
Por Laura Gutiérrez Franco
Ser presidente en el México contemporáneo debe ser un trabajo verdaderamente liberador. Imagina levantarte cada mañana sabiendo que, sin importar lo que salga mal hoy, la responsabilidad ya fue asignada hace seis, doce o treinta años. La presidenta Claudia Sheinbaum ha demostrado ser una alumna brillante en la escuela del “reproche retroactivo”, una materia que su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, elevó a la categoría de bellas artes. En este ecosistema político, los errores no existen; solo existen “campañas de desprestigio de la derecha” o “herencias malditas”.
Los clásicos del repertorio: Cuando la realidad tiene otros datos
Para entender cómo funciona este mecanismo de defensa gubernamental, solo hay que mirar los ejemplos recientes donde la culpa rebota como pelota de ping-pong. Primero están el colapso de la Línea 12 del Metro y los problemas en las megaobras. Cuando la infraestructura falla, la narrativa oficial no apunta a la falta de mantenimiento o a las prisas de construcción, sino a los peritajes sesgados y a la rapiña política de la oposición. Lo mismo pasa con el Tren Maya o la refinería de Dos Bocas: si hay inundaciones, retrasos o sobrecostos multimillonarios, no es mala planeación; es el clima conspirando con los conservadores para hacer quedar mal a la transformación.
Otro ejemplo claro son las alertas de Estados Unidos. Cuando las agencias estadounidenses o los paneles del T-MEC emiten alertas por la violencia, el tráfico de fentanilo o las violaciones a los acuerdos comerciales, la respuesta es automática: se dice que es una flagrante violación a nuestra soberanía nacional orquestada por agencias extranjeras alineadas con la derecha internacional. Es una lógica brillante: si la DEA te acusa de no frenar a los cárteles, el problema no son los cárteles, sino la mala educación de la DEA por andar husmeando.
Finalmente, la culpa siempre es del termómetro y del periodista. Si la economía se desacelera o la inflación sube, la culpa es de los mercados neoliberales. Si los periodistas documentan desabasto de medicamentos, no se trata de una falla en el sistema de salud, sino de sicarios del micrófono contratados por las farmacéuticas del viejo régimen.
¿Qué dice la ciencia? La psicología detrás del “Yo no fui”
Para el ciudadano de a pie, este comportamiento resulta exasperante, pero para los psicólogos y analistas de la conducta, es un caso de estudio de libro de texto. ¿Por qué una figura de poder es incapaz de decir “nos equivocamos, vamos a corregirlo”?
En primer lugar está el Sesgo de Atribución Externa. En psicología, esto ocurre cuando un individuo o un gobierno se adjudica todos los éxitos (como decir que gracias a sus políticas el peso está fuerte) pero culpa a factores externos de todos los fracasos (argumentando que la inflación es un fenómeno mundial y la culpa de la inseguridad es de las administraciones de hace dos décadas).
Admitir un error fracturaría la narrativa de que son seres moralmente superiores e infalibles.
En segundo lugar encontramos la Disonancia Cognitiva y el “Enemigo Útil”. Cuando la realidad choca de frente con la promesa de campaña, se genera una tensión mental insoportable. Para resolverla, el cerebro político necesita un villano. Aquí es donde entra la derecha, un ente abstracto y omnipresente que, según el discurso oficial, pasa las 24 horas del día saboteando metros, alterando cifras de homicidios y convenciendo a los gobernantes extranjeros de hablar mal de México. Si el enemigo es tan poderoso, el gobierno se convierte automáticamente en la víctima, y a las víctimas no se les exigen resultados, se les compadece.
Por último, está el Síndrome del Salvador. Los liderazgos de la llamada Cuarta Transformación se perciben a sí mismos no como administradores públicos temporales, sino como héroes históricos. Los expertos en ciencias políticas señalan que cuando la política se vuelve una religión de buenos contra malos, aceptar una falla logística o de estrategia equivale a admitir que el mal va ganando. Por lo tanto, negar el error es una obligación moral para mantener la fe de los feligreses.
Gobernados por el retrovisor. Al final, la ironía máxima de gobernar culpando al pasado es que se termina manejando el país mirando fijamente el espejo retrovisor. El problema es que, mientras el chofer sigue insultando al dueño anterior del auto por las fallas del motor, el coche sigue avanzando hacia el precipicio. Aceptar un error requiere madurez política y una buena dosis de autocrítica; culpar a los gobiernos anteriores solo requiere buena memoria y un micrófono todas las mañanas.
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