
Por Amaury Sánchez G.
Hay días en que a uno le da por levantar la frente, inflar el pecho y decir, con un taco en la mano y el corazón latiendo tricolor: ¡carajo, qué orgullo ser mexicano!
Porque mientras allá en tierras de trajes entallados y lenguas afiladas se juega el ajedrez de la política global, México, ese país que parece sacado de un cuento de Juan Rulfo pero con wifi, se presentó en la Cumbre del G7 no a presumir músculo militar ni cifras de especulación financiera… sino a defender el derecho de los pueblos a vivir en paz.
Y quien llevó la voz fue Claudia Sheinbaum, la presidenta que no gritó, no pateó la mesa, no se colgó medallas ajenas. Se paró derechita —como cuando tu abuela te dice “no se encorve, mijito, que eso es de gente derrotada”— y les dijo a los poderosos del mundo: “La política se inventó para construir puentes y soluciones”.
Así, sin levantar la voz, pero dejando eco.
Diplomacia con sabor a mole
En la Cumbre, mientras algunos se entretenían comparando radares, satélites y amenazas veladas, México fue con su traje bordado de dignidad a decir lo que casi nadie se atreve: que la guerra no se hereda, se rompe; que la soberanía se respeta, no se negocia; y que el diálogo no es debilidad, es valentía.
Y eso, mis estimados, lo dijo una mujer que no necesita disfrazarse de halcón ni citar a Sun Tzu para poner las cartas sobre la mesa. Lo dijo una mexicana de ciencia y conciencia. Una presidenta que no llegó al G7 a pedir permiso, sino a recordar que el país del nopal y el maíz también piensa, también sueña, también propone.
El silencio de los cañones
No faltó quien frunciera el ceño, como si hablar de paz fuera una herejía entre misiles. Pero es que México no juega a ser potencia: México es potencia moral, aunque a veces lo olvidemos entre pleitos de Twitter y mañaneras que duran más que una novela de Televisa.
Allá estuvo Claudia, no vendiendo petróleo ni comprando armas, sino sembrando palabras como semillas: diálogo, desarme, soberanía. ¡Puras palabras mayores! De esas que no se cotizan en bolsa pero valen más que todo el oro de Wall Street.
Orgullo sin estridencia
No se trata de fanatismo ni de aplaudir por reflejo condicionado. Se trata de reconocer cuando un país, nuestro país, hace lo correcto. Porque en un mundo donde algunos líderes juegan a cowboys y otros a emperadores, México se plantó con su humildad valerosa y su historia de luchas auténticas.
Y eso no se aplaude como porra de estadio. Se agradece con memoria, con compromiso, con decencia ciudadana.
México no necesita alfombra roja
Así que sí, hoy podemos decir con la boca llena (de tamal o de esperanza): ¡Gracias, presidenta! Gracias por llevar a México con altura, con inteligencia, y sin corbata estrangulando el alma.
Porque hay quien representa al país con discursos… y hay quien lo representa con dignidad.
Y esa dignidad no grita, pero resuena.
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