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Carlos Ramírez*

Todos los países del mundo deben tener una mayor sensatez en la lectura de los signos geopolíticos de poder. A Donald Trump lo pueden acusar de todos los comportamientos groseros y vulgares que se quiera, pero se tiene que hacer el esfuerzo para analizar si su geopolítica pudo haber sido la oportunidad para construir una paz no-bélica.

Una de las designaciones clave del nuevo gobierno de Biden estaba en el nombre y propuesta del secretario de Defensa. En el lenguaje formal, el titular es el Ministro de Guerra, en el extraoficial aparece como jefe del Pentágono; y este edificio de cinco puntas es conocido, como propuesta del analista James Carroll, como la Casa de la Guerra.

El Pentágono es el eje central del poder estadunidense: al exterior, por su papel en invasiones, guerras y dominaciones; en el interior, como el aparato de fuerza que le otorga a la Casa Blanca la última instancia para combatir rebeliones internas, como se vio en los días calientes de la toma de enero en EE. UU. por la amenaza de mover al ejército contra las protestas poselectorales.

Biden designó como titular del DOD –por sus siglas en inglés– a un militar guerrerista contrainsurgente en Irak y Afganistán, apenas retirado hace cuatro años y sin los siete que exigen las leyes estadunidenses. El senado le otorgó al general de cuatro estrellas Lloyd Austin el “permiso” para ser secretario de Defensa, al parecer por el compromiso retorcido de ser un “secretario civil” a pesar de su formación militar.

Para entender en Europa e Iberoamérica la lógica –que la hay– en el nombramiento de Austin nada mejor que la lectura de la traducción del libro de Bob Woodward sobre la presidencia de Trump: Rabia. Aparte de que el periodista de Watergate –autodeclarado republicano conservador-no-radical y exmarine en su servicio militar obligatorio– aporta datos para alimentar el odio contra Trump, su libro también ofrece información sobre las decisiones de Trump referidas a su política militar exterior.

Los interesados en tener un panorama histórico del escenario militar en la Casa Blanca en el pasado reciente más amplio deberían enriquecer su lectura con otros libros de Woodward que exhiben el funcionamiento de las relaciones internas de poder entre políticos y militares y la configuración de la política de seguridad nacional del imperio: Las guerras secretas de la CIA (1988) sobre el belicoso Reagan, Los comandantes (1991) sobre Bush Sr., Bush en guerra (2003), Plan de ataque. Cómo se decidió invadir Irak (2004), Negar la evidencia(2006) y La guerra. Historia secreta de la Casa Blanca sobre el modelo militarista vigente de Bush Jr., Las guerras de Obama (2010) sobre el militarismo del profesor de derecho constitucional y ahora Rabia.

Estos ocho libros ayudarán a entender los datos que presenta Woodward; Trump negó los pasos de guerra de la Casa Blanca contra Corea del Norte y salvó –horror: habrán de reconocérselo– a EE. UU. y al mundo de una conflagración nuclear con Kim Jong-un. “Estuvimos muy cerca”, recoge Woodward como palabras del líder norcoreano en versión de Mike Pompeo, secretario de Estado de Trump. Y hay más: el primer secretario de Defensa de Trump, Jim Mattis, un general marine, es decir: de los duros guerreristas, le contó a Woodward cómo tenía siempre una sala móvil de comunicaciones especiales para monitorear los misiles de pruebas norcoreanos con el temor de que alguno de ellos fuera dirigido contra territorio estadunidense.

Trump nombró al marine Mattis y le refrendó el apodo que decían alguien le había puesto: Perro Rabioso. Eso quería Trump: no un general de guerra, sino un animal de amenaza. Mattis agotó su paciencia con un Trump que le daba muchas vueltas a las decisiones militares, pero que se negó a usar la fuerza militar contra Corea del Norte, China, Rusia e Irán, Para Trump, el papel del Pentágono era el de intimidar, pero con una correa para mantener bajo control a los perros rabiosos militaristas.

La llegada del general Austin la Casa de la Guerra, el Pentágono, tiene ahora sentido, sobre todo después de la lectura de los libros de Woodward. El factor de dominación imperial de la Casa Blanca se localiza en la posesión de una maquinaria de guerra, del uso de los militares y de decisiones extremas. Mattis se opuso a que Trump disminuyera el presupuesto a la OTAN y redujera su nivel de intimidación con menos tropas, pero ahora el expresidente Obama se siente “orgulloso” de haber ordenado el asesinato extrajudicial de Osama bin Laden, invadiendo Pakistán sin permiso y usando un comando de marines para matar al presunto culpable del 9/11 pero sin cumplimentar procesos judiciales: un asesinato de venganza.

