Segunda Parte
Por Manuel Gutiérrez
Siendo la filósofa Simone Weil, franco-judía, una marxista de pura cepa, resulta sobresaliente su descubrimiento religioso que la llevó incluso a plantearse temas teológicos, resultado de su capacidad de análisis y de las preguntas trascendentales que se hace el ser humano, que es más que mera materia y ocupación espacio-temporal.
Esto comenzó en 1937, en que la curiosidad de Simone la llevó a topar con la vida del Santo de Asís, San Francisco, en que peregrinó a visitar la tumba del santo, a conocerlo a profundidad, profundamente deslumbrada por su mensaje de santidad que implicaba el abandono de todo lo mundano, para ser para ella una especie de vagabundo liberado de toda clase de pesos, dedicado solo a lo trascendental.
Sin embargo, este fue sólo el comienzo. Simone siguió hurgando entre la historia de su pueblo, el papel mesiánico de Jesús, y continuó inquietando su alma, porque para entonces manejaba el concepto con frecuencia y naturalidad, para haber sido extrema materialista.
Volvió a buscar otro encuentro, pero esta vez fue en la Abadía de Solesmes, en que algunos investigadores y sobre sus escritos comentan que el encuentro fue —o por lo menos ella supuso— en su interior, directamente con Jesús, lo que la llevó no a buscar ser una pensadora de la Iglesia o del cristianismo, pero sí a elaborar una serie de conceptos de enorme valor.
De ahí vino una obra de ella, La gravedad y la gracia, que comienza estableciendo cómo la ley de gravedad nos mantiene atados a la tierra como una ley física, pero existe la gracia divina, que puede ayudar a romper esas ataduras.
Siempre diferente, estableció el concepto atención. La atención total en el mensaje divino, o el culto o en la reflexión, para Weil pueden ser comparativos de la oración. Mucho de ese ejercicio mental puede tener esa valoración cuando se dirige al Creador, supongo con las teorías de Weil.
Pero ella se atrevió con sus conocimientos a abundar en el tema como resultado de su introspección filosófica, que reiteró en sus cartas para constituir la obra A la espera de Dios, texto que plantea que se está en espera pasiva por la presencia o entendimiento del mensaje de Dios, al que se puede encontrar con la “atención” como una forma pura que lleve a ser contenido de valor alto como una oración.
En algunas de sus citas: “Creer en Dios no es una decisión que se toma, sino una mirada que se dirige” o “Dos fuerzas gobiernan el universo: la gravedad y la gracia”.
Tratando de explicar mejor, la gravedad no es la ley de Newton, es una fuerza natural del ego, que lleva al egoísmo; es hacer de todo para protegernos, brillar o traspasar nuestro dolor a los demás.
El ego tiene una inercia propia, siempre busca expandirse y llenar los espacios. La búsqueda del poder o la aprobación es dejarse llevar por la fuerza del mundo, la gravedad, que pasa a tener una connotación espiritual con la Weil.
La Gracia es la fuerza con la gravedad, es la “capacidad de hacer el vacío”. Con ella podemos quitar el yo para hacer espacio para los demás, o para Dios. “Todos los movimientos naturales del alma están regidos por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción es la Gracia”.
La conversión de Simone es increíble; su origen judío, su formación cultural, el gnosticismo, el activismo revolucionario que entendió como una forma extrema de compasión por los demás. Se narra que estando en Portugal vio una procesión religiosa de mujeres que cantaban himnos tristes, y dedujo que el cristianismo es la religión de los esclavos, no de los grandes del mundo.
Su primera vez que adoptó de forma inexplicable la posición de rodillas fue en Asís, en que sintió el peso de la gracia, que la imponía. Incluso recitaba un poema místico de George Herbert, intitulado Love; al recitarlo sintió que Cristo bajaba y la recibía.
A partir de ahí pensó diferente, planteó otras cosas, pero no completó su conversión, que estaba en el sentido filosófico, porque nunca se bautizó. Decía que la Iglesia era demasiado institucional y que ella prefería quedarse afuera, del lado de los ateos y de los marginados. Para ella eso era hacer “de-creación”, es decir, desaparecer la propia personalidad y el yo, para que la gracia pudiera actuar.
Anteriormente, este tipo de pensamiento, aún como ejercicio filosófico, mucho menos en contexto religioso, era descalificado por el origen de la autora, que le implicaba desconfianza, como mínimo; pero de ahí parte su valor, porque no llegó en tiempos de comodidad y en que lo extravagante tiene nicho, y que lo raro se sobrevalora.
Su reflexión es atemporal, directa y sin engaños; no pretende convertir, da una explicación filosófica, una postura radicada en la conversión parcial, total o singular, pero innegociable. Este es su gran valor y no pretendo añadirle otro propósito como en su creación.
