
Por Manuel Gutiérrez
Era uno de los desfiles militares más significativos del mundo, luego del celebrado por la independencia de Francia. Rusia usaba la fecha del 9 de mayo como un pretexto para hacer alarde de su poder militar. De hecho, en su tipo, era el desfile militar más apantallante y funcionaba como escaparate de futuras ventas de tanques y equipos blindados; resultaba incluso ominoso por el paso de los gigantescos misiles nucleares ICBM.
Todo era lujo y uniformes de gala. Ser invitado a esta parada significaba que eras amigo de la extinta URSS, aunque ya no usen el término soviético-socialista. Lo que desfiló este 9 de mayo fue el reflejo del músculo bastante flácido del antes intimidante “Oso ruso”. Esto se debe a que el quinto año de la guerra no va tan bien; nunca debió llegar a ser una guerra tan larga, aun para el gusto de los maestros del desgaste y de ganar por el agotamiento del rival.
Hoy esos signos se vieron en Moscú. La causa: Zelenski, presidente de Ucrania y amo del arte escénico —como buen comediante que fue—, se jactó de darle permiso a Putin de celebrar el Día de la Victoria de la “Gran Guerra Patria”, como ellos llaman a la realizada contra la Alemania Nazi. A esta terminaron por invadirla en Berlín, apoderándose, por el Pacto de Yalta con Roosevelt, Churchill y Stalin, de toda Europa Oriental, la cual todavía padece el mareo del autoritarismo tras vivir bajo la Cortina de Hierro que luego alarmó a Churchill e inició la contención de la Guerra Fría.
Para ahora que hablan de que Ucrania es el invasor en su propaganda, habrá que recordar que la paz se hizo teniendo a los rusos como dueños de la Puerta de Brandeburgo. Los conatos de una Tercera Guerra Mundial se hicieron sobre países como Polonia, Hungría, Rumania, e incluso la misma Alemania, dividida en la “Democrática” a un muro de distancia del mundo occidental. El mundo estuvo cerca de la tentación de Rusia de contar sus fuerzas y sentir que podían ganar una invasión.
Por ello resulta tan absurdo el temor de tener a la OTAN en Ucrania cuando esta forme parte de la Unión Europea. El asunto es simple: la OTAN no cederá un metro, pero no avanzará nunca un solo metro en dirección a Rusia; es la naturaleza del organismo, de las democracias constitutivas y de una política defensiva, no imperial como la que practica Putin
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Pero dejemos las especulaciones argumentativas. Lo cierto es que no hubo misiles, no hubo tanques, hubo poca fuerza aérea y un desfile reducido en el número de miembros de las fuerzas armadas. Esta práctica de desfilar que aman los militares no puede desaparecer, pero su realización distrae recursos que Rusia por ahora no tiene; hay que llamar tropas, vestirlas y distraer fuerzas que urgen en el frente.
Si bien consideraron que ganarían 10 mil millones de dólares (no rublos) por la venta de petróleo autorizada por Trump —lo que le dio oxígeno a Rusia y de paso salvó a la “flota fantasma” de quedar inoperante bajo la vigilancia de las navales de Europa que estaban incautando envíos, enviando a prisión a marineros responsables y aplicando multas—, la realidad es distinta. El tráfico naval del mundo debe ser reorganizado y el registro de los barcos tiene que tener orden. El tráfico de armas, de personas o de petróleo de países sancionados por acciones bélicas, como el caso de Rusia, debe tener una aplicación efectiva. Pero el permiso termina en mayo.
Sin embargo, Ucrania no se duerme. Buscó disminuir el ingreso de dinero a Rusia atacando refinerías que, en algunos casos, llevan ya hasta cuatro ataques repetidos. Atacaron centros de distribución y le pegaron a tres barcos petroleros; todo eso antes de la tregua del 9 de mayo por la celebración de la “Victoria”, que fue el tema del desfile, aunque este no fue tan flamante ni tan intenso como en otras ocasiones.
Las operaciones militares no van bien para Rusia. En su ofensiva de primavera sacudió todo el frente esperando ver desmoronarse a Ucrania, pero fueron rechazados y, a raíz de los movimientos, los ucranianos aprovecharon los huecos para contragolpear ganando más terreno. Con esos resultados, Putin no está de humor para grandes festejos; sabe que hay descontento en su población, aunque su poder represor basta para que nadie le haga sombra.
