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Indicador Político

Uno de los temores que despertó la victoria electoral de Andrés Manuel López Obrador el 1 de julio del 2018 radicó en el regreso de un populismo al estilo Chávez-Maduro. Sin embargo, en nueve meses de gobierno se acumularon evidencias de que el modelo lopezobradorista es de populismo político presidencialista, con el mantenimiento del modelo económico neoliberal de mercado.
El equilibrio no ha sido fácil por las tentaciones del poder presidencial absoluto mexicano. Sin embargo, dos datos están a la vista: el gasto social asistencialista de todo populismo se ha sostenido con la reasignación del gasto presupuestal –quitarles a unos para darles a otros– y no con déficit presupuestal ni aumento de dinero circulante; y, para dejarlo claro, López Obrador se ha comprometido a respetar las reglas y condiciones de la estabilidad macroeconómica que vigila el Fondo Monetario Internacional.
Por tanto, la política económica es neoliberal y la política-política es populista.
Los mensajes han sido asimilados por los agentes productivos. Luego de ciertas fricciones por su participación en la construcción del cancelado nuevo aeropuerto internacional mexicano en Texcoco, el empresario Carlos Slim Helú, el hombre más rico de México, se subordinó al programa económico de López Obrador. Y los dos bloques de empresarios que en el pasado fueron aguerridos adversarios del Estado intervencionista –el Consejo Mexicano de Negocios y el Grupo de los 10 empresarios más ricos de Monterrey, la ciudad empresarial por excelencia– también parecieron entender la propuesta del nuevo gobierno mexicano y se han ido sumando a proyectos de inversión.
En la historia económica de México hubo tiempos en que los empresarios operaron como factores aliados al Estado promotor de la economía vía inversiones –el largo ciclo 1940-1970– y luego como adversarios del Estado que desplazó con empresas públicas a las empresas privadas en el corto periodo populista 1971-1982. El tercer modelo de desarrollo mexicano se derivó del Tratado de Comercio Libre –de 1994 a la fecha– no tuvo problema con el Estado porque funcionó el mercado como el eje de la actividad económica.
En este contexto, López Obrador se movió en torno al regreso del papel dominante del Estado. El modelo de Salinas de Gortari y su propuesta de Tratado comercial fue de Estado autónomo, en una economía de mercado y con tareas estatales de inversiones sociales sólo a favor de los sectores más empobrecidos. Los temores sociales vieron una doble intención lopezobradorista: un populismo político-social tipo peronista con las masas en las calles confrontando a los empresarios y un populismo económico con la restauración del Estado-empresario.
