
Por Manuel Gutiérrez
Carlos era el prototipo del dibujo de la serie Memín Pinguín, hasta su cabello ondulado y la rapidez con que usaba sus puños. Un poco más grande, un poco más fuerte, por ello reclamo el liderazgo de la generación, de la colina más alta del barrio y obtuvo el puesto de director técnico y jugador estrella.
La verdad, Carlos era muy limitado aunque su fuerte golpe y su rapidez para hacerlo, lo engañaron a sí mismo. Tenía un hermano más apacible, más inteligente, una versión del Ernesto, de Memín Pinguín, Esteban.
Un buen día yo no supe cómo, pero encontramos Sangri-La, la mítica tierra de la película Horizontes Perdidos, con LivUlman, una película musical con banda de Burt Bacharach, para nosotros el paraíso estaba detrás de una puerta metálica azul, un barda desteñida también en color azul, y brincar la cerca no supuso mayor problema, era como si las protuberancias del muro hubieran marcado el camino.
Al otro lado, nos encontramos con el cielo. Era una cancha verde, con rasgos de haber sido pintada recientemente en sus trazos de reglamento de futbol. Incluso había unas dos bancas metálicas, arboles pequeños que daban sombra, y una llave de agua, que con poderoso chorro ayudaba a apagar la sed.
Esa cancha insólita nos hizo abandonar la cancha de tierra del parque González Gallo, escenario de grandes encuentros barriales futboleros. Carlos volvió a la costumbre de armar el equipo según sus preferencias, aunque no había orden, sentido futbolístico, nada que ver. Su preferencias, sus ideas y su voluntad impuesta.
Y todo salió mal, en aquella cancha de ensueño. Para los siguientes encuentros volvimos a la privilegiada cancha privada. Nuevamente Carlos intervino, pero esta vez encontró un veto involuntario pero firme.
“No jugaremos, no juego. Sergio es delantero, y tí lo ponesatrás. Es un equipo que así no funciona” le dijeron, y pese a que no eramos dueños del balón, tampoco Carlos, nadie quiso jugar.
Ante la dispersión, Carlos aceptó que el equipo se hiciera al natural, cada quién en donde todos reconocían que era mejor, y según su gusto. Y disfrutábamos del medio día y de la tarde.
No dejábamos basura – por fortuna no teníamos tan dinero como ahora para dejar huellas de bolsas de papitas- pero si hacíamos una escala en la tienda de la fábrica Bimbo, para surtirnos de gansitos, y otros panecitos que nos mitigaban el hambre. Nunca dejamos basura.
Pero tanto va el cántaro al agua, que una vez aparecieron unos policías en la barda. Observaron un rato nuestro juego y luego penetraron a la cancha. “Están invadiendo propiedad privada, es un delito y podemos detenerlos, pero como sólo juegan futbol, sólo váyanse y no regresen”.
El muro fue reforzado con alambrada ciclón, y una corona de alambre de púas. Ahí acabó Sangri-La, en que la protagonista se enamora, abandona el valle, pero al salir el tiempo le pasa la factura, sólo pueden ser longevos y sanos en Sangri- La, en donde las canchas son empastadas, las porterías tienen mallas y hasta está marcado el terreno. Adiós Sangri-La.
Carlos intentó seguir el liderazgo fallido, pero su poder de convocatoria disminuía, y ni modo de pegarle a todos. Así que tomó el liderazgo de otro de nuestros gustos: la exploración, y esta comenzaba en el parque González Gallo y seguía al patio de trenes.
Pero Carlos quería el mando. Eramos unos cinco chiquillos.
Y por el centro del parque pasaba un canal con un cauce de piedra, con agua cenagosa, turbia, que salía del parque precisamente ingresando a un colector grande, con una reja de acero como filtro para impedir que se obstruyera con basuras grandes.
Carlos tuvo la genialidad de desafiarnos a todos. De hacer un “síguele” que era hacer lo que hacía el de adelante. Y su ocurrencia fue pasar por dentro de la cerca de malla de alambre, ya floja, en algunos puntos caída, desafiando el tramo de miedo en que el río se perdía en la oscuridad.
Esteban sin poner mayor esfuerzo, pero lo hizo, otros lo hicieron, sin mayor problema, incluso yo logre el paso del terror, sin problema, pero ahora le tocaba a Carlos, que por alguna razón titubeo.
“Carlos, tu nos hiciste pasar, te toca” fue el fallo implacable de los aventureros.
Carlos lo reconsideró, pero finalmente aceptó que tenía que hacer lo mismo que los demás.
“Andale, no tenemos todo el día, ya te esperamos demasiado”-
Total Carlos comenzó su recorrido sujetándose de la alambrada, pero entonces fue cuando vimos que Carlos era más grande que nosotros, más pesado.
El río se hundía en las sombras misteriosas en tanto, y el torrente parecía ser despertado por la audacia y el reto. Carlos siguió su camino, llego a la mitad, y entonces una parte de la alambrada se desprendió.
Carlos con ella, comenzó su viaje al centro del río, cuyas averiguaciones de profundidad nunca habían sido satisfactoriamente aclaradas. Todos lo vimos caer, Carlos cayó al río.
