Por Amaury Sánchez G.
En tiempos de emergencia global, con cadenas de suministro trastocadas y mercados internacionales que imponen precios a costa de la dignidad de los pueblos, hablar de independencia agroalimentaria ya no es un acto de nostalgia revolucionaria, sino una necesidad estructural del Estado mexicano. Lo ocurrido hoy 6 de agosto del 2025 en Ciudad Guzmán, Jalisco, es una muestra elocuente de que el sur del estado, no solo produce alimentos, sino también conciencia de soberanía.
La comparecencia del delegado federal de SADER de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, el maestro Alfredo Porras Domínguez, llevando el mensaje del secretario Julio Vedeguer Sacristán, no debe leerse como un evento administrativo, sino como una señal clara del gobierno de la República: el campo vuelve a ocupar un lugar central en la política pública.
Las palabras del delegado son, en este contexto, profundamente significativas:
“Solo con diálogo y más dialogo y mucha cercanía con los productores vamos llegando a acuerdos. Cosechando Soberanía sea uno de los pilares para la independencia agroalimentaria de nuestro país.”
La expresión “mucha cercanía” revela mucho más que un recurso poético: encierra la reivindicación histórica de quienes han sido sistemáticamente relegados por las políticas neoliberales. Durante décadas, el productor rural fue visto como un actor menor, subordinado al mercado global, desplazado por las importaciones, marginado de la tecnificación. Esa mentalidad construyó un modelo agrícola dependiente, desigual y depredador.
Hoy, desde Zapotlán el Grande —corazón agrícola del sur de Jalisco—, el programa Cosechando Soberanía plantea una ruta distinta: fortalecer la producción nacional desde abajo, respetando los saberes campesinos, promoviendo el diálogo con los sujetos agrarios y estableciendo relaciones de corresponsabilidad entre Estado y productores.
Esta columna no busca glorificar una reunión, sino subrayar su valor pedagógico y político: los funcionarios que se acercan al campo no deben hacerlo solo para levantar censos o aplicar subsidios dispersos, sino para escuchar, sistematizar experiencias y construir una política agraria de largo aliento, capaz de enfrentar el desafío de alimentar a más de 130 millones de mexicanas y mexicanos sin depender de los vaivenes del extranjero.
Zapotlán representa un caso ejemplar. Allí confluyen pequeños y medianos productores, cultivos de exportación y prácticas ancestrales. Allí también se acumulan las frustraciones de quienes, durante décadas, vieron desaparecer apoyos, bancos rurales, precios de garantía y redes de distribución.
Recuperar esa confianza no se logra con discursos, sino con presencia institucional y voluntad transformadora.
Por eso, el hecho de que un Delegado federal esté presente en el territorio y que hable de soberanía no como consigna, sino como pilar estratégico, es un acto que merece reconocimiento y seguimiento.
Porque sin soberanía alimentaria, no hay nación que resista.
Y sin el campo, no hay soberanía posible.
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