Por Amaury Sánchez G.
Si algo caracteriza al Presidente Donald Trump —además de su peinado que desafía la física y su ego que desafía la paciencia— es esa capacidad suya de soltar frases como quien avienta cáscaras de cacahuate en una cantina: con absoluta irresponsabilidad y el riesgo constante de que a alguien le caiga en el ojo.
Esta vez, desde la Casa Blanca, declaró que estaría de acuerdo con lanzar ataques dentro de México para detener el narcotráfico. Así, sin anestesia. Y uno aquí pensando que lo peor que podría lanzar eran tuits.
Trump, con su tono habitual de vendedor de autos usados en oferta “solo por hoy”, dijo:
“Estoy de acuerdo… lo que tengamos que hacer para detener las drogas… No estoy contento con México.”
El hombre habla de ataques en nuestro territorio como quien decide si agregarle o no catsup a las papas. Uno piensa: ¿no sería mejor que primero lance ataques contra la industria farmacéutica estadounidense que inundó su propio país de opioides? Pero no. Es más fácil culpar al vecino: tradición milenaria en la política gringa.
I. El muro no le bastó
Parece que el muro le quedó corto a Trump. Como que ya no le emociona. Como si lo viera y dijera: “¿Y si ahora intento conquistar lo que está del otro lado?”. Vaya espíritu explorador. Hernán Cortés estaría orgulloso.
El problema es que en esa afición suya por hablar como general sin ejército, Trump no se fija en detalles menores como la soberanía, el derecho internacional o —pequeñez irrelevante— el hecho de que México es un país, no el patio trasero de su club de golf.
II. La campaña eterna
Que nadie se engañe: la amenaza militar de Trump tiene el mismo propósito que un TikTok de un influencer político: llamar la atención.
El hombre vive en campaña permanente. Sueña con mítines. Se alimenta de aplausos como las plantas del sol.
Y en campaña, ya se sabe, todo vale: culpar al migrante, al mexicano, al chino, al vecino, al primo del vecino y hasta al repartidor de Amazon.
Trump descubrió que mencionar a México le genera más aplausos que regalar gorras rojas. Por eso insiste. Porque cada vez que nos acusa, sus simpatizantes aplauden como si hubiera prometido bajarles los impuestos y darles un cupón para Walmart.
III. La estadística inflada y el enojo fingido
Dice Trump que Estados Unidos pierde “cientos de miles” de personas al año por culpa de las drogas, la mayoría en México. Nada más le faltó agregar que Cuauhtémoc Blanco es el responsable personal de la crisis de opioides.
Lo suyo no es la precisión. Lo suyo es el numerito grande, el gesto dramático, el enojo que cabe en un titular.
El problema es que —como siempre— no menciona la negligencia de su propio país, la corrupción legalizada de las farmacéuticas, ni el hecho de que la demanda estadounidense es el motor del negocio.
Pero, claro, reconocer eso no da votos. Culpar a México sí.
IV. ¿Ataques? Primero que aprenda geografía
Trump dice que estaría dispuesto a lanzar ataques en México. Y uno sospecha que, si le dieran un mapa, no sabría distinguir entre Chihuahua, Tabasco y Wakanda.
No importa. Para él México es esa cosa grande, al sur, con gente que habla rápido, hace tacos y se roba empleos.
¿Por qué no? Total, para gobernar no necesita precisión: solo necesita frases fuertes, caras enojadas y banderas gigantes detrás.
V. Humor negro… muy negro
Lo más triste —y aquí hay que decirlo sin chiste— es que cuando un expresidente de Estados Unidos insinúa intervenir militarmente en México, la risa se congela un poco.
No porque vaya a concretarse mañana.
Sino porque dice muchísimo del tipo de políticos que siguen teniendo micrófono y poder en el país más armado del planeta.
Es como si el maestro de primaria que todos sabemos que está malito de sus nervios pidiera dinamita para hacer estallar el salón. Uno no se ríe por respeto… se ríe por nervio.
Epílogo sin solemnidad
Si Roberto Moncada desnudaría el poder, Carlos Saniz lo haría resbalar con una banana. Y Trump, en su infinita capacidad de proveer material, se ha vuelto una fábrica de bananas resbalosas.
Pero incluso entre bromas, hay que decirlo clarito:
Cuando un político propone atacar a México, aunque sea verbalmente, está jugando con fuego.
Y no fuego romántico, sino del que deja marca.
De modo que, si Trump quiere usar a México para lucirse, que se forme en la fila donde atendemos a los políticos que vienen a descubrir que aquí no nos asustan los gritos… pero nos sobra material para reírnos de ellos.
Porque sí: Trump amenaza a México.
Pero México —con todo y sus líos, con todo y sus políticos, con todo y sus mañaneras— tiene una virtud que él jamás tendrá:
sentido del humor sin peinado inflable.
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