La perplejidad se apoderó de nosotros. Muchos sacamos cuentas, y hacía falta una cuerda, o algo así, y de meterse al río, nada…demasiado turbio, sombrío, misterioso.
Carlos levanto un surtidor de agua en su caída. Los segundos transcurrieron. Ninguno de nosotros se movía. Alguno pensó en buscar algún policía de que eventualmente iban al parque, pero no se veía a nadie.
Carlos estaba en el centro de la corriente. Visiblemente asustado. Pero lo cierto es que estaba hundido en fango, un fango que pasaba de su rodilla, con el agua por encima, y Carlos tenía la sensación de que se hundía, cada vez más.
“Chaz, arena movediza, como en Kalimán es un pantano, dijo uno de los exploradores. Carlos por fin nos dijo primero: “Que esperan pendejos, que no me ayudan a salir”.
Lo cierto es que buscamos un tronco, no se encontró. Una rama, tampoco, lo suficiente para ayudar al náufrago, que recuperaba la confianza, con el correr de un minuto, por el torrente de palabrotas que nos recetaba.
Por fin ocurrió un milagro, Carlos dio un paso, luego otro, y se aproximó a la orilla. La colosal alcantarilla no se iba a tragar, y en río no era nada profundo, tal vez en ocasión de lluvia, pero no era el caso.
Carlos llegó a la orilla inclinada, y por fin se le dieron las manos para salir. Una vez afuera, se quitó el suéter y camisa mojada, en tanto que pantalón, zapatos, calcetines todoestaba impregnado de un barro pegajoso y con un olor peculiar, que nunca supe que era.
Era como acetona, pero no era acetona, como animal muerto, pero había animal muerto, olía mal.
Carlos discurrió que la aventura terminara. Encontramos una manguera de riego, dejada a voluntad por algún jardinero. Volvió a vestirse y nos pidió que con la manguera le aplicaramos el chorro, con la fuerza, hizo ceder al barro.
Carlos anunció que deberíamos regresar. Pero ninguno aceptó porque había juegos, columpios, resbaladeras, y ya estábamos ahí. Además nos tenía sin cuidado.
La era del bulling había terminado, simplemente pasó, por cambio de circunstancias.
Carlos se volvió mayor, buscó otros grupos y ya no simpatizaba con las aventuras que consideraba idiotas, pero que antes nos divertían mucho a todos. Pensé que sería boxeador, pero la familia se cambió y perdí la pista y no fue boxeador.
Para ser el líder, entonces comprendí que no bastaba el predominio sobre los demás, sino que el líder tuviera los mismos intereses. Y que el líder debe servir al grupo, a cambio de su poder.
El reto del alambrado, en nuestros días, se hace con celulares y se proponen cosas estúpidas como asfixiarse, tomar substancias agresivas o tóxicas, o arriesgarse a un desmayo o una conmoción cerebral.
Las aventuras se descubrían por una cascada de agua negra en la Experiencia, o en caminatas que terminaban en el borde de la barranca, porque no había a donde más llegar.
Nosotros habíamos vivido y terminado nuestra era de bulling. Seguimos jugando futbol en la calle, y nunca nadie más dijo quién debía jugar y cómo.
Carlos además adoptó un signo de adultes, que nos separó: Comenzó a fumar, y eso no era necesario, ni agradable para nosotros, quizá muy tontos.
Las aventuras estaban en los terrenos baldíos, en la zona donde llegaba el circo Atayde, hoy son empresas, almacenes, u oficinas.
Nadie creería que eran un terreno bueno para la aventura, y en que se podía poner a prueba de que estabas hecho, simplemente porque los demás lo hacían. Los matorrales, lo inesperado, el calor y descubrir un mundo cada verano, la manía siguió ya en la juventud, con la idea de hacer “expediciones punitivas” es decir, ir por ejemplo al Puente Fernando Espinoza, rumbo a Zapotlanejo, encontrar por donde bajar, llegar al fondo, mojarse en el arroyo, y volver a subir, motivo porque ahí estaba.
Pero este tipo de reto, creo que no cabe ya en el mundo actual. Nosotros por ejemplo oímos hablar de El Verde, y nos dijeron que era un lago. Y cruzamos un chaparral espinozo, con un calor infernal. Con hambre llegamos a unatienda abandonada de la mano de Dios, en que había birote, queso fresco y jalapeños, los más bravos que probé en mi vida, en medio de un erial, sin agua, que me hizo preguntarme que debía haber otro tipo de expediciones, menos complicadas y cada vez con menos oportunidad de hacerlas.
Hoy sólo son recuerdos, y no puedo evitar sonreír cuando enel punto en que el cauce subterraneo que pocos saben en un parque, fue el escenario en que Carlos cayó al río. Después comprendí que eso pudo haber sido una tragedia, pero esas pruebas de valor, nos hicieron una generación muy resistente, quizá por eso van caminando a Talpa, aunque no lo dicen con pretextos infantiles ahora los adultos. Así eran esos días de bullynig.
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