Óscar Ábrego
“El poder atonta a los inteligentes y a los tontos los vuelve locos”.
Andrés Manuel López Obrador
(Mañanera del 4 de marzo 2019)
El presidente se ha convertido en un peligro, hasta para su propio partido.
Envuelto en su nebulosa tóxica, está elevando el tono de su narrativa a niveles de alto riesgo. Más aún, sus acciones para tratar de destruir la integridad de la gente que aborrece (que en el fondo le teme), han escalado a latitudes de tremenda ilegalidad.
Hacer público información relativa a los ingresos de Carlos Loret y ahora de Xóchitl Gálvez, los convierte en blanco de sus hordas.
López Obrador ya es el peor mandatario de la historia reciente de México. Los anales de la memoria lo citarán como el tipo que infectó el ambiente nacional de rencor y odio.
Nunca antes alguien había usado todo el poder del Estado para dividir y confrontar a México. Jamás un jefe del ejecutivo había hecho tanto daño a la concordia y solidaridad ciudadana.
Lo peor, es que en buena medida logró su objetivo para hacer de las suyas: dinamitar a las instituciones.
Como muestra, dos botones. Logró paralizar al Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) y prácticamente se apropió del Instituto Nacional Electoral (INE).
Promulgador de la violencia y la normalización de la corrupción, Andrés Manuel también está afectando a su “corcholata” predilecta.
Su obsesión por descarrilar las aspiraciones de Xóchitl Gálvez le quitó reflectores a Claudia Sheinbaum, de quien hoy podemos asegurar que su despliegue ha sido un auténtico fracaso a la luz de su raquítica capacidad de generar ideas propias; incluso, las redes sociales dan cuenta de que sus presentaciones son una burda parodia de su amo, lo que provoca la huida en masa de los asistentes que son obligados a acudir a sus mítines.
La desesperación de AMLO no le deja espacio para la lucidez.
Si de por sí estamos frente a un sujeto con rasgos esquizoides y paranoicos, lo que podemos tener por cierto es que veremos días en que desde su vodevil matutino, lanzará ataques implacables contra todos aquellos que perturben su sueño.
Hay algo en la personalidad de López Obrador que lo vuelve proclive al conflicto; la sangre derramada a lo largo y ancho del país, así como el dolor de las madres que han perdido a una hija, le resulta indiferente.
A él la gente que es desplazada de sus lugares de origen o los niños que carecen de medicamentos para tratar el cáncer, no le despiertan la más mínima empatía.
Por eso le pesa abordar esos asuntos, pues no le significan nada.
Lo suyo es el embuste y el uso ilimitado del poder.
Sobre el particular, hay que añadir algo. De continuar caminando por el lado oscuro, e insiste en desbaratar a la senadora Gálvez Ruiz -por ejemplo- no se percatará que está desbarrancando toda probabilidad de triunfo para el morenismo.
Y aunque en lo personal sostengo que Andrés Manuel lo que en verdad pretende es prolongar su mandato, mientras, deteriora el proceso de quienes desean sucederlo en el cargo.
Al respecto, analistas de prestigio, afirman que el único que daría una batalla de altura –y quizás ganar la elección- es el ex canciller Marcelo Ebrard, pero eso es incapaz de verlo el mesías de Macuspana.
Está tan enganchado en sus pleitos, que se volvió ciego.
Gobernar es algo que no pudo.
La devastación de las instituciones y los prestigios personales de quienes no coinciden con sus dogmas o le rinden pleitesía, son la tarea cotidiana de una agenda demencial.
¿Quién lo detendrá?
@DeFrentealPoder
*Óscar Ábrego es empresario, consultor en los sectores público y privado, escritor y analista
político.
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