La opinión de Manuel Gutiérrez
Los escenarios de guerra ocasionan un daño gigantesco al medio ambiente. Probablemente Ucrania sea el país más contaminado del mundo, pero con las represalias Rusia también padece efectos nocivos en sus condiciones de hábitat.
¿Qué ha significado para la salud del mundo la guerra de invasión a Ucrania? Pero analizaremos otros lugares en conflicto, porque la narrativa y los efectos se repiten en Medio Oriente, y ahora amenazan a África. Incluso en México, con los narcobloqueos un día sí y otro también y la guerra de Sinaloa, se incineran vehículos, un promedio de 25 a 50 por incidente, más otros daños.
La guerra actual en Ucrania es el peor desastre ambiental del siglo XXI; se han emitido 311 millones de toneladas de CO2, según datos de la IGGAW (Iniciativa de Contabilidad de Gases de Invernadero de la Guerra).
Esta cifra cubre el período del 24 de febrero de 2022, inicio de la invasión, a febrero de 2026, pero en el ciclo 2025-2026 se sumaron 75 millones de toneladas más.
El origen de ese carbono —que significa una molécula de un átomo de carbono por dos de oxígeno— es el origen del dióxido de carbono. Todo lo que se quema lo produce: los colosales incendios de bosques de España o México, un coche funcionando, una industria, un tanque ruso consumiendo diésel, o un bosque incendiado por artillería y operaciones bélicas.
Esto genera el efecto invernadero. Un poco de CO2 es necesario, pero demasiado acontece en nuestro mundo y genera un cambio climático universal: calores, sequías, turbonadas de vientos de más de cien kilómetros por hora, granizadas, calores excesivos en todas partes.
Los glaciares se derriten; da cosa de espanto ver las rocas desnudas donde había hielo y mantos de nieve; el mundo se calentó por todas partes.
El CO2 es transparente, no lo ves, pero lo respiras cada vez que lo haces. Es como un manto de plástico aislante que cubre la Tierra. El calor entra por el sol, pero queda atrapado por el manto plástico… como tener un automóvil a pleno sol con las ventanillas cerradas.
Para darnos una idea de la última cifra de 311 millones de toneladas, es como si toda Francia, por todo un año, generara esa capa de invernadero. Pero en este caso no es causada por la vida natural de un país, es un extra agregado por bombas, drones, misiles y artillería, nada más…
Bien, quedamos en que el 37% del dióxido de carbono se genera por la pura guerra; el 90 por ciento es combustible quemado. Esto afecta a Rusia, con más de 20 refinerías que han sido incendiadas y toneladas de combustibles que han ardido inútilmente.
Es como cuando Irak prendió fuego a los pozos petroleros, generando otra atmósfera en el Medio Oriente, obviamente nociva.
Agregue ahora un 23% por incendios forestales consecuencia de la guerra y que han asolado el mundo —incluso la temporada de secas en México genera grandes fuegos en bosques—. Un 23% se deriva de la creación de acero y cemento, porque incluso la reconstrucción genera esa capa gaseosa.
Agreguemos otro factor poco considerado: hay regiones en Europa (Francia) en que las huellas del paso de los aviones convierten el cielo en una telaraña de estelas. Esto aporta otro 9%.
Otro dato: en 2025 hubo 1.39 millones de hectáreas de bosques y campos quemados por bombardeos, incluso en ciudades, casas, edificios, mercados, hospitales, escuelas, etc.
El costo climático de la guerra se estima en 57 mil millones de dólares, casi el costo de los dos primeros años de guerra —que deben estar próximos a 600 mil millones de dólares—, sin estimar las pérdidas de Rusia, ya que Ucrania pidió esto como reparación en la reunión COP 30.
Los suelos de Ucrania, al margen de todo, están infestados de minas, trampas explosivas diversas, así como hilos de fibra óptica que se emplearon en el manejo de drones de ese tipo. El suelo de Ucrania, una tierra fértil destinada a alimentar a la humanidad con trigo y otros granos, presenta, por contaminación, 11,400 millones de dólares en gastos estimados en saneamiento.
