Por Laura Gutiérrez Franco
Cuando las instituciones que presumen educar bajo la luz de los valores católicos prefieren la cobardía administrativa y el solape a la indisciplina antes que la justicia, la moral se convierte en un simple negocio de nómina y colegiaturas. Lo ocurrido en el Colegio Salesiano Anáhuac Garibaldi con la muerte del profesor Gerardo Estrada —nuestro querido “Profe Gera”— no es solo una tragedia familiar y comunitaria; es la radiografía del colapso ético de una directiva escolar que borró casi tres décadas de entrega incondicional para lavarse las manos de la manera más vil.
Cerca de 30 años de vida entregados a las aulas en el tradicional barrio de Santa Tere no valieron nada para las autoridades del plantel. Bastó un incidente con un alumno para que la administración aplicara un hachazo laboral inmediato, sin otorgarle la menor garantía de debido proceso ni presunción de inocencia. En lugar de investigar con rigor, la dirección decidió actuar con total opacidad, pisoteando el honor y la trayectoria de un maestro intachable para quitarse un problema de encima de la forma más rápida y fría posible.
El fondo de esta decisión revela la podredumbre del modelo educativo actual: la institución prefirió garantizar la impunidad del estudiante y mantener contento al cliente que paga la colegiatura antes que defender la disciplina, la jerarquía y el respeto a la figura docente. Por razones de conveniencia económica y temor al conflicto con los padres, el colegio optó por encubrir la falta del alumno e imponer un castigo sumarísimo al profesor. En esta lógica corporativa disfrazada de fe, la ética se vende al mejor postor y el eslabón más débil siempre será el maestro. Se protegue al alumno con el silencio. No lo muestran.
Esta traición institucional sumió al Profe Gera en una profunda crisis emocional y de desamparo que derivó en su trágico e irreparable fallecimiento (suicidio). Ante semejante desenlace, la directiva del Anáhuac Garibaldi buscó imponer el silencio, ocultar la información y aplicar un carpetazo veloz para no manchar su imagen pública. Sin embargo, el tiro les salió por la culata. La cobardía de los directivos al intentar ahogar el asunto en el hermetismo fue precisamente lo que encendió la furia de la comunidad, provocando que el caso brincara de los pasillos escolares a las calles, a los medios de comunicación y a la opinión pública.
Las exigencias de la familia de Gerardo Estrada y de los más de 200 exalumnos, padres de familia y vecinos que marcharon en el barrio de Santa Tere son puntuales, claras y categóricas. No están pidiendo favores ni limosnas: exigen el cese inmediato de la opacidad, la limpieza pública de la memoria y reputación del Profe Gera, y la entrega íntegra e inmediata de la liquidación, finiquito y prestaciones laborales que legalmente le corresponden a su viuda tras casi 30 años de servicio ininterrumpido.
¿Dónde quedó la caridad cristiana que tanto pregonan en sus altares y folletos de inscripción? El Colegio Salesiano Anáhuac Garibaldi demostró una mezquindad miserable al escatimarle a la viuda el sustento que su esposo ganó con tres décadas de sudor. Quienes buscaron tapar el asunto hoy enfrentan el repudio de todo un barrio y una sociedad que no va a permitir el olvido. La memoria del Profe Gera exige justicia laboral, la rectificación de la verdad y el castigo moral para una directiva que prefirió la impunidad de la colegiatura sobre la dignidad humana.
Fueron las propias autoridades y la directiva del Colegio Salesiano Anáhuac Garibaldi las que provocaron que el caso estallara y se notara muchísimo más. Obvio que la identidad del alumno la ocultan porque es menor de edad y en eso todos están de acuerdo.
Al intentar ocultar los hechos, actuar en absoluto hermetismo, negar explicaciones a la comunidad escolar y aplicarle al “Profe Gera” un despido arbitrario y fulminante para lavarse las manos, detonaron el indignado rechazo de exalumnos, padres de familia y vecinos de Santa Tere.
Ese intento de silencio fue precisamente la chispa que generó el efecto contrario: la comunidad tomó las calles, organizó homenajes, marchó a las afueras del plantel y llevó el reclamo de justicia a los medios de comunicación y redes sociales. La cobardía y la opacidad de los directivos hicieron que lo que quisieron ahogar a puerta cerrada se convirtiera en un escarmiento público y en un escándalo imposible de tapar.
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