Por Manuel Gutiérrez
Su padre era creyente en el ateísmo —si se me permite jugar con las palabras— radical y científico, médico de profesión; su madre igual, de excelsa cultura ambos. Judíos que procrearon a un hijo muy talentoso que fue brillante pianista, y a Simone, cuyo pensamiento llegó hasta descubrir la luz con una naturalidad rebelde que significó un desafío eterno a las inteligencias, pero que, original y nunca sometida, desafiante en su autenticidad, cedió el pedestal de la fama y la fortuna a Jean-Paul Sartre.
Ella era Simone Weil, una pensadora que extrañamente está detrás de nombres famosos, y sale como entre líneas y en citas al pie de la página, pero que encierra uno de los sistemas de pensamiento que, partiendo del marxismo, llegó a nivel de otra dimensión.
Ella nació en 1909, solo vivió 34 años, estudió en la Normal Superior de París e hizo Filosofía en la Sorbona. Tuvo su cátedra, pero no estaba conforme con eso. Sus rasgos compasivos comenzaron desde niña, cuando en la Primera Guerra Mundial decidió apadrinar, con lo que en su casa faltaba, a un desconocido combatiente de Francia en el frente. Luego adoptó a su prima necesitada y le proporcionó techo. Caridad feroz y militante.
Pero su vivencia no sería teórica o reflexiva; decidió colocarse en la piel de los que sufren. Comenzó a trabajar en la pizca de papas, hasta diez horas diarias. Así descubrió el sindicalismo y las luchas obreras, y se identificó con los desvalidos. La influencia marxista de su padre y su ambiente judío ateo influyeron en hacerla revolucionaria, pero ella quería saber lo que era trabajar con los explotados de entonces, aunque privilegiaba la buena disposición humana por encima de los postulados.
Hegel, Marx, Heine eran su bagaje. Ella consumió las teorías de sus compatriotas judíos que crearon la estructura ideológica y la aplicación social en el comunismo versión URSS con Lenin, pero nunca dejó de pensar, de cuestionar, de buscar la verdad sobre los motivos incluso de su militancia. Sin dejar el marxismo, lo empleó como herramienta de su búsqueda y sus conclusiones fueron sorprendentes porque abrió otro final a la teoría económica de Marx, totalmente inesperado y original.
Incluso decidió vivir como obrera y sirvió un año, ya siendo reconocida filósofa y maestra, en la Renault; con sus conocimientos técnicos, fue operadora de torno y vivió la vida de los obreros. Descubrió que ellos vivían enajenados, aplastados por el peso de la chamba, de la supervivencia, y que al margen de quién fuera el patrón (así fuera el Estado), la opresión no se resolvería con que los proletarios fueran dueños de los medios de producción.
Aquí empieza una crítica que construyó y demolió las corrientes actuales modernas, como lo woke, basadas en una interpretación clasista de la historia, en una sociedad socialista y, en tercer término, como parte de un modernismo-progresismo económico-social, que no liberan de nada al verdadero trabajador.
Una marxista tan profunda y lúcida que comenzó con su dialéctica a juzgar su corriente explicativa del mundo, pero llegaría más lejos que un simple revisionismo para enfatizar el valor de la libertad humana, pasando a convertirse en uno de los paladines de la libertad humana, como otras pensadoras judías del siglo XX que lucharon contra las mareas dominantes de su época, como Hannah Arendt, Ayn Rand y, en nuestro tiempo, Anne Applebaum.
Pero las vivencias reales las reflejaba con su pluma. El concepto de desdicha, de opresión, parte de este principio lo que resulta tremendamente liberador. Aquí vino un escrito esencial en su obra: Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, en 1934.
Para ella, el trabajo moderno, tecnificado, administrado, su burocracia, crean la opresión, incluso en un sistema soviético. Son las condiciones de la vida social las que oprimen.
Las revoluciones, según ella, nacen pero traicionan sus ideales porque tienden a perpetuarse como estructura de poder, y esa conservación genera las acciones de destrucción social que sean necesarias y, lo peor, combaten el sentido espiritual de la humanidad, que pierde su capacidad de pensar, de darle valor a la vida.
Ella, partiendo del marxismo, creó una nueva ideología, inexplorada, pero quizá la verdadera evolución de este pensamiento sublimado a fines más altos que la mera exposición mecánica de la economía y el determinismo de la historia por encima de los hombres.
Pero en ese momento se encontraba en la fase de realizar las teorías revolucionarias y, al llegar la guerra civil en España, se alistó con las Brigadas Internacionales. Una nueva Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”. Hay una foto con su uniforme miliciano, su flamante fusil 7 mm. En su estancia en las fuerzas militares le mostraron que la brutalidad y la violencia son similares independientemente de quién las cometa, con qué uniforme y bajo qué discurso: la violencia es igual en todos lados.
Extrañamente, no vio combates en que participara. Sufrió un terrible accidente en la cocina, en que sus piernas fueron bañadas de aceite hirviente. Con ello dejó la guerra y nuevamente volvió a hacer cuestionamientos y siguió su búsqueda por ser auténtica, no solo teórica aburguesada y favorecida de la izquierda mundial, aceptando todos los crímenes de Stalin, como Sartre, que culpaba de todo al capitalismo y no veía ninguno de los excesos del sovietismo.
Estos conceptos los vertió en lo que sería una obra maestra póstuma, que se debe releer en nuestros días: Opresión y libertad, en 1955, casi 30 años posteriores a su muerte, con una lucidez pasmosa. Luego de intentar ser parte del sindicalismo católico, incluso buscó hallar sentido en el nacionalsocialismo —en que rebotó por ser judía— y, ante la Segunda Guerra Mundial, pasó a ser refugiada en Nueva York.
Regresó a Europa, vivió en Londres durante la guerra, en que el presidente de la resistencia, Charles de Gaulle, le pidió un escrito porque el combate también era de ideas. El resultado fue un texto en que explica que el género humano necesita estabilidad, tradición, comunidad, cultura y pasado común para vivir. A esto le llamó El enraizamiento, uno de los textos de mayor importancia porque este factor lo suma al marxismo como etapa superior, incluso al capitalismo. Esta vista de arraigo propicia el reencuentro de la gente con su destino, con su identidad, con su tarea y con formar parte de algo.
La enajenación provocada por el mundo del dinero o por el mundo del Estado produce que se pierda ese factor. Para ella, esta era la manera en que Francia debería de reconstruirse a sí misma, evitando la opresión: “no destruye el alma del oprimido, la vuelve ciega y vulnerable”.
Enferma de tuberculosis, obsesiva en la rectitud de su esfuerzo, no aceptaba raciones mayores que las de un combatiente en la Francia ocupada, así que murió a los 34 años de edad, dejando un ejemplo vivo de militancia. Su conversión, sus efectos, serán motivo de una segunda parte, así como su visión de la democracia y de los partidos políticos, porque la Weil logró encontrar fisuras en el materialismo que le permitieron atisbar a la luz de la eternidad, lo que motivó interesantes reflexiones. En muchos temas, se anticipó a su tiempo.
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