Otro factor: metales pesados como el plomo y residuos de tanques y vehículos diversos llegan al mar de Azov y al mar Negro; pero el mar Negro lleva todo eso al Mediterráneo, entonces la contaminación llega a la Costa del Sol, a la Costa Azul o a las privilegedas playas dálmatas: todo se pone en riesgo.
Mercurio, amianto y plomo son frecuentes residuos, muy tóxicos para la vida de todas las especies. La voladura que hicieron los rusos de la presa de Kajovka en junio de 2023, de la que informamos puntualmente, no solo generó daños e inundaciones en Ucrania —alcanzó a 63 mil hectáreas—, sino que dejó a 100 mil personas sin agua potable.
La naturaleza ha sido afectada: 900 áreas protegidas anteriormente han sido dañadas, un 30% que representa millones de hectáreas en Ucrania.
Procuro buscar y sumar datos de lo que sucede en Gaza por la intervención militar de Israel y en otras zonas de conflicto, pero hay datos fuertes de la misma fuente: el suelo de Medio Oriente está más contaminado que el de Ucrania. En el caso de Gaza, de 2023 a 2026 hay 39 millones de toneladas de escombros en 360 km² (cada metro de Gaza tiene 5 veces más que Mosul, Irak, con las dos guerras); hay amianto, explosivos sin detonar, residuos médicos e industriales, y restos humanos.
Aun cuando parezca que Israel es inmune a esos efectos, toda la región es afectada: simplemente 5 plantas de tratamiento de agua cerraron y se vierten 100 mil m³ de aguas fecales al mar por día. Los mantos y aguas subterráneas presentan contaminantes de metales pesados, y el aire tiene partículas de bombardeo.
En tan solo 14 días de la guerra Israel-Irán-Gaza se generó CO2 por 5 millones de toneladas; se lanzaron 45 mil bombas, 18 mil toneladas de explosivos que, aunque convencionales, superaron por 1.5 la potencia empleada en Hiroshima.
No se resolvió el problema de contaminación en Irak, que en la Tormenta del Desierto usó 994 mil proyectiles (tanques, aviones y artillería) con uranio empobrecido. Se estiman 320 toneladas de residuos radiactivos, de polvo finísimo de uranio que queda en pulmones y pasa a la sangre («Síndrome de la Guerra del Golfo»). Los efectos son cáncer en personas de todas las edades: en 1991 eran 40 enfermos por cada 100 mil habitantes, hoy son 1,600 casos por cada 100 mil habitantes.
En 1991, por la quema de pozos petroleros, se incendiaron 700 pozos en Kuwait. En ataques a depósitos de petróleo en Siria hubo entre 2.5 millones y 5.9 millones de barriles quemados, generando 1.88 millones de toneladas de dióxido de carbono. Lo de Irak lleva 35 años de haber sucedido, pero los residuos radiactivos siguen activos. Los estudios revelan que Gaza necesitará 14 años o más para limpiarse, y falta la cifra de los recientes bombardeos a refinerías y depósitos de Irán.
Ahora piense en el estrecho de Ormuz y los bombardeos en la zona, tanto contra Irán como en las descargas de misiles que esporádicamente emplea Irán y en sus incursiones militares… cifras interminables de atentar contra el medio ambiente del mundo.
Vamos a África, porque se están encendiendo conflictos y los tambores de guerra resuenan por todo el norte del continente.
Resulta que el desierto del Sahara, que comparten varios países africanos, está en expansión constante y amenaza con llevar su sequedad árida a nuevos territorios: un caso bastante alarmante y natural, un problema que reclama la acción de todos los afectados.
Por ello idearon hacer un muro de árboles, con 100 millones desde el Sahel —plantados por once países en una barrera verde de 8 mil kilómetros que se vería desde el espacio y beneficiaría a todo el mundo— desde hace ya 20 años. De haberlo logrado, se hubieran ganado cien millones de hectáreas recuperadas de la degradación y tendríamos un mejor clima. Recuerde que el polvo del Sahara llega incluso hasta Brasil.