La política económica de López Obrador se basa en el control de la inflación por el lado de la demanda y la política de desarrollo se sustenta en la actividad empresarial directa, con obra pública y sin creación de ninguna empresa estatal que sustituya las empresas privadas. Este modelo es típicamente neoliberal. En días pasados, el presidente anunció el regreso de la empresa privada a áreas petroleras que parecían de exclusividad del Estado.
El desafío presidencial radica en sacar al país del hoyo de 2% de producto interno bruto promedio anual y llevarlo a una tasa promedio de 4%, con el dato histórico de que en el largo periodo 1934-1982 el PIB anual fue de 6%. La cifra de 6% se requiere para darle empleo formal al millón de mexicanos que se incorpora cada año a la población económicamente activa. La tasa promedio de 2% en el ciclo 1983-2018 provocó un 80% de mexicanos que viven con una a cinco carencias sociales y el 58% de la población económicamente activa viviendo en actividades informales, ambulantes y sin seguridad social.
La clave de la estabilidad macroeconómica radica en controlar la inflación por el lado de la demanda, respetar la autonomía del Banco de México y anclar el déficit presupuestal en 2% anual. Es decir, neoliberalismo puro. La base política y social del lopezobradorismo carece de pensamiento económico como para explorar, por ejemplo, la inflación como un problema de estructura productiva y no de circulante. Regresar al Estado populista 1971-1982 hubiera necesitado de un aumento de 50% de gasto público por la vía del déficit y la impresión de dinero.
El problema de corto plazo radica en que el mercado no está reaccionando con dinamismo. La astringencia de gasto público y los temores empresariales han retrasado la inversión y el PIB de este 2019 podría ser de 0% a 0.5%, debajo de la meta de 2%. Y por razones del efecto de estancamiento o de la posibilidad de recesión se podría tener un PIB de 1% en 2020. Por ello, en la Secretaría de Hacienda se tiene la certeza de que el PIB promedio anual de este sexenio podría ser de 2%, igual al del largo periodo neoliberal, sin que se cumplan las tres metas sociales de López Obrador: aumento del empleo con prestaciones sociales, disminución de cuando menos 20% de mexicanos pobres y distribución de la riqueza por la vía del salario.
El populismo político hasta ahora no ha contaminado al neoliberalismo económico, pero no hay garantías de que ello se mantenga a lo largo del sexenio. En el 2021 se renovará la cámara de diputados federal y el partido Morena de López Obrador quisiera aumentar su bancada de 53% actual a 60%, porque una baja en las expectativas sociales podría disminuirla a 40%-45%.
Pero por lo pronto, el modelo de López Obrador es de un populismo político previsible más priísta que chavista y de un neoliberalismo económico estabilizador tipo FMI.

