Por Laura Gutiérrez Franco
En la política jalisciense hay verdades que no se pueden tapar con discursos de banqueta ni con transmisiones en vivo. Hoy por hoy, la llamada oposición en el estado está muy lejos de representar un peligro real para la hegemonía de Movimiento Ciudadano. Y no porque el partido en el gobierno sea invencible o esté exento de reclamos ciudadanos, sino porque enfrente simplemente no hay nadie construyendo una alternativa seria.
La realidad es cruda: la oposición en Jalisco adolece de una estrategia unificada, carece de rumbo y, sobre todo, padece una severa adicción al micrófono sin sustento. Se han acostumbrado a habitar en la comodidad del señalamiento estéril, donde el trabajo diario se reduce a politizar cada coyuntura, cada problema y cada crisis, pero sin aportar una sola propuesta estructurada, viable o de fondo.
Por un lado, Morena y sus aliados insisten en apostarle a la inercia del discurso centralista, confiando en que la inercia nacional resolverá la tarea local. Por el otro, la alicaída alianza del PRI y el PAN navega en un limbo de nostalgia electoral, sobreviviendo con retazos de lo que alguna vez fueron, pero incapaces de conectar con las exigencias del electorado actual. El resultado es un frente opositor fragmentado, celoso entre sí y completamente divorciado de la eficacia política.
Ver a la oposición actuar en la entidad se ha convertido en un ejercicio repetitivo: ruedas de prensa para rasgarse las vestiduras, boletines encendidos y debates parlamentarios llenos de adjetivos pero desprovistos de técnica. Se la pasan hablando, alegando y peleando entre ellos y contra el Ejecutivo, pero a la hora de entregar resultados tangibles para la ciudadanía, el saldo es exactamente el mismo de siempre: nada.
Esa incapacidad para articular un proyecto de estado inteligente y cohesionado es, irónicamente, el mejor salvavidas con el que cuenta el partido naranja. Mientras la oposición siga confundiendo el conflicto mediático con la verdadera construcción de poder, Movimiento Ciudadano podrá seguir gobernando sin despeinarse demasiado. Porque en la política de Jalisco, para derrotar al que está enfrente no basta con gritar más fuerte; hace falta pensar, y de eso, la oposición todavía no da muestras.
Y es que, más allá de los números y las componendas partidistas, el verdadero drama de la oposición en Jalisco es de fondo: la alarmante carencia de liderazgos auténticos. La ciudadanía no está buscando simplemente nombres en una boleta ni figuras infladas por la mercadotecnia electoral, sino perfiles que gocen de un estimado real en la comunidad; personas respaldadas por una trayectoria intachable, cuya vida misma sea testimonio de congruencia, trabajo y aportación a la sociedad. Falta esa clase política que se gana el respeto en la calle por ser ejemplo a seguir y no por ostentar una credencial de partido.
Lo que la sociedad jalisciense tiene enfrente hoy en día dista mucho de esa aspiración. En su lugar, la oferta política actual está plagada de personajes marcados por la soberbia y el distanciamiento social; figuras que han hecho del trato grosero, la prepotencia y el desdén hacia el ciudadano su sello cotidiano. Se ha normalizado la política del grito, de la descalificación veloz y de la puerta cerrada ante la exigencia popular, olvidando que la verdadera fuerza de un líder radica en la empatía, el diálogo de altura y la capacidad de mirar a la gente a los ojos.
Esta desconexión explica por qué las alternativas de oposición no terminan de cuajar en el ánimo colectivo. Mientras se empeñen en reciclar perfiles que lastiman la dignidad del ciudadano con actitudes arrogantes y vacías de propuesta, seguirán acumulando el rechazo de una sociedad que está harta del cinismo y que exige, de manera urgente, una política con calidad humana, respeto y verdadero liderazgo.
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