
Por Laura Gutiérrez Franco
Lo ocurrido el pasado lunes 20 de abril en la zona arqueológica de Teotihuacán no fue un brote de locura espontánea, sino un acto de terrorismo doméstico fríamente calculado. Mientras el país se prepara para recibir al mundo en menos de dos meses por el Mundial de Futbol, la imagen de México se desploma desde lo alto de la pirámide, manchada por la sangre de un fanatismo que encontró en la negligencia gubernamental su mejor aliado.
El agresor, identificado como Julio César Jasso Ramírez de 27 años, no eligió la fecha al azar. Actuó precisamente en el marco del aniversario de la matanza de Columbine, en Estados Unidos, una efeméride que este sujeto —seguidor confeso de los perpetradores de aquella masacre— utilizó para replicar un escenario de muerte en suelo mexicano. Algunos medios de comunicación aseguraron que también tenía entre sus preferidos a Hitler, pero no está confirmado.
Con una pistola de 1968, un cuchillo y una bolsa de municiones, escaló el monumento y tomó como rehenes a 30 extranjeros. El saldo es devastador: *una turista canadiense fue asesinada y otros 13 visitantes de diversas nacionalidades resultaron heridos* bajo el fuego y la furia de este individuo, quien finalmente se suicidó tras proferir insultos y vejaciones con un odio visceral.
Este desenlace sangriento no borra la gravedad del asunto; al contrario, subraya que el individuo iba dispuesto a causar el mayor daño posible, impulsado por una narrativa de odio que parece haber sido alimentada por el discurso de confrontación que ha emanado de los últimos dos gobiernos. El resentimiento hacia lo extranjero, y específicamente hacia los europeos, ya no solo se escucha en las “mañaneras”; ahora se traduce en muerte en nuestras zonas arqueológicas.
¿Dónde estaba la Guardia Nacional? Mientras la sangre corría y los turistas eran humillados, la autoridad se “hizo pato”. Hubo una desorganización total que permitió que un hombre armado cruzara todos los filtros sin que nadie le dijera nada. Es inadmisible que el sitio histórico más emblemático del país sea hoy un territorio sin ley donde la seguridad brilla por su ausencia.
La noticia ha dado la vuelta al globo. En menos de 60 días, México será el centro de atención internacional por el Mundial, pero hoy la señal que enviamos es de caos, muerte y desprotección. El costo para el turismo será incalculable.
No se puede invitar al mundo a nuestra casa mientras desde el poder se siembra discordia y división. La política del rencor ha permeado hasta lo más profundo, y si no se detiene la retórica de odio y se profesionaliza de verdad la seguridad, México quedará marcado no por su hospitalidad, sino por ser el escenario donde el fanatismo y la ineptitud se dieron la mano para permitir una tragedia de dimensiones internacionales.
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