La Barrera Verde surgiría desde Senegal a Yibuti; era una esperanza ambiental de la humanidad y permitiría modificar el Sahel, incluso generando empleos en la zona verde. La ONU participó con una Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación buscando el regreso de la biodiversidad, pero solamente se ha logrado un 20% del plan.
El motivo ahora son los combates entre fuerzas de diversos países africanos, el problema de Malí, la intervención del Afrika Korps del Zar, y si aumenta la tensión entre los países del norte de África con Europa, menos se llevará adelante este proyecto.
Incendios, explosiones, residuos explosivos y trampas son la secuela que acompaña los enfrentamientos en la zona. Tristemente, en el Sahel hay 500 especies de aves, pero la misma actividad económica sin conciencia sustentable generó la sobreexplotación de pastos, ciclos de sequías extremas y el desplazamiento de más de 2.5 millones de habitantes que demandan comer, pero que no pueden generar sustento alguno.
En donde el proyecto ha podido avanzar se han sembrado acacias y baobabs, vegetales de la zona, y se ha buscado que la tierra no pierda su materia orgánica, con resultados evidentes en Senegal y Burkina Faso. Pero la inestabilidad política y militar de la zona puede postergar estos proyectos que eran alentadores —porque volvieron algunos elefantes, que contribuyen a la regeneración de las zonas—; las tensiones de otro origen pueden dar al traste con estas buenas intenciones, y con la caza furtiva ya es bastante problema.
Cada plantita, cada árbol que perdemos, cada especie que obstruimos, exterminamos o expulsamos del hábitat natural —incluso urbano, porque ya radican en las ciudades— es importante, porque el mundo se está envenenando.
Una de las peores cosas que le pasaron al planeta fue la llegada de Trump al poder, porque combatió el Pacto de París y el de Kioto, considerando que el «calentamiento global» era un mito contra su desarrollo industrial.
El problema es que potencias como la china generan un alto consumo de carbón como fuente de energía y, en el caso de Rusia, tampoco están observando en plena guerra convenciones ambientales, mientras ya sufren las consecuencias del petróleo ardiendo.
Mientras tanto, los grandes ríos de Europa, como el Danubio o el Rin, dejan de ser navegables; se tienen temperaturas altísimas de 40 o más grados en Inglaterra y en España; en general, en todo el continente europeo hay un caos climático.
Las advertencias de la naturaleza ya llegaron, pero el empeño de las guerras no cede porque son parte incluso de las campañas de políticos que buscan la reelección, como Netanyahu en Israel —que ahora bombardeó Siria— y Trump, que vende la idea de fuerza y voluntarismo por encima de las leyes internacionales, como eso del estrecho de Ormuz EE. UU., algo absurdo.
La llegada de Trump supuso un cambio radical en la transición de movilidad programada: el mundo eléctrico se contuvo e incluso se retornó a una nueva era del petróleo. La postergación de la movilidad eléctrica costará medio siglo, y muchos recursos destinados para ello cambiaron de objetivo.
Ciertamente es responsabilidad de los líderes mundiales, pero en la medida de lo posible podemos hacer un mundo mejor siendo responsables. Aquí se hizo un grave daño a la selva del sureste y a los mantos freáticos con el Tren Maya; nadie habla de remediación y poco se reconoce el terrible daño.
Simplemente en Guadalajara —y no era así— se desechan desde tazas de baño y muebles deteriorados diversos hasta llantas y grandes desperdicios que no son propiamente para los camiones que recogen diariamente la basura. No le alcanza a ningún ayuntamiento el recurso para limpiar cuando la población creciente genera toneladas de desechos.
Y los vehículos highly contaminantes siguen generando alegremente CO2. Sin embargo, parece que Vialidad no se aplica a contener a los ciudadanos que alegremente envenenan a toda su comunidad, incluso a su propia familia, de forma evidente. La verificación apenas llega al 50% de la flota vehicular: aunque todos la pagan, solo la mitad la aplica.
El problema es que los efectos no se limitan a la tierra en conflicto. Aun sin él, las alarmas señalan que estamos llegando a un abuso intolerable con el planeta Tierra —que supongo es nuestra nave espacial colectiva para viajar por la galaxia—, y la guerra es destrucción extrema de todo.
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