuerte y grande facción rebelde en los EE. UU. que seguirá en activo.

Lo grave del asunto era el cálculo político estratégico: ¿encabezaba Trump un golpe de Estado para quedarse en la Casa Blanca sin atender el proceso institucional electoral?

Los sucesos del miércoles 6 no llegaron a configurar indicios de un golpe de Estado porque ninguna institución civil o militar participó en ella ni tampoco mostraron el inicio de alguna revolución porque faltaban masas en las calles.

La candidatura de Trump en 2016 y 2020 se coló por los resquicios del sistema político-electoral, porque en ambos casos ganó la candidatura vía elecciones primarias, es decir, por el voto popular. Con ello, Trump asumió una representatividad de una parte de la sociedad –no sólo del electorado– estadunidense que funciona dentro del Estado y ausente en las votaciones: la parte social anti Estado capitalista.

La propia configuración de clases dentro de los EE. UU. ha permitido la existencia y funcionamiento de grupos radicales, todos ellos protegidos por la Segunda Enmienda constitucional que permite no sólo la compra libre de armas, sino la organización de milicias armadas al margen de controles del Estado. A lo largo de su existencia, el Estado estadunidense había sabido lidiar con esos grupos.

Un análisis frío de los sucesos del miércoles 6 en el Capitolio podrían llevar a escenarios diferentes a la narrativa de la reina Pelosi. Por principio de cuentas, no fue una insurrección; es decir, no se trató de un levantamiento popular para derrocar al gobierno y al sistema político; los grupos radicales convertidos en turbamulta irrumpieron en la sede del poder legislativo, hicieron destrozos, se tomaron fotos, deambularon por los pasillos, no secuestraron a los representantes y fueron atajados en algunas zonas del edificio por policías disparando. Horas después, los invasores abandonaron el Capitolio con tranquilidad.

Luego de la irrupción, ningún líder político se apropió de los grupos invasores, no hubo ninguna proclama directa de combatir por las armas, hasta ahora no existe ningún llamamiento a impedir el proceso constitucional de calificar elecciones, designar presidente electo y jurarlo el 20 de enero. Para el 20 se prevén choques de violencia, pero nada que tenga que ver con golpe de Estado para apropiarse del gobierno y del Estado.

La insurrección es el acto revolucionario, de derecha o izquierda, para organizar la destrucción de un sistema/régimen/Estado/constitución con el propósito de instaurar otro grupo y otro régimen en el poder. Trump sólo azuzó las pasiones de sus seguidores y el mismo careció de una propuesta de ruptura del orden constitucional para quedarse otros cuatro años o más en el poder. El acto de legitimación del presidente electo el miércoles 6 siguió su curso bajo la responsabilidad política del vicepresidente Mike Pence, a pesar de las insidias de Trump de que Pence debía de cumplir su tarea política de evitar ese proceso. No fue así. Todavía con el pánico a la violencia de horas antes, los representantes votaron el mismo día el ungimiento de Biden como presidente electo oficial y días después la moción de impeachment del presidente constitucional en funciones.

Lo que viene es el costo político de los resentimientos de la reina Pelosi. No se sabe hoy si se bloqueará, por proceso judicial, que Trump sea candidato a senador o a presidente, pero la crisis en realidad no se localiza en Trump sino en las masas sociales radicales de derecha a ultraderecha –el 47% del electorado– que ya probaron la fuerza de sus violencias y entendieron que el régimen actual estadunidense no les deja espacios para la lucha institucional.

El problema, por tanto, no es Trump, sino el régimen de un establishment que controla el gobierno de los EE. UU.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Asalto al capitolio, falla de seguridad; ni terrorismo ni insurrección miliciana

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Carlos Ramírez*

Una vez que los grupos radicales rompieron la valla de seguridad del Capitolio y se enfrentaron a pasmados y paralizados agentes –no de miedo sino de ausencia de entrenamiento y sin protocolos–, los grupos invasores nosupieron qué hacer y se dedicaron al chacoteo, a tomarse fotos en los escritorios importantes y a regodearse de su hazaña.

