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Por Carlos Ramírez*

Algunos movimientos en la estructura de gobierno al finalizar el año 2020 y comenzar el 2021 dejaron ver la definición de un nuevo marco estratégico para las relaciones de México con los EE. UU. ahora que comienza el ciclo del demócrata Joseph Biden. Y la principal característica estaría en el enfoque mexicano de la seguridad nacional propia y ya no subordinada a la lógica imperial de la Casa Blanca.

La inexperiencia en asuntos de seguridad nacional y la carencia de pensamiento estratégico del presidente Trump facilitaron el acomodo de las relaciones a asuntos de estricta competencia temporal. Los casos de los migrantes y del narcotráfico quedaron ajustados a necesidades de las circunstancias.

El suceso que envió malas señales fue el arresto arbitrario del exsecretario de la Defensa Nacional de México en 2012-20918, general Salvador Cienfuegos Zepeda, como parte de un expediente armado por la DEA basado en información no pericial y sí en delatores. Los mandos altos en la comunidad de los servicios de inteligencia de los EE. UU. se sorprendieron por la audacia del golpe y tuvieron la fuerza para liberar al exfuncionario mexicano sin preocuparse por los enojos de la DEA.

Las relaciones entre México y los EE. UU. han sido de seguridad nacional por la posición fronteriza mexicana que abarca todo el flanco sur del imperio estadunidense. La corrupción entre funcionarios de los dos países, la porosidad del control y la imposibilidad de vigilancia estricta han sido para los EE. UU. un asunto de sobrevivencia. Desde los setenta se ha asumido en Washington a México como su problema de seguridad nacional número uno. Sin embargo, ninguna de las administraciones estadunidenses ha podido definir una estrategia de seguridad eficaz por la sencilla razón de que allá operan en función de sus intereses y consideran a México un país manejable.

El gobierno de Biden viene precedido por presiones de la comunidad de funcionarios de seguridad nacional para fortalecer el escudo de defensa estratégica que debe tener el imperio y que Trump descuidó. Por ello en México se encendieron las alarmas de presiones de seguridad que habrían comenzado con el arresto del general Cienfuegos como una exhibición de prepotencia.

La respuesta mexicana de protestar de manera formal, de exigir el expediente y de poner como condición la liberación del exfuncionario sorprendieron en Washington. Y la decisión de reformar la Ley mexicana de Seguridad Nacional para exigir el control de los agentes extranjeros en funciones de seguridad en México tuvo que aceptarse porque se dio en el vacío de la derrota de Trump y de la debilidad de la victoria de Biden.

Algunos hechos han ocurrido en México para asumir la idea de que se prepara la definición de una doctrina nacional mexicana de seguridad nacional que salga del aldeanismo localista de la seguridad nacional retórica y patriotera para llegar a la seguridad nacional de la definición de los intereses nacionales en el exterior y para una doctrina de defensa nacional más allá de los soldados que defienden al país ante una invasión extranjera.

El control mexicano de la estrategia de seguridad pública contra el crimen organizado y la reorganización de la Secretaria de Relaciones Exteriores para redefinir las relaciones con el vecino del norte en términos de seguridad nacional mexicana han sido los primeros indicios. No fue buena señal para México –ni para el mundo– que el presidente electo Biden designara a un general como secretario de Defensa, porque fue una forma de quitarle a los civiles el manejo del enfoque estratégico del ejército y regresar al viejo imperialismo militar de invasiones y golpes de Estado.

 

Ley de la Omertá

La nueva secretaria federal de Seguridad y Protección Ciudadana, Rosa Icela Rodríguez, asumió sus actividades después de un agresivo ataque del virus COVID-19. Al finalizar al año apareció en la conferencia presidencial matutina y anuncio la reactivación de la estrategia de seguridad con ajustes en áreas de impunidad y combate a las bandas criminales.

La agenda de seguridad publica se ha ajustado a los criterios presidenciales de construcción de la paz, pero sin avances en la persecución de bandas criminales. De todos los llamados cárteles vinculados a las drogas, sólo el Cártel Jalisco Nueva Generación el más activo en la expansión criminal violando el criterio oficial de no usar la violencia ni conquistar nuevos territorios. Buena parte de la violencia criminal en Guanajuato se debe a la guerra del CJNG contra o que queda del cártel de El Marro.

