Por Amaury Sánchez
En un país donde las plagas suelen camuflarse con corbata y los gusanos a veces despachan desde oficinas climatizadas, hubo una planta —no de ornato, sino de moscas— que durante años batalló contra una criatura que no discrimina entre reses ni humanos: el gusano barrenador. Esa planta, levantada en 1974 en Tuxtla Gutiérrez, paría millones de moscas estériles como quien lanza soldados sin armas pero con estrategia: acabar con el ciclo de la plaga desde el amor frustrado.
Pasaron los años, se enfrió el interés, se cerraron las puertas, se apagaron las luces y, como suele pasar, se olvidó el trabajo silencioso que salvaba miles de cabezas de ganado y, más importante aún, evitaba tragedias humanas como la que, en abril de este año, estremeció a Acacoyagua: la primera miasis humana documentada en México. El gusano, indeseable heredero del abandono, volvió a abrirse paso por la piel y la negligencia.
Pero justo cuando uno pensaba que las moscas ya no volarían más por voluntad científica, aparece un tipo al que no muchos le apostaban: Julio Berdegué No, no el cantante que nos enseñó a “Volveré”, sino el secretario de Agricultura que, contra viento, burocracia y recorte, decidió que la plaga no sería tema de archivo ni de funerales ganaderos.
Dicen que fue su decisión la que reactivó la liberación de moscas en Catazajá, Benemérito de las Américas y Tapachula. Que no solo pidió informes, sino que preguntó por nombres: ¿Quién trabajaba ahí?, ¿qué pasó con los técnicos?, ¿por qué el país dejó de producir moscas como quien deja de hornear pan por olvido? A diferencia de otros, Berdegué entendió que no se combate al gusano con discursos, sino con ciencia aplicada y con respeto al trabajo de quienes, desde un laboratorio olvidado, dieron ejemplo de biotecnología mexicana.
Hoy, mientras algunos siguen discutiendo si la soberanía se mide en megaproyectos o en soberbios hashtags, Berdegué —sin aspavientos ni mañaneras— está devolviendo vuelo a las moscas estériles y dignidad a un gremio que llevaba años zumbando en el abandono. Y eso, en estos tiempos donde hasta el sentido común parece estar en peligro de extinción, ya es mucho decir.
Porque hay cosas que no dan likes ni votos, pero salvan vidas. Y si alguna vez ve usted una mosca revoloteando en Chiapas, no la mate. A lo mejor está cumpliendo una misión que algún secretario, contra toda inercia, decidió no dejar morir.
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