En este sentido, el asalto al Capitolio el miércoles 6 de enero no fue un ataque terrorista interno ni una insurrección armada ni una guerra civil encabezada por milicias. Los responsables, que se quitaron la máscara que ocultaba su rostro, se mostraron sin rubor para las fotos y salieron tan campantes como entraron. Por eso uno a uno han sido arrestados con cargos inflados que pudieran ser de terrorismo e insurrección, pero sólo para ayudar al proceso político de la reina Nancy Pelosi en su obsesión por derrocar al Donald Trump que se le ha escurrido entre los dedos de la mano.

Otra cosa podría ser lo del domingo 17 al miércoles 20. Un volante impreso de un cuarto de tamaño carta está circulando con avisos ominosos: convocan a una “marcha armada” hacia el Capitol Hill de la capital de la nación en el corazón de Washington DC y similares contra todos los edificios de Capitolios de las capitales de los estados. La cita es a las 12 del día del domingo 17, tres días antes de la protesta de Joseph Biden como presidente de los EE. UU. en una ceremonia a cielo abierto a la mitad de las escaleras del Capitolio, luego habría un almuerzo del nuevo presidente con el poder legislativo y más tarde el famoso desfile por la Avenida Pennsylvania de manera normal dentro de la limusina con blindaje superior y casi siempre caminando algunas calles. En el 2017, el día de la toma de posesión de Trump, hubo choques entre simpatizantes del nuevo presidente con grupos antifaantifascistas, de filiación de izquierda radical– vestidos de negro y todos con máscaras antigases.

Hasta ahora hay dos problemas: el FBI detectó a tiempo el operativo de asalto al Capitolio y no supo cómo procesar esa información como documento de inteligencia –la información no es inteligencia– y existen sospechas de que grupos policiacos simpatizan con los supremacistas tomando en cuenta que el movimiento Black Live Matters se pronuncia en todo el país con violencia para protestar contra la brutalidad policiaca contra afroamericanos y minorías hispanas.

Una información del The Washington Post el pasado martes 12 reveló la existencia de un reporte informativo del FBI que alertaba de la organización del asalto al Capitolio, pero que nunca se procesó como inteligencia consolidada. Se habría cometido, por segunda ocasión, el error de información-inteligencia del 2001 cuando el FBI detectó a grupos musulmanes que estaban tomando clase de manejo de aviones con la declaración formal a los maestros de que no les interesaba aterrizar aviones, sino sólo mantenerlos en vuelo. Agentes de la CIA alertaron de indicios de ataques terroristas que la CIA formal y el FBI desdeñaron, lo que ha alimentado las teorías de la conspiración sobre el 9/11 del 2001,

La oficina del FBI en Norfolk, Virginia, cerca de la capital DC, captó intervenciones telefónicas que hablaban de que “el congreso necesita escuchar vidrios rotos, puertas pateadas y derramamiento de sangre”, pero esos datos nunca se procesaron como base de inteligencia preventiva. Después del ataque un jefe de la oficina de Campo del FBI en Washington afirmó que “no había indicios” de violencia en la protesta, a pesar de las intervenciones telefónicas y del discurso del president Trump alentando a los alborotadores. La información fue catalogada como “no amenaza de seguridad” y acreditaron las palabras fuertes a la retorica de la ultraderecha supremacista, pero a pesar de ataques anteriores de violencia racista,

Los datos del The Washington Post, basados en reportes primarios del FBI, han alimentado las percepciones de que la violencia en el Capitolio pudo haber sido prevista y neutralizada y que organismos policiacos prefirieron noprofundizar las evaluaciones y no supieron cómo intervenir. El incidente del 6 reveló la inexistencia de protocolos de seguridad dentro de instituciones emblemáticas como el Capitolio, donde agentes de seguridad desenfundaronsus armas ante alborotadores que portaban armas automáticas de alto calibre. El temor era que una balacera hubiera desembocado en legisladores muertos.

Para la protesta del domingo 17 se ha decretado estado de sitio con policías, guardias nacionales y cuerpos antiterroristas deambulando por las calles, pero tampoco se nota el arresto de posibles líderes radicales.

 

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Política para dummies: Los peores enemigos de la política son el rencor y el miedo.

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Indicador Político- EE. UU.: estado de sitio; crisis de sistema/régimen/Estado/democracia

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Carlos Ramírez*

De hoy miércoles 13 al miércoles 20 de enero el sistema/régimen/Estado/democracia de los EE. UU. enfrentará una insurrección acreditada –aunque no apoyada– por el 47% de los electores trumpistas y el presidente demócrata electo Joseph Biden jurará el cargo en medio de un estado de sitio.