Las cifras de violencia criminal responden al activismo de los cárteles y a la pasividad ordenada para las fuerzas de seguridad. Por eso llama la atención el aviso de la nueva secretaria de que se reactivará la persecución de delitos, aunque sin las condiciones de guerra violencia del pasado.

La nueva funcionaria tendrá un año para ofrecer resultados.

 

Zona Zero

• A pesar de que tiene espacios muy reducidos para operar en México, la DEA sigue manteniendo su recompensa de millones de dólares por Nemesio Oseguera Cervantes El Mencho, en apariencia, si sigue vivo, jefe del CJNG. En algunos niveles de seguridad consideran que esa recompensa podría desatar una guerra dentro del mismo cártelo de grupos adversario que quieren afectar la fuerza operativa del grupo de El Mencho. Pero esa recompensa de la DEA se tomó sin consultar con México.

• La prioridad de los servicios de seguridad ha sido fijada en Ciudad de México, donde los grupos delictivos y los cárteles han desatado la violencia por el control de zonas de venta. La nueva secretaria federal de Seguridad ha sido jefa de gabinetes de seguridad de gobiernos capitalinos anteriores y sabe de la amenaza de esos grupos delictivos. Y el secretario actual ya fue víctima de un atentado del CJNG. Así que pueden venir operativos contra la delincuencia en la capital que agitaran las aguas criminales.

 

El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico.

seguridadydefensa@gmail.com

www.seguridadydefensa.mx

@carlosramirezh

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- En el capitolio, ruptura del consenso imperial

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Carlos Ramírez* 

Ya habíamos aprendido, en relecturas de Tucídides sobre la guerra del Peloponeso de hace casi 2,500 años, que las grandes potencias crecen cuando hay unidad interna de objetivos y se derrumban cuando comienzan las divisiones en la sociedad. Ahora se calificó la protesta del 6 de enero como “terrorismo doméstico” y los demócratas preparan leyes para criminalizar el disentimiento.

Los EE. UU. se cimbraron en 1967-1972 con las protestas internas contra la guerra de Vietnam, aunque en 2001 Bush Jr. encontró la salida de unidad del consenso interno al convertir al terrorismo radical islámico como el gran enemigo histórico del imperio. Hoy el presidente Donald Trump le ha dado sentido irreconciliable y conflictivo al modelo bipartidista que ha promediado 60% demócratas y 40% republicanos, con periodos de republicanos en la presidencia.

Pero lo que era un modelo pendular –oscilando presidencias demócratas y republicanas– se descompuso en la confrontación violenta. El asalto de hordas de la ultraderecha al Capitolio fue operado con el objetivo de provocar una crisis constitucional al impedir el proceso de votación de colegios electorales para convertir de manera oficial al demócrata Joseph Biden en presidente electo. Ahí reventó el modelo conciliatorio bipartidista de democracia representativa dominada por los lobbies de poder real.

La peor crisis de protestas sociales contra la guerra en Vietnam ocurrió en dos tiempos. En 1967 miles de jóvenes irrumpieron en las instalaciones centrales del Pentágono en Washington –entonces con poca vigilancia restrictiva–, llegó al colapso con el bonzo que se prendió fuego en el estacionamiento principal de esas oficinas y en 1968 con las protestas contra la convención presidencial demócrata en Chicago en 1968 y el arresto de siete dirigentes juveniles que fueron juzgados, hecho acaba de revivir en la película “El juicio contra los siete de Chicago”. La protesta juvenil fue el punto de inflexión que mostró que la participación estadunidense se enfilaba a un fracaso y la salida nada elegante de las tropas en 1973.

Los comportamientos de los seguidores de Trump no inventaron alguna forma nueva de protesta; sólo dejaron asentado que no eran de exhibición. sino que buscaron crear una crisis constitucional al impedir la consolidación de los tiempos legales de la victoria de Biden.

