Por Amaury Sánchez G.
En una nación donde las urgencias compiten por atención y recursos, donde el ruido político suele opacar las tareas esenciales del Estado, hay momentos —pocos pero significativos— en los que la acción pública recupera su dignidad y su vocación de servicio. Uno de esos momentos ha ocurrido en días recientes, cuando el doctor Ramiro López Elizalde, Subsecretario de Políticas de Salud y Bienestar Poblacional, encabezó en Chihuahua el comando operativo de respuesta rápida ante un brote de sarampión.
El hecho, en sí mismo, podría parecer técnico, casi rutinario. Pero al mirar con detenimiento la escena —equipos interdisciplinarios del IMSS, ISSSTE, SEDENA, CeNSIA y la Dirección General de Epidemiología unidos por un objetivo común— se revela una enseñanza profunda: cuando el Estado actúa con coordinación, convicción y sentido humano, cumple su función más noble: proteger la vida.
El Dr. López Elizalde no improvisa. Su carrera ha estado marcada por la defensa de una salud pública que no se subordina a intereses mercantiles, sino que reconoce en cada niña, en cada adolescente, en cada adulto mayor, el rostro irrenunciable de la dignidad humana. Ante el riesgo del sarampión —enfermedad prevenible pero letal si no se contiene a tiempo— no acudió al recurso fácil de los comunicados vacíos o las ruedas de prensa autocomplacientes. Viajó, supervisó, organizó. Porque sabe que los brotes no se enfrentan desde el escritorio, sino junto a quienes vacunan, rastrean casos y promueven la salud desde el territorio.
La vacunación no es sólo un acto médico; es una declaración política. Implica creer en el futuro, invertir en prevención y confiar en la ciencia. Pero sobre todo, implica no dejar a nadie fuera. En un país con desigualdades ancestrales, lograr que una dosis llegue a cada brazo —en la sierra o en el cinturón urbano— es un acto de justicia social.
No se trata, pues, de un operativo aislado, sino de un modelo de atención preventiva, de una visión sanitaria en la que la salud deja de ser privilegio para convertirse en derecho. En esa ruta trazada por la Cuarta Transformación, el papel de funcionarios como Ramiro López Elizalde no es menor: articulan con seriedad técnica y sensibilidad política la utopía posible de un México más sano, más justo, más igualitario.
En tiempos de confusión y descreimiento, conviene mirar con atención estos ejemplos. Porque aunque no ocupen los grandes titulares, son ellos —los que vacunan, coordinan y planean en silencio— los que realmente sostienen el país.
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