El impeachment contra el presidente Donald Trump sólo sobrecalentará los ánimos y ayudará a polarizar más la violencia. Los demócratas y sus aliados conservadores-republicanos-sistémicos nunca entendieron el fenómeno político de Trump y el puritanismo fundador de los EE. UU., se dedicaron a denostar al presidente saliente y permitieron la consolidación de una tercera fuerza radical que está rompiendo el duopolio monopólico –una forma de ilustrar la alianza demócrata-republicana– que ha dominado el país vía los lobbies de interés económico, intelectual, militar e ideológico.

El día en que la élite dominante decida buscar una explicación del trumpismo se va a encontrar que a lo largo de varias décadas se construyó en los EE. UU. un bloque de poder social anti Estado, anti establishment y anti capitalismo y con ellos se formaron las milicias supremacistas al amparo de la Segunda Enmienda que permite las armas. La élite del poder fue revelada por C. Wright Mills en 1956 como la organización que domina las decisiones del imperio y está constituida por tres estructuras que operan como engranes o dominios: el económico, el político y el militar. Esta estructura fue determinada por los tres conflictos que marcaron la hegemonía autoritaria del capitalismo: el control económico en Bretton Woods en 1944, la guerra fría salpicada por Corea, Vietnam, Cuba y ahora el musulmanismo ideológico y el anti terrorismo musulmán.

La élite gobernante de los EE. UU. percibió el desmoronamiento de la URSS como el fin de la historia y no una nueva etapa de relaciones de poder mundial. El modelo pendular republicanos-demócratas fue roto por la aparición en 2016 de Trump y su discurso puritano, supremacista, empresarial, de masas y sobre todo anti Estado. El problema de Trump, sin embargo, radicó en la pérdida del enfoque sistémico que tenía Steve Bannon, en el ejercicio despótico del poder y en la falta de un partido propio y sólo deshaciendo a los republicanos. Algunos demócratas pudieron entender la lógica destructiva sistémica de Trump y buscaron atraerse a los republicanos neoconservadores institucionales –tipo John McCain, George Bush Jr. y algunos reaganianos sobrevivientes– del viejo régimen imperial.

El juicio contra Trump, su destitución y el aplastamiento de sus seguidores con el uso de la fuerza policiaca y militar en estos días nada tienen de defensa de la democracia, sino que están vinculados con la supervivencia de la democracia capitalista imperial de la élite dominante de grupos de interés y de lobbies del poder corporativo, militar, político e intelectual. Este bloque de poder ve en Trump al destructor del capitalismo hasta ahora conocido y los fermentos de un fascismo irracional, diferente al fascismo institucional existente ahora y determinado como la “dictadura del gran capital” imponiendo su orden y control sobre las economías del mundo.

Las movilizaciones del 6 al 20 de enero ya estremecieron al mundo –como la Rusia que contó John Reed en 1917– en su primera semana del 6 al 15 y encontrarán su Día D el domingo 17 como para saber si el miércoles 20 habrá, ahora sí, algún indicio de guerra civil formal y real entre milicias ultras armadas y las fuerzas de seguridad del Estado. En medio de los conflictos aparece una tambaleante y deslegitimada democracia que fue incapaz de procesar los comportamientos de un Trump que ha tenido cinco años –de las campañas de 2016 a las elecciones de noviembre pasado– sin oposiciones institucionales ni sistémicas reales. Los demócratas y antitrumpistas se confiaron en que Trump iba a ser aplastado en las urnas, pero se encontraron con Trump y aliados con el 47% de votos populares y una diferencia de 34.8% de votos electorales por Biden contra 23.7% por Trump.

La ofensiva demócrata con republicanos sumisos y timoratos para destituir a Trump sólo busca anularlo como candidato a senador en el 2022 y presidencial en el 2024, pero ignora el hecho de que Trump es líder de un movimiento de masas informe y violento. Si la violencia aumenta con acciones de protestas a balazos hoy miércoles o el domingo 17, entonces Trump habrá ganado la batalla política fracturando a unos EE. UU. que yaestaban divididos, pero que los demócratas y republicanos institucionales nunca quisieron reconocer.

 

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Política para dummies: La política se resuelve en las calles cuando no encuentra acuerdos en las instituciones.

 

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