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Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

El autor es periodista, diplomado en Análisis Político Estratégico por el CIDE y es diplomado en Seguridad Nacional por la UIA. Es consultor en Gestión de Conflictos Potenciales.

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Carlos Ramírez

Morena no importa para 4T; eje de poder en presidencialismo unitario

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Cuando amenazó con salirse de Morena y crear un nuevo organismo partidista si seguían las rencillas internas entre las tribus, el presidene López Obrador estaba definiendo la estructura del poder de su presidencia: el Ejecutivo unitario y no repetir el modelo del PRI como partido-sistema.
La diferencia ente Ejecutivo unitario y partido-sistema también forma parte de las definiciones de lo que sería o quisiera ser la 4T: una estructura de ejercicio del poder ajena a las corrientes políticas.
El partido-sistema es un modelo de sistema político definido por el politólogo canadiense David Easton. El sistema se define como el espacio físico de distribución autoritaria de valores y beneficios, dándole a ese espacio la noción de caja negra. El PRI fue el sistema, en cuyo seno el presidente de la república como poder superior dirimía conflictos y distribuía valores. El funcionamiento de la caja negra mexicana fue fácil al aglutinar en el PRI a las clases productivas, los trabajadores y campesinos como sectores corporativos y los empresarios como sectores invisibles.
López Obrador ha reorganizado el sistema político, no lo ha incluido en su partido Morena y todos los acuerdos y conflictos se deciden y resuelven en las oficinas presidenciales. Este modelo se conoce como Estado unitario.
Morena seguirá como partido del presidente, pero sin asumir ninguna función vinculada a decisiones del ejecutivo. Por eso las órdenes presidenciales de aprobar la iniciativa de presupuesto 2020 “sin cambiarle una coma” o sacar a como diera lugar el nombramiento de la presidenta de la CNDH o los recortes a organismos autónomos del Estado forman parte del estilo institucional de gobernar del presidente López Obrador: el Ejecutivo central. En este primer año de gobierno Morena como partido no contó para nada, la presidencia de Yeidckol Polevnsky fue irrelevante y el relevo en la presidencia del partido servirá sólo para elegir a un administrador de la organización.
Lo mismo está ocurriendo con el gabinete presidencial, como nunca sometido al mando del Ejecutivo unitario: México no tiene ministros y tampoco ya secretarios de Estado; se ha regresado al modelo de la Constitución de 1857 de secretarios del despacho presidencial, inclusive cortándole presupuestos para contrataciones que ahora se hacen en la Oficialía Mayor de Hacienda.
Morena nació como una estructura electoral para impulsar la candidatura presidencial de López Obrador después del fracaso del PRD como partido electoral. El candidato quedó atado en 2006 y 2012 a las tribus perredistas. Como necesitaba de una estructura electoral funcional, fundó Morena y jaló al aparato electoral del PRD, pero ya bajo el mando lopezobradorista.
Morena servirá para seleccionar candidatos a legisladores, alcaldes y gobernadores afines al modelo lopezobradorista; es decir, se constituye sólo como un aparato electoral. El proyecto ideológico y político de gobierno lo define el líder López Obrador; así ocurrió en el 2018 y por eso el presidente sólo solicita lealtades presidenciales a los legisladores, no representaciones de clase, de grupo o de tribus ni desequilibrios internos.
Lo que se juega la elección de nueva dirigencia de Morena es el modelo de partido para el Ejecutivo unitario. Polevnsky se ajustó a esa estructura de centralización del poder, pero quiso construir un liderazgo propio dentro del partido con incondicionales. Mario Delgado representaría los intereses del canciller Marcelo Ebrard Casaubón para la candidatura presidencial del 2024 y Bertha Lujan reproduciría el modelo anticlimático de partido.
Los enojos de López Obrador contra Morena se basan en que el partido podría reproducir los vicios del PRI: un partido para corrientes internas y construcción de grupos de poder y de presión que pudieran reducir margen de maniobra al presidencialismo unitario. La disputa por partidas presupuestales para organizaciones campesinas y grupos políticos contradicen la propuesta de López Obrador de evitar que el partido y sus representaciones legislativas disminuyan sus apoyos al presidente y busquen consolidar corrientes parciales. La crisis en la votación aprobatoria del presupuesto “sin quitarle una coma” radica en que legisladores morenistas quieren partidas para sí y no para el presidente. Y ahí han fallado Polevnsky y Delgado, los dos jefes políticos del partido y de la bancada.
El presidente necesita solucionar ya la crisis de Morena y evitar que se extienda hasta mediados del 2020. Polevnsky ya cumplió su etapa y Palacio Nacional requiere de otros mandos partidistas que enfríen la configuración de tribus para evitar el colapso en el 2021 que afecte el 2024.

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Política para dummies: La política es, al final de cuentas, la centralización del poder.

