Por Laura Gutiérrez Franco
Históricamente, Guadalajara ha presumido ser la “Ciudad de las Rosas”, pero lo que nunca ha podido presumir es tener agua potable de verdad. Si echamos la vista atrás, la memoria colectiva tapatía no registra un periodo donde abrir el grifo y beber directamente fuera una opción segura. La realidad es que en nuestras casas vivimos bajo un sistema de “doble tributo”: le pagamos al SIAPA por un servicio deficiente y, por obligación, le pagamos a las purificadoras para poder sobrevivir.
La ineficiencia gubernamental ha creado un mercado de oro. México es el principal consumidor de agua embotellada en el mundo, y Jalisco es pieza clave en esta estadística. Según datos de consultoras de mercado y la ANPRAC, el consumo de agua en garrafón en el estado representa aproximadamente el 12% del total nacional, compitiendo de cerca con la Ciudad de México y el Estado de México.
Esto no es un lujo; es una medida de salud pública que los ciudadanos costean de su propio bolsillo. Ya sea por filtros costosos o el eterno desfile de garrafones, el tapatío promedio gasta miles de pesos anuales adicionales solo porque el agua que llega a sus tuberías suele ser, en el mejor de los casos, dudosa.
Resulta irónico, por no decir ofensivo, que en medio de esta crisis de abastecimiento y calidad, se pretenda inscribir el nombre de la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo, en un monumento tan emblemático como La Minerva. ¿Es momento de honrar nombres o de cumplir con los servicios básicos? Quizás lo más sensato sería esperar a que, antes de buscar el bronce en la historia, se garantice que el agua que sale de las llaves sea digna de una ciudad de primer mundo. El reconocimiento debería ser el resultado de la eficiencia, no un adorno de campaña.
El Mundial: ¿Limpieza de cara o de tuberías?
Ahora surge la promesa de “arreglar” el problema del agua turbia y fétida que ha azotado a decenas de colonias. Sin embargo, el trasfondo parece ser puramente estético: limpiar la casa porque viene el Mundial de 2026.
Es lamentable que el motor del cambio no sea el bienestar del ciudadano que paga sus impuestos todos los días, sino la urgencia de no dar una mala imagen ante los visitantes internacionales. Si pueden arreglar el “agua apestosa” para el mundial, significa que siempre pudieron hacerlo y simplemente no quisieron. Al final del día, a los tapatíos nos urge una solución de fondo, no un maquillaje de cortesía para los turistas.
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