Por Manuel Gutiérrez
José Alfredo Jiménez es un filósofo popular, un reflejo puro de nuestra raza, y nació el 19 de enero de 1926 en Dolores, Hidalgo. En 1936 se va a la capital de la República —todavía lo era—, a Santa María la Ribera; trabajó de mesero en La Sirena y es portero suplente del equipo Marte (el titular era el «5 Copas», Tota Carbajal), pero no era su futuro bajo los palos.
Estudió hasta quinto de primaria —pero qué primaria era entonces, hasta álgebra te enseñaban, te tenían activo todo el santo día: música, teatro, educación física, con todo lo esencial que necesitabas en tu vida práctica—, pero no aprendió instrumento alguno ni música formal. Componía la letra, pero los arreglos se los hacían, ¡y qué afortunados arreglos!
Debutó en 1948 en la radio. Grabó 20 LP, más de 300 canciones registradas que generan todavía regalías, aunque dicen que son más de mil compuestas…
En Dolores te da la bienvenida su tumba con forma de sarape, que te recuerda que se fue a los 47 años por cirrosis hepática; su hígado no aguantó el paso de ganarles a las destiladoras.
Para el ilustre amo de 20 gatos, Carlos Monsiváis, activo conspirador de izquierda y agudo intelectual en sus ratos sobrios, dijo que “era el ideólogo de las masas”. Juan Villoro, el poeta, lo definió: “Insuperable explorador del sentimentalismo, descifró nuestros más íntimos anhelos y descalabros”.
El poeta colombiano Darío Jaramillo dice: “Hay versos para leer, para recitar, y versos para cantar con la voz quebrada; José Alfredo es la tercera variante”. Total, a su modo, un poeta indiscutible clavado en el corazón de la gente.
Frases cortas, directas, intenciones explícitas, sin adornos, con paradojas y un aire de estoicismo de charro perdedor. No rimas cultas, nada sofisticado. Raspa, duele, y lo mismo llora Pedro Infante que Luis Miguel ante el que sigue siendo El Rey verdadero e inmortal.
¿Era del PRI?
No tuvo ideología de partido, nunca militó; su ideología era Guanajuato. “En la que se fue, tóquenme otra vez la misma” juega con la herencia de Cuauhtémoc, pero es Señor Charro, de caballo y de espuelas: genuino, bravío, macho, aunque viva con pobreza. Es totalmente mestizo. Para él la sociedad falsa está en las alturas; los de abajo son, según su visión, los buenos por poner el sentimiento antes.
Sus canciones nunca ganarán premios feministas. “Te vas porque yo quiero que te vayas; a la hora que yo quiero te detengo… Yo soy tu dueño”. Un libro antiguo, un modo anterior, pero pasa de la beligerancia y alarde cantado al drama íntimo, al rompimiento.
Un experto llamado Federico Velio lo estudió y concluyó: “José Alfredo es un macho derrotado, no agresivo… («Llegó borracho el borracho» no lo es; es un reto a muerte, antes que la pena de dar un paso atrás, otra tónica). Pero en cosas del amor se muestra sensible, sentido como jarrito de Tonalá; derrotado, llora como hombre por el amor perdido, por el cuerno inevitable, por la traición o la falta de comprensión de «un amor bonito»”.
Pero nuestro José Alfredo es Nietzscheano, sin duda. Pesimista hasta la madre, aunque es bonito vivir y llorar es parte de la vida. “El rencor, el despecho, la nostalgia, la pérdida, las ganas de llorar a falta de argumentos, porque se agotó todo y «Tú eres la reina»”.
Por decirlo así, José Alfredo no fue militante de partido, pero el PRI lo hizo ser con su sistema de gobierno, su proteccionismo, sus fronteras cerradas, la exaltación del nacionalismo, del charro; el ciclo de oro del cine mexicano y su música eran parte de la era.
Resultado del progreso nacional, porque hubo dinero para comprarle sus entradas a la Caravana Corona, era reflejo del periodo estabilizador, del crecimiento económico, del cambio de vida que sufrieron los mexicanos que pasaron del rancho, el caballo y la guitarra al radio, al rock and roll y a la vida urbana y motorizada, y a nuevas escalas de valores y formas de convivencia.