Con Austin regresa Biden al modelo de guerra de dominación de EE. UU, y con la Casa Blanca dependiendo de los acuerdos militares. No se entiende por qué Biden nombró a un militar guerrerista para que funcione como “secretario civil” de Defensa, si pudo haber designado a un civil para contrapesar los consejos de los militares. A veces no ayudó mucho; Robert McNamara como secretario civil de Defensa contuvo a los militares que aconsejaban usar misiles contra Cuba en 1962, pero convenció al presidente Johnson de llevar más de 500 mil tropas a Vietnam para arrasar ese pequeño país y fue el estratega de los bombardeos secretos contra población civil.

Biden reinstala, pues, la amenaza militar estadunidense en las relaciones internacionales, reconstruyendo el clima de temor en la población mundial. Y no hay nadie que le agradezca a Trump haber frenado a Perro Rabioso del DOD que quería arrasar Corea del Norte y darle lecciones militares a China y Rusia. La designación de Austin como secretario de Defensa fue una definición estratégica del imperio estadunidense de Biden.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

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Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Kamala en México como jefa de la DEA, no vicepresidenta

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Carlos Ramírez

A pesar de que los temas de migración y comercio son vitales para México y EE. UU., la vicepresidenta estadunidense Kamala Harris se va a centrar hoy, en su conversación vía internet con el presidente mexicano López Obrador, en narcotráfico. Y como tema especial, la segunda en mando en la Casa Blanca exigirá anular, desvirtuar o darle la vuelta a las reglas de operación y registro de las agencias de seguridad estadunidenses en Mexico.

La reunión significará una violación a las normas protocolarias entre dos naciones. Los contactos formales deben darse entre los mismos niveles de jerarquía; es decir, que el referente directo del presidente de México es el presidente de EE. UU.. En ese sentido, no se vería mal que el presiente Lopez Obrador designara a su canciller Marcelo Ebrard Casaubón como el interlocutor de la vicepresidenta estadunidense, toda vez que en México no existe el cargo equiparable, ni siquiera el de jefe de gabinete o primer ministro.

Las reglas de relaciones exteriores deben proteger al presidente de la república, toda vez que por presiones de su interlocutora se vea obligado a tomar decisiones que no debieran ofrecerse de manera tan directa. En los hechos, nadagana el presidente López Obrador con charlar con la vicepresidenta y ella viene con la agenda intermediada del presidente de EE. UU. que por alguna razón no la quiere formalizar en directo con el jefe del Estado mexicano.

 En los escasos cien días de gobierno, Biden ha tomado decisiones que representan una presión de seguridad nacional sobre México para obligarlo a asumir el enfoque, la agenda y los intereses de EE. UU. como prioritarios. Por decisiones de gobierno, López Obrador determinó –con aciertos o equivocaciones– una estrategia de seguridad interna a partir del principio de “construcción de la paz” y se alejó del modelo de la guerra contra los narcos que habían decretado los presidentes Calderón y Peña Nieto.

El modelo de eludir la confrontación violenta fue una decisión de gobierno, de Estado y de Plan Nacional de Desarrollo promulgado en el Diario Oficial de la Federación. En cambio, la estrategia de Biden quiere obligar a los países sede de la droga y de las organizaciones criminales a confrontar a los cárteles y capos porque así conviene a los intereses de seguridad nacional de EE. UU.. Obligar a México a anular su propia estrategia y a imponer la estadunidense implica un gesto imperial al viejo estilo vaquero del gobierno republicano de Ronald Reagan.

El problema en sí no se localiza en los objetivos diferentes, sino en los abusosintervencionistas de la Casa Blanca. Sin cumplir con los requisitos de registro de agentes y decisiones ante las autoridades mexicanas, como mandatan las reformas a la Ley mexicana de Seguridad Nacional, el gobierno de Biden autorizó operaciones de la DEA dentro de México sin cumplir con las nuevas reglas, con el pretexto de que México no está combatiendo a los cártelesproductores del fentanilo que llega a EE. UU. y que se ha convertido en la principal causa de muerte de adictos.

El principal argumento de México es impecable y debiera ser usado por el presiente López Obrador: el fentanilo llega a EE. UU. porque lo exige la demanda de droga de grupos delictivos y consumidores, porque la droga cruza la frontera del lado estadunidense con el aval de oficinas fronterizas locales y porque se vende al menudeo en más de tres mil ciudades del 85% de los estados de EE. UU.. Y en los planes sobre drogas de la Casa Blanca, el presidente Biden nada dice de las causas de la horadación de la seguridad nacional estadunidense por narcos mexicanos y la facilidad que tienen los cárteles mexicanos para controlar el mercado al menudeo de esa y otras drogas en las calles americanas.

