
Por Amaury Sánchez
La transición presidencial en Estados Unidos siempre es un momento de atención mundial, pero pocas veces ha generado tantas expectativas como la próxima llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. En este contexto, el llamado del vicecoordinador de Morena en la Cámara de Diputados, Alfonso Ramírez Cuéllar, cobra una relevancia particular. La propuesta de convocar una Cumbre trilateral entre los mandatarios de México, Estados Unidos y Canadá trasciende la coyuntura política; es una necesidad estratégica para el futuro de América del Norte.
Ramírez Cuéllar identifica con acierto dos frentes cruciales que esta cumbre debe abordar: la seguridad y la economía. En el primero, el legislador subraya la urgente necesidad de enfrentar las amenazas compartidas que emanan del tráfico de drogas, armas y la creciente violencia transnacional. No es un secreto que el consumo de drogas en Estados Unidos alimenta una cadena de violencia que afecta a México de manera desproporcionada, ni que la llegada de armas de contrabando desde el norte ha potenciado la capacidad de fuego de los grupos criminales. Este tema no solo exige coordinación entre gobiernos, sino también un compromiso sincero y acciones concretas que trasciendan discursos políticos.
En el ámbito económico, Ramírez Cuéllar destaca la importancia de reforzar los lazos comerciales, especialmente en un momento en que el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) enfrentará nuevas negociaciones. La propuesta de avanzar hacia una política industrial común sugiere una visión de largo plazo que reconoce que la integración económica es un pilar esencial para la competitividad de la región en un mundo globalizado.
Sin embargo, las palabras del legislador morenista también revelan un desafío subyacente: ¿existe la voluntad política para construir esta agenda trilateral? La retórica proteccionista de Trump, la incertidumbre en torno a las prioridades de Canadá y las tensiones internas de México podrían convertirse en obstáculos difíciles de sortear.
América del Norte enfrenta una oportunidad única para redefinir su relación como región. Más allá de las diferencias ideológicas y los intereses nacionales, existe una responsabilidad compartida de garantizar la prosperidad y la seguridad de sus ciudadanos. La cumbre propuesta por Ramírez Cuéllar no solo es deseable; es imprescindible. Pero para que sea exitosa, los líderes de los tres países deberán dejar de lado los cálculos políticos de corto plazo y apostar por una visión compartida que priorice el bienestar común.
El reloj avanza y la ventana de oportunidad no permanecerá abierta para siempre. ¿Tendrán los mandatarios de México, Estados Unidos y Canadá la altura de miras para estar a la altura del desafío? Eso, como siempre, dependerá de la política y de quienes la practican.
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