¡Salud! Es noche del 15 de septiembre; Alexa, que me pone toda la obra completa de José Alfredo en lugar de ver el acto de la Sheinbaum, me sumerjo en el tequila blanco, lo escucho, me hace sentir muy mexicano. Por más urbano que sea, por más afecto a lo contemporáneo, por más desarraigado que pueda sentir el nacionalismo mexicano de nuestros días (convertido en bandera política del poder oficial), como en el pasado de José Alfredo se siente más real.
Recuerdos tristes, amores fracasados; no y sí, el aguijón de la carne, la locura de ser y no ser.
Pero tengo mucho de Agustín Lara, “negra consentida, negra de mi vida” y de “Granada, tierra ensangrentada”. Pero Lara es nice (1897-1970): impecable, elegante, pianista, selecto; tuvo que usar a Cantinflas para que entretuviera al respetable mientras aporreaba las teclas, porque de otra manera se le dormían los cultos mexicanos de los años 30/40/50 con boleros románticos, con piano, con orquesta a lo Lara, chingonas.
Música urbana, elegante, de las capas elevadas, pero también con rebote entre el pueblo común que era urbano, moderno, que descubría el pan Bimbo que tuvo que enseñarnos Pedro Infante cómo se comía.
Armonías, grandes tiempos orquestales, cantantes que consagrados ya eran solemnes, aprobados por el Flaco de Oro. “Solamente una vez amé en la vida”: mujer idealizada, pecadora, burdelera, o abnegada, sufrida, pura, honesta y recatada; pero todo finalmente era lo mismo: feminidad en el altar.
Mientras José Alfredo desgarraba sus corridos, sus tonadas rancheras, decía sabiamente a Nietzsche en 5 palabras: “La vida no vale nada”, “empieza siempre llorando y llorando se acaba”.
Pero todo en los artistas son musas; salud, cómo resbala este asunto del jugo de agave. La noche se extiende mientras algunos tratan de armar un debate sobre Hernán Cortés; la cena fue excelente, los vinos oportunos y nadie movió u opinó que cambiaran la música del Rey.
José A. intenta dominar a la mujer, la colma de regalos, de promesas; le falla, es como es, o ella se harta y busca otro destino. La ruptura es algo serio, sin papeles, pero dolorosa; una afrenta que no se puede lavar ni con FAB, pero si hay algo bueno para esos lances… el tequila. “Estoy en el rincón de una cantina…”
Agustín hizo una respetable filmografía; incluso directores reconocidos le dieron lugar de galán otoñal. Su fuerte era el casino elegante, el night club, el esmoquin, las formas, la retorcida pero grata galantería en que se simulaba que el Lobo no quería comerse a Caperucita, pero sí terminó como Señora de Feroz.
José canta lo que la gente quiere oír, vive lo que sufre. Una borrachera es un timbre de gloria para el amante rechazado; es una terapia, un refugio. La cantina es la catarsis nacional de la época, un lugar en que se llora, se sufre o se canta de dolor. Total, entre mujer, caballo, borrachera, todo podía ser posible, hasta el milagro de un regreso… o la aceptación de que se muere un poco cada día, y que un fracaso sentimental, una ausencia, un algo que se soñó pero nunca se alcanzó, es la verdad de la Mano de Dios, la única que podrá separarnos… porque si nos dejan, nos vamos a vivir a un rincón cerca del cielo.
El amor llama a todas las edades. J. Alfredo se casó oficialmente en diciembre de 1949 (padrino Miguel Aceves Mejía, muy charro todo el conjunto) con Paloma, y los hijos con ella. Le hizo el cabalístico número 7 de canciones grandes compuestas para Paloma Gálvez: “Paloma querida”, “Cuatro caminos” (excelente), “Llegando a ti”, “Corazón, corazón”, “Serenata sin luna”. Es probete. Nunca se divorció y le rogó a Paloma que no lo hiciera…
Lo cual no obstó para que llegara “La media vuelta”; llegó Mary Medel (“Lupita”, 1956-1968) y procreó con ella 4 hijos: Guadalupe, José Antonio, José Alfredo; fue el momento de una singular fama, aclamado superestrella de la Caravana Corona que se presentaba en plazas de toros con todos los astros del cine, teatro y canto nacionales, así como cómicos como Tin Tan o Viruta y Capulina.