La agenda mexicana de la vicepresidenta Kamala Harris no parece estar muy clara. Su forma de enfocar con autoritarismo la crisis de migración en la frontera provocó la renuncia de la embajadora Roberta Jacobson a la oficina especial que le abrió Biden en el Consejo de Seguridad Nacional. Y el encuentro de hoy va a mostrar que la Casa Blanca carece de entendimiento sobre la forma de negociar con México.

 

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Política para dummies: La política del nacionalismo ha sido el eje de la estrategia de relaciones México-EE. UU. después de la guerra de 1847 en la que la Casa Blanca le robó a México la mitad del territorio.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Línea 12: de Cárdenas a Morena, fin de ciclo; crisis de gobierno como 1985

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Carlos Ramírez

Aunque los candidatos de Morena mantengan su mayoría en las elecciones de junio próximo, el accidente en la Línea 12 del Metro será una espina clavada en el grupo político y de poder que tomó el control de la capital de la república en 1997.

Y el problema no será electoral de manera estricta porque Morena podría seguir manteniendo sus posiciones, sino de eficacia en la gestión de gobierno y de construcción de una corriente política dominante. Y en tanto en Ciudad de México no exista un relevo alternativo político-partidista-ideológico a Morena que tampoco sea el viejo PRI, la gobernanza y gubernamentalidad –el poder y la sociedad– en la capital deteriorarán la calidad de gobierno.

Más allá del lamentable accidente cuya investigación oficial reforzará o deteriorará la dirección política del presidente López Obrador rumbo al relevo legislativo de 2021 y al cambio presidencial en 2024, de nueva cuenta Ciudad de México será el foco del termómetro social, cultural, político, ideológico y de grupos.

La crisis en el Metro representa un desafío político al presidente López Obrador, cuya influencia en el manejo político electoral en la capital de la república viene desde 2000. El primer paso defensivo no fue el mejor: culpar a la prensa por sus criticas al gobierno, cuando la sociedad esperaba decisiones de investigación y responsabilidad más directas. Los tres niveles político-administrativos tocan el espacio de poder presidencial: los responsables directos del gobierno capitalino –Marcelo Ebrard, Miguel Angel Mancera y Claudia Sheinbaum–, los indirectos en posiciones de jerarquía administrativa y los operativoscomo responsables de protocolos de seguridad.

El sistema político priísta que se nutrió del modelo romano de tiempos de los Césares –por cierto, un detalle que recogió y proyectó de manera formal el Francisco I. Madero que invocó el presidente en su conferencia del martes– se basaba en el circo romano. Sí; la sociedad necesitaba desde el primer momento de renuncias, separaciones de cargo y deslindamiento superior de responsabilidades y la creación inmediata de una comisión independiente de investigación.

La más interesada en ofrecer mensajes inmediatos era la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum como gobernante electa, pero la imagen sentadita en la conferencia de prensa mañanera del martes evidenció su nivel de regenta. Sus primeros mensajes intentaron congelar los efectos sociales de la crisis, pero fueron acallados con las imágenes de familiares devastados por las muertes. Ahí, en ese momento, se requirieron de decisiones de ajustes inmediatos de cargos.

Las primeras 24 horas fijaron la interpretación del accidente en una crisis política de gobierno. Centralizar las criticas en los medios no atenuaron el efecto brutal de las imágenes de noticieros y redes. Era difícil suponer un desplazamiento de Sheinbaum del cargo capitalino, pero debió de haberse formado de manera rápida una comisión oficial de investigación, un grupo político de control de daños y sobre todo una comisión legislativa indagatoria.

En la crisis en el Metro en 2015 en la estación de Oceanía, los partidos en el congreso local eludieron la presidencia de una comisión investigadora por la confrontación; de entre todos, el único que apareció sin preocupaciones fue el diputado de Nueva Alianza, Jorge Gaviño, quien de inmediato se potenció para dirigir la comisión investigadora; de manera hábil, el jefe de gobierno, Miguel Angel Mancera, luego lo cooptó y lo designó director del Metro. El control de daños evitó una crisis.

El accidente del lunes en la noche tuvo una oportunidad para centrar la atención en las consecuencias, no en la elusión de responsabilidades: un nuevo director del Metro, una comisión de mantenimiento especial para realizar un reporte del estado del sistema y una comisión investigadora en el congreso capitalino le hubieran dado al gobierno lopezobradorista el control de los acontecimientos. Hacerlo después, sin duda, ineficaz y criticado. Manuel Camacho Solís y Carlos Salinas de Gortari sacaron a De la Madrid de su miedo ante los terremotos de 1985 y tomaron decisiones que los pusieron delante de la investigación, aunque al final sus resultados fueran escasos.

Las crisis accidentales son las peores para las gestiones de las crisis de gobierno.