Detrás de las protestas no hubo sólo el enojo de los seguidores de Trump y la reacción esperada al discurso del presidente azuzando a la turbamulta, sino la expresión de signos de ruptura. No se necesita invocar indicios de una latente guerra civil –que algunos han hecho–, ni advertir que esa violencia en el Capitolio mostró la ineficacia de las reglas institucionales de la democracia, ni ver en directo el agotamiento de la vieja cortesía en la que el candidato derrotado “concedía” la victoria a su adversario, inclusive en aquel incidente que pudo haber llevado a la ruptura en el 2000 cuando la elección llegó a la Corte Suprema y el demócrata Al Gore hubo de aceptar, sin convencimiento, su derrota para evitar las fracturas al régimen político.

Ahora hemos visto el choque interno entre masas armadas con los representantes del modelo de democracia de lobbies. Y la respuesta demócrata alimento los indicios de quiebra del acuerdo fundador de la nación: el juicio contra Trump sin aportar investigaciones o procedimientos político-judiciales, sino sólo con informes periodísticos y enojos de la líder demócrata Nancy Pelosi.

Lo de menos será la imposibilidad práctica, por tiempos políticos, para completar un verdadero procedimiento de impeachment legal, sino con el afán de bloquear por anticipado cualquier posible intento de Trump por querer regresar a alguna estructura de poder por la inhabilitación del juicio político. Nada más antidemocrático que usar las leyes políticas para cerrar el espacio a la competencia y participación entre diferentes posiciones políticas e ideológicas.

Si el sistema político estadounidense se declara, en los hechos, incapaz de resistir otra participación directa de Trump, entonces ese régimen carece de legitimidad. Y de nada servirá que el presidente en funciones Biden, a partir de hoy 20 de enero, trate de bloquear el juicio contra Trump, aunque no por voluntad democrática sino para sentar las bases de una unidad nacional que quedó inservible el pasado 6 de enero.

La imagen de la catedral simbólica de la democracia estadunidense, el Capitolio donde se cocinan las grandes intervenciones, guerras y avales para derrocar otros gobiernos, siendo asaltada por turbas violentas sin sentido de guerra civil quedará para las argumentaciones externas cuando la Casa Blanca quiera intervenir en procesos políticos en otros países. Los EE. UU. como faro de la democracia perdieron valor y presencia, porque el colapso provocado por Trump seguirá un tiempo más si acaso Pelosi quiere ir hasta el fondo con la inhabilitación o si Trump quiere regresar a la política de manera atrabancada.

La fuerza política en el exterior de los EE. UU. estaba en el consenso interno, aún de los sectores progresistas que a veces con rubor rechazaban la exacción de recursos de otras naciones o las decisiones para derrocar gobiernos o los casos de líderes políticos asesinados en aras de una estabilidad autoritaria. Esos sectores progresistas, en el poder, disfrazaban radicalismo con reformas sociales populares y sociales, aunque siguieran explotando a naciones pobres para consolidad su american way of life.

La crisis del 6 de enero fue una quiebra del consenso interno y no se ve en el corto plazo algún liderazgo que logre pegar los pedazos rotos en el Capitolio.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

 

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Coyuntura

Adrián Rubalcava, mejor alcalde de la CDMX

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Consulta Mitofsky publicó los resultados de una encuesta levantada en la Ciudad de México para medir el nivel de aprobación de los 16 alcaldes de la capital del país.

Adrián Rubalcava, alcalde de Cuajimalpa logró un 63.8 % de apoyo, superior incluso al nivel de respaldo que tienen el presidente de la república (54.6) y la jefa de gobierno (60.2)

Rubalcava desarrolla una intensa labor enfocada en 2 ejes:

1. El social, para apoyar a las personas desempleadas;

2. Seguridad, ha duplicado la presencia policial y triplicado las patrullas disponibles.

Adrián enfila a la reelección en las elecciones de este año, consolidando así 12 años de gobierno efectivo sobre la demarcación en la que se ubica el centro financiero más importante de latinoamérica, Santa Fe.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Biden: unidad interna… para reconstruir el imperio; “ya no nos temen”: halcones

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Carlos Ramírez*

Si la lectura progresista del mensaje del presidente Joseph Biden en torno a la unidad interna se leyó en modo Trump, en realidad el sesgo más importante radica en el hecho de que la fractura social doméstica le restólegitimidad al papel de los EE. UU. como el imperio dominante mundial.

