Por Amaury Sánchez G.
A ver, mis queridos paisanos del peso y del centavito: ¿cuándo fue la última vez que escucharon que nuestra moneda se fortalecía? ¡Ah, verdad! Normalmente el peso mexicano es como ese primo fiestero que llega crudo al cambio del sexenio: desvelado, tambaleándose y pidiendo prestado. Pero hoy, en lo que va del mandato de la doctora Sheinbaum, el peso —sí, el mismísimo billete que llevamos arrugado en la cartera— ha ganado músculo frente al dólar. Y no poquito: casi un 10% desde enero. ¡Hasta se paró derechito en el mercado!
¿Y cómo es que este milagro cuasi-económico ocurrió? No me lo va usted a creer, pero resulta que no es tanto por lo que México hace, sino por lo que Estados Unidos deshace. El dólar anda débil, como señor divorciado que se fue de fiesta con Trump y volvió sin cartera, sin corbata y con la resaca geopolítica. Las decisiones erráticas del republicano —sí, ese que quiere ponerle arancel hasta al tequila— han hecho que los inversionistas vean a México como una islita de sensatez.
Y entonces pasa lo impensable: el peso, que siempre fue como el papelito que usábamos para envolver sueños, se convierte en un activo de confianza. El tipo de cambio pasó de 20.88 a 18.87. Casi dos pesos menos por dólar. Lo que en otra época era motivo de discurso presidencial con fuegos artificiales, hoy apenas merece un tuit tibio del Banxico.
Pero no se equivoque: esto no es pura suerte ni milagro de San Mercado. También hay mérito interno. México, con su política fiscal sobria y su Banco de México autónomo (¡toquemos madera!), ha logrado que el mundo no nos vea como loquitos latinoamericanos. Y en este río revuelto de guerras, elecciones y TikToks con inteligencia artificial, el que se ve estable, gana.
Ahora, no todo es mole con arroz. Hay quien sufre con el peso fuerte: los exportadores que cobran en dólares y ahora reciben menos pesos, las familias que viven de las remesas que llegan más flacas, y uno que otro político que ya no puede echarle la culpa al tipo de cambio.
¿Y qué hace doña Sheinbaum? Pues nada tonta, capitaliza. Se pone su bata de estadista, levanta la ceja y deja que el peso hable por ella. Porque en política, como en los bailes de quinceañera, a veces no gana el que más se mueve, sino el que no pisa a los demás. La estabilidad pesa, y en este caso, el peso… también pesa.
Eso sí, no hay que cantar victoria. Si Trump vuelve a la Casa Blanca, lo primero que podría hacer es levantar un muro… ¡pero de incertidumbre! Y si eso pasa, el peso podría volver a su vida bohemia, a los vaivenes del mercado y a dormir en la banca de la esquina.
Pero por ahora, celebremos que nuestro peso no solo vale más, sino que vale por lo que representa: confianza, rumbo y un poquito —solo un poquito— de esperanza en que, por una vez, México no la regó.
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