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Carlos Ramírez

Presupuesto 2020 y el eje de la 4T: muerte del corporativismo

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Si se parte de la certeza de que el presupuesto de egresos de la federación es política pura, entonces los jaloneos por la distribución de los dineros entre grupos corporativos organizados y la asignación directa podría ser el primer gran paso de la 4T para construir su propio sistema político.
En los hechos, se estaría pasando del corporativismo cardenista de organización de las clases en gremios subordinados al Estado a un presidencialismo unitario de relación directa con los beneficiarios. El primero constituyó la estructura de organización del PRM en tres sectores –el militar fue disuelto en 1941– que representaban a las clases obrera, campesina y profesional, base de organización del partido del Estado para negociar con la clase empresarial burguesa, pues el PAN como oposición a la Revolución Mexicana nació después de la expropiación petrolera.
El modelo de corporaciones de clase dentro del partido del Estado constituyó la fuerza política y social operativa del presidencialismo, pues enfrentaba a las diferentes expresiones de la burguesía. Pero el corporativismo fue eliminado por el neoliberalismo para sacar al presidencialismo del arrinconamiento de intereses. El último que usó el corporativismo como instrumento de lucha contra la clase empresarial fue Echeverría.
Los organismos de intermediación del Estado eran funcionales al modelo sistémico mexicano con el PRI como la caja negra –propuesta de David Easton– en cuyo seno se resolvían las contradicciones y disputas para llegar resueltos al ejecutivo. En este sentido, el presidencialismo mexicano se fortaleció por facultades constitucionales o metaconstitucionales o de fuerza autoritaria, pero también por la existencia de cuando menos dos instancias de intermediación: las corporaciones sociales y las cámaras industriales. De manera paralela, el Estado tuvo otro espacio de intermediación social: las organizaciones sociales que derivaron en organismos autónomos del Estado y en organizaciones no gubernamentales con poder de negociación con las instituciones.
En este contexto, el presidencialismo fue reduciendo su movilidad atrapado en una pinza de grupos sociales corporativos y organizaciones sociales. Y la reestructuración del presidencialismo lopezobradorista en el modelo de Estado unitario –centralizado, sin intermediaciones grupales– tiene que pasar por la anulación de interlocutores y la negociación directa con los beneficiarios del gasto público.
Este modelo político es el que explica la decisión presidencial de eliminar los organismos de intermediación de la presidencia con la sociedad, lo mismo en derechos humanos que en asignación de gasto. El enfoque presidencial tiene toda la razón: los organismos autónomos se burocratizaron y convirtieron en constructores de poderes fácticos reales y las agrupaciones sociales de intermediación también derivaron en grupos de presión ajenos a sus representados. Lo que queda por ver es la eficacia de un presidencialismo unitario manejando todos los asuntos del Estado de manera directa.
El debate del gasto no debería centrarse en las organizaciones campesinas que quieren intermediar el gasto al campo, sino en la reasignación del gasto para quitarles a unos y dárselos a otros. La decisión presidencial enfatiza en disminuir salarios, prestaciones y plazas, para aumentar el gasto asignado a sus programas asistencialistas a sectores vulnerables no productivos.
Pero el modelo de la cobija de zapa –versión Balzac– aporta datos de que esas reasignaciones no constituyen multiplicadores de demandas y por tanto no incidirán en el crecimiento ni en la producción. El PIB de 0.0 a -0.5% para 2019 y de 0.5 a 1% en 2020 no creará empleo ni bienestar; peor aún, tampoco aportará fondos fiscales para éstos y otros programas.
Los problemas de estructura del sistema se están probando en la realidad: los grupos campesinos de representación corporativa están usando la presión social de sus agremiados para doblar al Estado. De ahí que el conflicto entre organizaciones y el presidente López Obrador va a constituir la primera prueba de fuerza de la 4T, pero al mismo tiempo tendrá que mostrar mecanismos de relaciones sociales directas que fortalezcan al Estado.
Lo mismo ocurrirá con los organismos autónomos: la CNDH, el INE y otros se burocratizaron y se convirtieron en propiedad de una casta de poderes fácticos con recursos crecientes del Estado; su reorganización era necesaria, pero el riesgo está a la vista: convertirlos en apéndices del Estado unitario que no respondan a intereses sociales; es decir, pasar de una dependencia a otra, aumentando los problemas de movilidad de la presidencia de la república.
 
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Política para dummies: O la política es no ver… viendo.
 

