
Por Amaury Sánchez
En un país donde los muertos pesan más que los vivos, donde las madres buscan en la tierra lo que el Estado ha olvidado en el aire, donde la sangre se confunde con el polvo de las calles, se ha instalado una paradoja dolorosa: la violencia se ha convertido en música, en fiesta, en un himno desafinado que tarareamos sin darnos cuenta. En Guadalajara, mientras las luces de un concierto iluminaban el rostro del hombre más temido de Jalisco, cientos de familias seguían cavando, con las manos rotas y la garganta seca, en busca de los hijos que un día desaparecieron como hojas en un vendaval.
Las palabras que un día nos sirvieron para nombrar la esperanza ahora solo alcanzan para describir el horror. En Teuchitlán, un rancho convertido en campo de exterminio ha hecho tambalear el frágil equilibrio de la desmemoria. Nadie quiere recordar que en este país se mata por costumbre, se olvida por instinto y se celebra por necesidad. Pero el crimen organizado, en su infinita voracidad, no solo mata; también escribe la historia, impone su moral torcida y dicta los códigos de una sociedad que ha aprendido a vivir con miedo y a aplaudir con resignación.
El gobierno dice que investigará, pero ¿qué hay que investigar que no sepamos ya? La violencia ha dejado de ser noticia porque es paisaje, porque es ruina, porque es cimiento. No hay un solo poblado, una sola ciudad, un solo hogar en el que no haya llegado el eco de una bala perdida o el llanto de una madre que busca lo que nadie quiere encontrar.
El cártel Jalisco Nueva Generación, como los grandes imperios, ha aprendido a gobernar con dos rostros: el que aterra y el que consuela. De día, infunde miedo; de noche, compra lealtades. El mismo que secuestra y desmiembra, también financia entierros y pone comida en la mesa de los que el Estado ha condenado al hambre. No hay mayor perversión que la del verdugo que, al final del día, se convierte en benefactor.
La presidenta habla de regular la música, de borrar los corridos que ensalzan el crimen, pero las canciones son solo el eco de una realidad que hemos permitido. No es la letra de una cumbia lo que nos tiene en esta tragedia, sino la tibieza de un país que ha aprendido a tolerar lo intolerable.
En el fondo, lo que más duele no es la violencia, sino la indiferencia. La capacidad de encogerse de hombros y seguir adelante como si nada, de apagar el televisor cuando las noticias se vuelven insoportables, de corear el nombre de un criminal mientras en otro rincón del país alguien es enterrado en una fosa clandestina.
Un día, cuando todo esto haya pasado, cuando la historia nos obligue a mirar atrás y a explicar cómo permitimos tanta barbarie, nos daremos cuenta de que la culpa no fue solo de quienes empuñaron el arma, sino de quienes miraron a otro lado. Porque en México, mientras unos matan y otros mueren, el resto aplaude y baila, esperando que el dolor nunca llegue a su puerta.
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