Por: Amaury Sánchez G.
Señoras y señores, súbanse a sus asientos, abróchense los cinturones de la nave espacial más ruidosa del internet y prepárense para ver el espectáculo político-tecnológico que ni Hollywood se atrevió a filmar: ¡Elon Musk vs. Donald Trump en una batalla de egos tan inflados como los precios del NASDAQ!
Esta semana, Trump —el expresidente, el magnate naranja, el enemigo número uno del corrector ortográfico— se le fue a la yugular a Elon Musk, el dueño de media tecnología mundial, del cielo (SpaceX), de la tierra (Tesla), y de los hilos del chisme digital (X, antes Twitter, pero ahora con nombre de planeta enano).
¿Qué pasó? Pues que Musk, cansado de ver a Trump tuitear como si el Capitolio fuera un foro de Reddit, se le fue al cuello con algunas críticas. Nada grave, lo de siempre: que si Trump es ególatra, que si no acepta perder, que si habla más que un borracho en Año Nuevo. Cosas suaves. Pero a Trump no le gusta que le toquen el copete… ¡y mucho menos el ego!
Así que, como buen emperador herido, Trump tronó los dedos como Thanos y lanzó una amenaza digna de Game of Thrones:
> “Podrías perder los contratos con el gobierno, Elon.”
¡Zas!
Así, sin anestesia, como si cancelarle a SpaceX la NASA fuera lo mismo que devolver un pedido en Shein.
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Cohetes, contratos y corazones rotos
Y uno pensaría que Musk, con su pinta de villano carismático de Marvel, tiene los bolsillos llenos y la conciencia tranquila, pero no, amigos. SpaceX vive del gobierno gringo más que muchos influencers viven de sus “códigos de descuento”.
Cada que lanzan un cohete a la Luna, la factura la paga la NASA.
Cada que suben un satélite militar, el Pentágono les pone moñito.
Y si eso fuera poco, Starlink le da internet al ejército, y Tesla chupa subsidios verdes como vampiro en Green Friday.
Así que cuando Trump dice: “te corto los contratos”, Musk no solo parpadea: hace cuentas, suda litio y hasta considera mudarse a Marte antes que a la Casa Blanca.
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Pelea de gallos con corbata
Este pleito no es de pobres contra ricos. No. Esto es de millonarios contra exmillonarios en campaña, de egos con más seguidores que estados. Y cuidado, porque ambos saben pelear sucio:
Musk tiene a X, donde puede publicar tres memes y hundir la Bolsa.
Trump tiene a Truth Social, donde no lo lee ni Melania, pero donde se cree el rey del teclado.
Pero aquí no hay buenos ni malos. Solo hay intereses. Uno quiere votos, el otro quiere contratos. Y mientras tanto, el ciudadano promedio se pregunta:
“¿Y esto en qué afecta el precio de la gasolina?”
Pues en mucho, compadre, porque si Tesla se enoja, sube el cobalto, baja el dólar, y todos terminamos pagando la pelea con recibos de luz de ciencia ficción.
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¿Y ahora qué sigue? ¿Un TikTok de reconciliación?
Musk, que es más listo que un gato de Schrödinger con MBA, podría recular. Quizá suba una foto abrazando una bandera de EE.UU. mientras tuitea algo como:
> “Trump no es tan malo, solo necesita un update de firmware.”
Y Trump, que quiere volver a ser presidente más que Biden quiere una siesta, podría perdonar… si Elon se porta bonito, le regala un Tesla y le deja hacer un rally en Marte.
Pero si no, prepárense para ver cohetes cancelados, contratos congelados, y a Musk vendiendo satélites por Amazon Prime con entrega el mismo día.
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Epílogo: el reality de la realidad
Estados Unidos ya no es un país, es un programa de telerrealidad con presupuesto ilimitado. Y nosotros, los simples mortales, solo esperamos que entre tanto berrinche millonario, no nos quedemos sin internet, sin cohetes… o peor:
sin memes.
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