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Carlos Ramírez

La Revolución Mexicana, populista; la mató Salinas de Gortari en 1992

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La fecha simbólica de la Revolución Mexicana, que se inició en 1908 con el libro de Francisco I. Madero, en realidad se fue apagando hasta consumirse en 1992 cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari decretó su muerte para imponerle al PRI el discurso gelatinoso del “liberalismo social”.
El golpe mortal de Salinas contó con todo el apoyo de los priístas, en ese año capitaneados por Luis Donaldo Colosio. No hubo ninguna voz disidente, ni siquiera los creyentes en la Revolución se habían salido del PRI en 1987 con Cuauhtémoc Cárdenas para llevarse el proyecto histórico de la Revolución Mexicana al PRD, aunque ahí también la mataron en el 2006 cuando López Obrador fue candidato presidencial de un PRD sin proyecto ideológico.
La Revolución Mexicana fue, ante todo, discurso ideológico. Bajo sus alas se refugiaron todas las versiones del espectro ideológico, desde el socialismo obregonista-callista-cardenista, hasta el neoliberalismo capitalista de Miguel Alemán y el populismo de Echeverría y de López Portillo y el mercantilismo de Salinas y De la Madrid. Refugiada en el PRI, la Revolución Mexicana fue enterrada por el presidente Ernesto Zedillo en 1995 cuando separó al PRI de la Revolución del gobierno de la Revolución. Si el PRI había nacido como el eje ideológico de la Revolución, entre Salinas y Zedillo rompieron ese enlace y en el 2000 ganó la presidencia el PAN que nació en 1939 para oponerse a la fase revolucionaria cardenista.
Salinas, Colosio y Zedillo mataron una Revolución que ya estaba muerta. En 1947 el historiador Jesús Silva Herzog había decretado su muerte: la Revolución era ya un hecho histórico. En 1946 Miguel Alemán había enterrado el PRM cardenista que logró unificar a las clases sociales productivas en un aparato ideológico partidista y el populismo de los setenta sólo rescató el asistencialismo, no el proyecto de clase proletaria. La Revolución Mexicana que impulsó la lucha de clases y la educación socialista derivó en un simbolismo decreciente hasta su disolución en la conciencia política e ideológica de una sociedad que nunca creyó en ese movimiento; en todo caso, la muerte de la Revolución afectó a los campesinos y obreros como clase productiva y los subordinó a un modelo económico capitalista-neoliberal-de mercado.
Pese esos destellos socialistas en el discurso y en la dinamización de la lucha de clases como forma de control del empresario, el PRI y la Revolución nunca pensaron en una revolución proletaria para llevar al obrero al poder, nunca el modelo soviético, aunque sí sus prácticas. El partido fue el mecanismo de intermediación y administración negociada de los conflictos sociales entre las clases, teniendo al sector obrero controlado en el PRI con Fidel Velázquez de 1941 hasta su muerte en 1997 y a la clase burguesa empresarial como sector invisible del PRI.
Si bien el proceso de aburguesamiento de la Revolución y del PRI comenzó el día de su fundación, la Revolución Mexicana fue populista. En pleno populismo echeverrista el politólogo Arnaldo Córdova publicó en 1973 su libro La ideología de la Revolución Mexicana y ahí presentó de manera formal su tesis de una Revolución populista en tres pasos: controló las clases para conjurar una revolución social, construyó un sistema de gobierno paternalista y autoritario y propuso un modelo de desarrollo capitalista.
Otros mecanismos de control subordinaron los significados de la Revolución Mexicana: el Estado absolutista unitario, la Revolución como ideología oficial, el PRI como aglutinador de los conflictos de clases, anulación de lucha de clases, reformas sociales para subordinar a las clases populares y nacionalismo conservador como esencia cohesionadora.
Si la Revolución fue producto de una alianza entre los campesinos y obreros explotados –y más por la rebelión agraria–, el saldo real revolucionario está en un campo desolado, despoblado y produciendo droga y una clase obrera abandonada, con salarios precarios y en condiciones iguales a las prerrevolucionarias.
A la vuelta de 111 años desde el llamado de Madero, el México de la Revolución Mexicana vive un neoporfirismo.

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Buen fin. La ansiedad por las compras parece no entender lo que pudiera ser una trampa detrás del Buen Fin. Todas las empresas inscritas ofrecieron, en promedio, 40% de descuento. Como son empresas y no hermanitas de la caridad, quiere decir que con esos descuentos aún tienen ganancia. Lo que lleva a concluir que los precios reales fuera de temporada tienen utilidades para las empresas de más de 60% y que los descuentos, sobre precios de venta no supervisados, engañan a los consumidores que se vuelven locos comprando para aumentar las tasas de utilidad de las empresas comercializadoras.
Política para dummies: La política es ver sin ver.

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