REFLEXIÓN SOBRE LOS PARTIDOS, LA DEMOCRACIA: WEIL ES DEMOLEDORA
En 1943, la autora lanzó una obra sobre los partidos políticos y la democracia, una teoría deslumbrante y radical; incluso tal vez pasa como monárquica, anti números democráticos para sumar un gobierno de mayorías.
En Nota sobre la supresión de los partidos políticos, escrito en 1943 cuando parte de la resistencia francesa, dice que democracia y partidos políticos son incompatibles. Los partidos actúan como un veneno que destruye el tejido democrático y anulan la capacidad de pensamiento crítico de los ciudadanos.
Weil sostiene que todo partido se vuelve nocivo: “Es una máquina de generar pasión colectiva. En lugar de apelar a la razón o reflexión individual, los partidos operan por la propaganda diseñada para producir emociones gregarias y fanatismos”.
“Los partidos ejercen presión sobre las mentes. El partido obliga a aceptar posturas en bloque; en la práctica anulan la libertad de conciencia, el militante deja de preguntarse qué es lo justo para preguntarse qué beneficia a su organización”.
Añade en otro concepto explosivo: “El fin de un partido es su propio crecimiento ilimitado. Debido a una especie de instinto de conservación institucional, deja de lado el bien común para buscar la acumulación de poder y la victoria electoral perpetua”.
Simone compara con el contrato social de Rousseau y el concepto de la voluntad general del mismo pensador francés. Para una decisión legítima, el pueblo debe expresar su juicio de manera individual, desapasionada y buscando el bien público.
Pero ¿qué hacen los partidos? Ella dice: “Si una aglomeración de personas se apasiona por la moción, la decisión que tome no será de la voluntad general, sino de una pasión colectiva. Cuando existen partidos en un país, tarde o temprano se llega a una situación en que es imposible intervenir felizmente en los asuntos públicos sin entrar en uno y jugar su juego. Quienquiera que se preocupe por el bien público abdica de su preocupación para someterse a la del partido o es eliminado”.
Obviamente con estos conceptos el súper-partido del signo socialista quedaba desacreditado por el contenido intrínseco de las afirmaciones. Para entonces ya estaba muy lejos de ser ferviente atea marxista-leninista y de hablar del partido de los trabajadores como vanguardia mundial.
“El ciudadano moderno elige entre diversos paquetes de mentiras y eslóganes prefabricados por estructuras burocráticas. La lucha entre partidos se reduce a una lucha por el poder, vaciando el contenido ético”.
“Un partido exige lealtad, exige que sus miembros defiendan públicamente una postura públicamente, incluso si en su fuero interno saben que es falsa o injusta. Esto produce una ‘lepra mental’, acostumbra a los individuos a mentir y justificar el error en nombre de la cohesión de un grupo. La disciplina de un partido no es una virtud, sino la renuncia al pensamiento propio y a la honestidad intelectual”.
Simone propone remedios a estos vicios que al parecer podemos encontrar en la política mexicana sin especificar, pero todos sabemos de qué hablamos. Para ello propone candidaturas y debates en torno a temas específicos, no a marcas partidistas.
“El protagonismo de la conciencia individual, en que cada legislador y ciudadano voten libremente según su sentido de la justicia (no mayoriteo, no dedazo, no acordeón, no consignas) y la verdad en cada caso, sin represalias ni líneas de partido”.
En síntesis, Weil propone que se retorne a la inteligencia y moralidad de cada individuo, no la mediación totalitaria de los partidos… (¿Qué pensaría del narco-voto y de la cooptación mediante dádivas y sobornos por el voto, en países extraños en que esto ocurre y los ciudadanos se pueden percatar?).
Simone Weil es una joya, pero su libertad la hizo intolerable. Sartre se sumó a todas las consignas del socialismo internacional sin admitir errores, abusos y hasta crímenes. Miró a otra parte o mintió para justificar los excesos, sin moral alguna.
Eso consagró a Jean-Paul Sartre y dejó en el olvido a un sobresaliente talento como el de Simone Weil.
Curiosamente, me llevó a recordar las intervenciones de Vanessa Uribe en Temas de Medio Día o de Por la Tangente, en eso de pedir al votante que no vote por marcas, por carro completo, que vote eligiendo cada caso individual, cada propuesta, cada expediente si es limpio o manchado.
Una involuntaria síntesis del pensamiento de Simone Weil fue la solución democrática de Vanessa. La judeo-francesa se agiganta sobre sus ideas y su manera de vivir, genuinamente con pasión social, con deseo del bien común, como una derivación de un nuevo espacio interior ocupado por el bien, o mejor dicho por la Gracia Divina.
Es sin duda el caso del pensador más raro, pero las grandes luminarias desde San Pablo comenzaron por una conversión… y el espíritu sopla donde quiere. Vale mucho conocer a esta autora que se suma a Hannah Arendt, Ayn Rand o Anne Applebaum, todas ellas judías, pero certeras, brillantes y por encima de sus limitaciones, de su contexto y de la tentación de seguir el camino fácil de vender mentiras; las otras tienen puestos en el poder.
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