Luego viene Alicia Juárez, la tercera musa (1968-1973); estuvo con él en su final. Con 22 años menos, la enseñó a querer; la canción lo describe todo: “Voy a sacar juventud de mi pasado”. Marinero aventado.
Y los deslices: Cristina Fernández, el amor imposible, novia de juventud, se le fue, no la retuvo; “Ella” y “Me cansé de rogarle”, se le fue viva la liebre.
Pero cuidado: pretendió a la “Tigresa” Irma Serrano (ella estaba en Ajijic con el presidente Díaz Ordaz cuando Echeverría ordenó el Tlatelolcazo), pero nada le daba miedo. Y súmele la actriz de cine Columba Domínguez (en esa época no había Viagra, pero existía la damiana).
Y otra pieza mayor: Lucha Villa, a quien le generó “Amanecí otra vez entre sus brazos” y “La media vuelta”; era mucha Lucha, aunque fuera excelente cazador no eres el mismo… Ella estaba en Estados Unidos, eran encuentros esporádicos pero confirmados.
Y el ave de todas las tempestades —no es Gloria Marín, que tuvo tórridos romances hasta con el gran periodista Carlos de Negri—, nada menos que María Félix, que optó por un platillo popular con mucho chile. “Ella” fue para ella, pero nadie confirma o desmiente el asunto. La que es un misterio es “Me equivoqué contigo”; le dice: “Te conocí en la iglesia y te miré en silencio por no turbar tu rezo, que para mí es sagrado”. Vale, no la conoció en cantina, pero fue de las relaciones más tóxicas con quién sabe quién.
RICO POBRE, POBRE RICO, ME VALE
Ahora hubiera sido millonario, sin tener amigo como Andy. Pasó noches en el Lido de París, conociendo estrellas importadas y tomando coñac. Ganó un caudal enorme que se le fue como agua; vivió como si fuera a morir mañana.
Regalías por canciones; 7 películas, malito pero famoso; 20 LP (como los de ahora no saben qué son, les diré: son discos negros de acetato, forma de la época de difundir música; los grandes eran Long Play) y se usaba un tocadiscos o consola con aguja y finas maderas.
Vivió en mansiones, tuvo carros de lujo de la época, trajes de charro carísimos, incluso en rosa mexicano (lo vi en su Museo); un lujo total, disipación, borracheras largas, amoríos, noches de 72 horas…
Total, cuando murió no había ni para pagarle el funeral, lo hizo la Asociación de Autores y Compositores de México; pero la herencia es motivo de pugnas familiares que todavía no terminan, porque sigue ganando dinero después de muerto. Luego una favorita:
“Soy marino, vivo errante, cruzo por los siete mares, y como soy navegante, vivo entre las tempestades”, y añade: olitas, quédense un ratito quietas… pero nunca lo hacen. Hora de pensar en que la Patria es un cosmos en el que le faltaría José Alfredo, la cantina y el mariachi para ser como es, para ser como somos la raza cósmica de Vasconcelos: de gigantes y miserables, un mosaico mágico y contradictorio.
Solamente somos juguetes del destino, pero la vida sí vale la pena si hay algo grande en qué quemarla… y descubres que hay tanto por hacer; todos llevamos en el alma cicatrices de diversas índoles, pero hasta llorar vale la pena. No soy de Nietzsche, quizá más de La sangre devota, y recuerdo “Pensar que pudimos bailar un vals por el planeta”; eso es velardiano, pero el tequila invoca. Luego atiendo a Gorostiza en Muerte sin fin y el vaso está vacío; fue la del estribo, pero dice Gorostiza: “La vida está en el vaso mismo, no en lo que contiene.
En el nítido rostro de ese vaso, en cuya boca el agua se desnuda
De su antigua desnudez”, y me siento muy mexicano, hasta las orejas. “¡Ay, pero el agua es sueño!
¡Ay, el vaso no existe
pero el vaso —y el agua—
¡se están muriendo de sed!” ¡Salud, maestro José Alfredo!
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