A eso se refirieron, en septiembre pasado, los casi quinientos exfuncionarios de inteligencia, seguridad nacional y defensa de los EE. UU. cuando circularon una carta de apoyo al modelo de política exterior dura de Biden, frente al repliegue blando de Trump. En el texto de esa misiva dejaron su principal crítica al presidente republicano: “ya no nos temen”.

De todos los medios mexicanos, solo Excélsior entendió la lógica del conflicto doméstico en los EE. UU. Por ello presentó el discurso inaugural de Biden con este titular: “Unidos, EE. UU. volverá a ser la fuerza principal del mundo”.

Trump careció de un pensamiento estratégico y arribó al poder como un empresario anti Estado, anti fisco y anti seguridad nacional. La renegociación del tratado comercial con México fue un prototipo: no enfatizar la dominación estratégica de seguridad nacional, sino redinamizar los negocios dentro de los EE. UU.

Biden, en cambio, se forjó en la burocracia legislativa y fue durante muchos años presidente de la todopoderosa Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, uno de los tres pivotes de la estructura imperial, junto al Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional.

En este sentido, el discurso de Biden fue muy tucididiano, basado en el modelo de visión de seguridad nacional que narró Tucídides en la Guerra del Peloponeso en el siglo V a. C.: unidad interna para combatir a Esparta porque los espartanos se preparaban para superar a los atenienses en fuerza militar. Guerra estratégica preventiva, le dicen ahora.

Al sacar a los EE. UU. de los grupos multipolares de decisiones estratégicas, Trump debilitó la esencia imperial de la Casa Blanca. El caso central fue la OTAN: Trump vio a este organismo como una especie de fuerza militar subsidiaria de la comodidad de los países europeos para disminuir gasto militar, dejando a Washington con el peso de fondos y tropas. Trump obligó a los países de la Unión Europea a hacerse cargo de gastos y tropas, aunque con ello disminuyó el dominio imperial militar sobre esa parte estratégica del paneta.

Por lo tanto, Biden no estaba pensando en el modelo idealista de unidad nacional para encarar la crisis local, sino para regresarle la legitimidad al poder estadunidense basado en el apoyo interno. Durante decenios los estadunidenses, aun los progresistas y pacifistas, aceptaron el enfoque imparcial proactivo de la Casa Blanca porque era el único camino para consolidar el modelo del american way of life o modo de vida estadounidense; es decir, que el “sueño americano” de confort y riqueza se basaba en la explotación imperial de los EE. UU. de otros países del mundo, comenzado por el petróleo que ha animado la policía exterior estadounidense desde los años posteriores a la segunda guerra mundial.

La carta de exfuncionarios de inteligencia, defensa y seguridad nacional de septiembre estaba firmada por personal de los gobiernos militaristas de Reagan, Bush Sr., Clinton, Bush Jr., Obama y por los que renunciaron a la administración Trump por la falta de un espíritu estratégico imperial. Trump exploró la vía no militar con Rusia, China, Corea del Norte e Irán, aunque el asesinato del general Qasem Soleimani habría sido decisión no de Estado sino de la comunidad de seguridad nacional para reventar el plan nuclear de Trump para Irán.

La estrategia de seguridad nacional de Biden será la clásica militarista, de intervención en otros países y de dominación del discurso bipolar ante la amenaza rusa y china de apoderarse del mundo. En este sentido, Biden analizó el modelo Trump como una amenaza contra la estrategia de seguridad nacional militarista tradicional de intimidación del mundo y su tarea será la unidad interna para regresar a los EE. UU. al dominio de las estrategias de coexistencia imperial en el planeta.

El primer aviso de la militarización imperial de la estrategia de la Casa Blanca estuvo en la designación del general Lloyd Austin, recién retirado, como secretario de Defensa que de manera normal estaba bajo la dirección de un secretario civil. Esa designación fortaleció el poder militar de Biden.

 

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Política para dummies: La política es, de suyo, poder; por tanto, la dominación del otro.

 

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