Por Laura Gutiérrez Franco
La crisis del agua en Guadalajara ha dejado de ser un simple problema técnico de fontanería urbana para convertirse en el reflejo más nítido de cómo la política centralista y los intereses de partido pueden asfixiar a una ciudad. La semana pasada presenciamos dos posturas diametralmente opuestas: por un lado, la exigencia institucional de supervivencia para la capital de Jalisco; por el otro, el cálculo electoral que prefiere ver las llaves secas con tal de cosechar votos.
Vamos por partes. La presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo, acudió formalmente ante el Congreso de la Unión con una postura firme: exigir justicia presupuestal para Guadalajara y para Jalisco. El argumento es contundente e incuestionable. La Federación mantiene en el abandono al corazón de nuestro estado.
Delgadillo puso las cartas sobre la mesa al señalar que la infraestructura hídrica de la ciudad está al borde del colapso, con tuberías de agua potable y alcantarillado que tienen más de 60 años sin recibir una inversión profunda. Guadalajara atiende diariamente a una enorme población flotante y el presupuesto municipal simplemente no alcanza para enterrar los miles de millones de pesos que cuesta cambiar la red subterránea. No es una petición de favores; es la exigencia de que a Jalisco se le retribuya lo que constitucional y justamente le corresponde para garantizar un derecho humano básico: el agua limpia.
Sin embargo, en la otra orilla de la congruencia nos encontramos con la diputada federal Mery Pozos, quien actualmente preside la Comisión de Presupuesto del Congreso de la Unión. A pesar de tener en sus manos la llave jurídica e institucional para destrabar los recursos que tanto urgen a la Perla Tapatía, Pozos ha decidido jugar al desgaste. En lugar de utilizar su altísima posición para beneficiar a la ciudadanía que dice representar, se ha dedicado a obstaculizar activamente la llegada de presupuesto para arreglar el problema del agua en Jalisco.
¿La razón? El más puro y duro capital político. Mrey Pozos no oculta sus aspiraciones y sigue en campaña permanente porque quiere ser la próxima presidenta municipal de Guadalajara. En su estrategia, el desabasto de agua y las deficiencias urbanas no son problemas a resolver, sino banderas electorales que explotar. Su lógica es perversa pero clara: bloquear los recursos para que la infraestructura falle, culpar de la escasez al gobernador Pablo Lemus y a la alcaldesa Verónica Delgadillo, y luego presentarse como la solución.
Si a Mery Pozos verdaderamente le importara el bienestar de los tapatíos, mañana mismo operaría desde su comisión para etiquetar los fondos que sustituyan esas tuberías de 60 años de antigüedad. Capacidad y facultades las tiene todas. Lo que no tiene es voluntad política, porque prefiere administrar la crisis y alimentar el encono social antes que dar un resultado que beneficie a todos, sin importar colores. Al final, mantener a Guadalajara con sed parece ser el precio que está dispuesta a pagar con tal de comprar su boleto a la alcaldía.
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