 

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Política para dummies: La política es el arte de atender accidentes para administrar los daños.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Final patético de la figura política de Muñoz Ledo; él o el diluvio

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Carlos Ramírez

Luego de haber saltado a la fama política en 1969 con sus dos discursos de defensa sistémica estatista del presidente Gustavo Díaz Ordaz por el manejo de la crisis del movimiento estudiantil del 68 y sobre todo la justificación del 2 de octubre en Tlatelolco, Porfirio Muñoz Ledo ahora está llamando a defender la constitución contra el gobierno que él contribuyó a consolidar.

El problema radica en el hecho de que el presidente Andrés Manuel López Obrador está decidiendo reformas que han sido siempre parte de su discurso, incluyendo la anulación del Estado neoliberal salinista 1983-2018 y realizando las reformas constitucionales adelantadas en sus varios proyectos de nación. Y que Muñoz Ledo siempre apoyó y avaló a López Obrador y en los hechos se comprometió a apuntalar la reforma para la reconstrucción del Estado social.

Ahora aparece un Muñoz Ledo enojado porque su partido Morena le negó la reelección como presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados en 2019 y ahora mismo le negó su reelección como diputado. Y en este momento, resulta que Morena es peor que el PRI que él ayudó a construir en su juventud política. Y como el Quijote de la política que perdió la sensatez por haber leído tantos libros de caballería política, ahora Muñoz Ledo busca encontrar al Caballero Negro y los molinos de viento para salvar a su Dulcinea Constitucional.

La verdad que no se sabe cual es el eje de la lucha de Muñoz Ledo: ¿destruir el modelo político de reformas del presidente López Obrador y Morena sin salirse del partido y buscando quizá que Morena se le apoye a sus delirios para…? ¿Para qué?: ¿sólo ser candidato a la reelección, convertir a la Cámara de Diputados en su cementerio de elefantes por los 88 años de edad actuales, suponer para sí la candidatura presidencial en 2024 para implementar su modelo de nación, un despertar tardío porque vio algo inaceptable en las decisiones lopezobradoristas, o algo? ¿Pero qué…?

Muñoz Ledo fue descubierto por Díaz Ordaz como una joya juvenil y lo hizo secretario general del Seguro Social a sus 34 años, luego fue protegido por Luis Echeverría en su camino a la candidatura presidencial, funcionó como el consejeromaquiavélico del Príncipe en Palacio Nacional hasta que en 1973 ascendió a secretario del Trabajo y Previsión Social y en 1985 entró como relleno en la lista de precandidatos presidenciales que disputaban en forma efectiva sólo Mario Moya Palencia y José López Portillo.

Luego saltó en los espacios de todos los grupos políticos: PRI, PAN, PRD, Morena, PARM. Nunca pudo deshacerse de la figura de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, inclusive ni cuando delató que Cárdenas se había reunido en secreto con Carlos Salinas de Gortari en 1988. Como presidente del PRD tampoco alcanzó el nivel de caudillo que tenían Cárdenas y López Obrador. Conflictuada su carrera diplomática, se encerró en el limitado espacio legislativo, Y en 2018 rogó hasta la humillación que lo hicieran presidente de la primera mesa directiva para “pasar a la Historia” y retirarse como el diputado que le colocó la banda presidencial a López Obrador. Hoy quiere eternizarse en el congreso otros tres periodos. Ya verá después qué posición pedirá cuando cumpla 100 años.

Muñoz Ledo tiene un pensamientopolítico priísta; y si se quiere mayor precisión, un priísta de corte echeverrista, suponiendo en esta corriente una configuración seria de ideas, objetivos y definiciones vinculadas al proyecto nacional histórico social de la Revolución Mexicana. Pero en su biografía tiene Muñoz Ledo un lugar acomodaticio; mareó al presidente Fox sobre una reforma del Estado que no fue sino la consolidación del viejo régimen priísta.

Su pensamiento sistémicoestá plasmado en la conferencia que dio en 1978 en el seminario sobre el sistema político mexicano que realizó Stanley R. Ross en la Universidad de Texas en Austin y ahí dibujó su modelo de nación al explicar el modelo sistémico del presidente Echeverría. No se olvida que como secretario del Trabajo defendió hasta la violencia el liderazgo de Fidel Velázquez, sobre todo de los enfoques de sindicalismo independiente que salieron de El Colegio de México –del entonces investigador Manuel Camacho Solís– y reprimió a golpes las críticas de Heberto Castillo Martínez contra Echeverría.

Los personajes históricos que definen la personalidad de Muñoz Ledo no son muchos: Nicolás Zúñiga y Miranda, Gonzalo N. Santos y un Alonso Quijano bizarro.

 

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Política para dummies: La política es el espejo del alma.

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