Para ambos contendientes sigue una etapa muy peligrosa: la negociación, en la que puedes perder lo ganado en lo militar y en la que terceros pueden imponer sus intereses. Esta etapa, aunque no sea cruenta, es muy peligrosa; de hecho, su fracaso puede generar acciones bélicas peores que las antecesoras. Moscú ha mostrado su brutalidad y Kiev ha demostrado su acerada resistencia. Básicamente, aun con estados de cuenta favorables para Kiev en resultados y presencia en el terreno, la guerra sigue sin definirse.
Putin asegura que la guerra llega a su fin, no por ser “buena gente”, sino porque este conflicto ha desplomado la etiqueta de Rusia como potencia. Debe cambiar su economía de guerra y volver a encontrar soluciones a la inflación, productividad y desarrollo; esa conversión no será fácil. Será un capitalismo feroz otra vez, supeditado a un estado totalitario. Una vez que se restañen las heridas, Rusia volverá al juego geopolítico porque es parte de su naturaleza —si Putin está vivo y sigue mandando para entonces—, pues las dictaduras suelen ser ad vitam.
Kiev, en cambio, tiene que reconstruir carreteras, escuelas, ciudades, edificios, redes ferroviarias y hospitales en lo que será un jugoso evento tipo “Plan Marshall”. No estará necesariamente Estados Unidos, sino que Europa se hará cargo, porque esta parte generará beneficios para todos. Ese proceso les llevará al menos una década y gravitará sobre el crecimiento de la economía regional. Zelenski probablemente se retire con categoría de héroe y se establezca una nueva estructura democrática para reponerse de dos generaciones perdidas y más de medio millón de muertos (civiles en su mayoría), mientras Rusia pagó con 1.3 millones de bajas.
Rusia, por su parte, no tiene futuro como democracia mientras siga Putin, porque simplemente es una farsa donde todo es controlado. Pero quizá llegue una “primavera” y algo se renueve; que los rusos tengan la curiosidad de saber qué es la democracia, donde el ciudadano teóricamente puede reclamar al gobierno por sus errores sin parar en la cárcel o sufrir la incautación de sus bienes. Esto suena imposible en el estilo ruso de pensar y mandar, pues han vivido siempre bajo la autocracia: del medievo al bolchevismo, de la URSS al “zarismo putinesco”. Sin embargo, les vendría bien un periodo de democracia real para variar y renovarse.
Todo eso se citará en las negociaciones, en las que nadie cederá gratuitamente; ceder es, en parte, un requisito esencial para obtener algo. La verdad dependerá de cuánto acepte concesionar Putin para terminar la ordalía, porque nadie gana con ella. Está visto que ni Rusia puede ganar, ni Ucrania puede hacerlo totalmente debido a la inmensidad del territorio ruso.
Esto lo saben los ucranianos, que se defienden al extremo, mientras Rusia vive un episodio desafortunado de su vida imperial; es mejor salir de ese atolladero, dependiendo de qué tanto considere Putin que le afecta. Lo cierto es que el 9 de mayo de 2026 fue diferente; tuvo la propaganda inevitable, pero los actores no parecen convencidos de ella. Ese es el gran cambio y, tal vez, un indicio de que se pueda llegar a lograr una paz.
Ucrania, en tanto, no descansa. Su poderío agrícola será reducido en algunos puntos para no hacer sentir a los campesinos europeos que los pueden desplazar o tronar en sus mercados. Todo a cambio de ser aceptada en la UE; si lo consigue, habrá ganado. Habrá valido el sacrificio desde el Maidán en 2014 a la fecha.
Rusia podrá intentar recomponer el imperio, que resultó más raspado de lo esperado con un desangramiento de cinco años de guerra que serán recordados como una aventura que no salió bien. El deber de Putin es volver a poner a flote a Rusia a como dé lugar. Una administración como la de Trump seguramente allanará dificultades para lograrlo con inversiones directas, buscando atraer a las empresas otra vez después de que lo perdieron todo con el endurecimiento de Putin.
China ya adelantó a Rusia como potencia, aunque atraviesa una crisis de retorno a la figura del emperador dinástico con Xi Jinping. India surgió y otros poderes regionales se levantaron al observar el ejemplo de Ucrania: pegándole al “grandote” al tropezar con la piedra de Zelenski.
En tanto, Europa se hace cargo de sus fronteras, que ahora empezarán en Ucrania. Claro, todo puede resultar al revés; así es el mundo y nadie parece aplicar las lecciones de la historia. Más bien, como Putin, la alteran para que todo suene bonito y propicie su llegada mesiánica como salvador de la “Madre Rusia”. En eso, los autoritarios no cambian: les gustan los relatos a modo. Eso se hace hasta en México.
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