
Por Manuel Gutiérrez
La oficina era minúscula, con un avioncito nipón de guerra, y algunos escudos y fotos de grupos, todo con el emblema del Pentathlón Deportivo Militar Universitario PDMU, ahí llegué una tarde y luego de llenar una solicitud, con fotografía firmé un compromiso de pertenecer a la agrupación por un año.
Caí ahí por culpa del Sargento Harrison. El muy maldito acaparaba las nenas más bellas, era alabado por sus madres por su formalidad, por su seriedad, por su falta de vicios, mientras yo era un escaparate de tabaco y alcohol, eso sí de buenas marcas.
Yo era visto como un ser inestable, indeseable, en cambio Harrison podían darle llave de cada casa vecina y las muchachas con un moño. Siempre presentable, serio pero jovial, muy maduro.
Su uniforme llamaba la atención, con altas botas de campaña, una camisola gris, un pantalón gris de campaña y sus emblemas. Pero el problema era cuando vestía el traje de gala, era objeto de toda clase de atención, invitado a todas las fiestas de quince años, las niñas conseguían los cadetes de gala, sin mayor esfuerzo, dado que el traje de gala les sentaba muy bien y por una cena un grupo de correctos jóvenes que daban brillo a toda fiesta de XV años en ese entonces…
Atrás de una mesita un tipo delgado y pelirrojo se encargaba de explicarme: “Eramos parte de la reserva del ejército, el sistema era de esforzarse y cumplir las órdenes, no hacer lo que se me ocurriera y estas llegaban por tipos que aunque niños, tenían insignias, un galón, dos, o tres, y luego sargentos, y toda una corte hasta llegar a capitán y sabe que más y uno sembrado al fondo. ¿Está claro? Firme ahí.”
Luego me dijo que era el Comandante del IV Sector, dependiente de la Zona Jalisco, pero nuestras prácticas serían en zonas como el parque González Gallo, otro parque de la Colonia El Rosario y lugares de la Colonia Atlas.
Para empezar en lo que conseguía el uniforme oficial, ya que había deportivo, con sudadera con el emblema y pantalón de campaña, había uniforme de servicio y para quién fuera mínimo cadete, el de gala.
Paro yo tenía un vaquero negro, tenis de colores y una sudadera sin marca.
Firme, pensando en compartir la gloria de Harry. Pronto Irma Yolanda, chica mazatleca recién venida a estudiar a la UAG, se fijaría en mí. Ajá…
El domingo por la mañana. Luego de correr a “paso veloz” una distancia que era para echar el bofe, pasábamos a formaron para hacer ejercicios en series que mandaba un oficial incansable.
Luego, algo de instrucción militar de marcha, que era pelotón, columna, escolta, saludos reglamentario en esa vida tienes que saludar siempre a todo mundo.
Posteriormente pasábamos a enseñanzas de destrezas: Por ejemplo con un gancho como de carnicería, se realizaba algo que me gustaba mucho, le llamaban “tirolesa” y podía uno descender y avanzar gran distancia rápidamente por la cuerda. Si le dabas vuelta, era el freno. Y estaba prohibido caerse.
El comandante Landeros y algunos de sus ayudantes llegaba con leche Sello Rojo que conseguían gratis, panes bimbosfríos, y era el desayuno. Mientras aprovechaba para saludar al afamado Harrison.
En las enseñanzas diversas era divertido estar ahí, pero realizaban una serie de cosas que llamaban toombling, en que primero te enseñaban a rodar para que no te lastimaras al caer, pero luego había que hacer saltos diversos.
En uno te apoyabas en un camarada, subías los pies verticales y luego con toda gracia, bajabas. Ese era el plan, pero para mí no. Todo salía ridículo, sin gracia.
A eso de las 12:30 el asunto había terminado. Bien sudado, cansado, eramos liberados y entonces te citaban a la XV Zona Militar, a las 8:00 de la noche entre semana, para la “academia”. Ingresabas al lugar con soldados reales, y en un salón, con puntualidad británica, aparecía un oficialimpecable, que como máquina explicaba lo que significaba la bandera, los 5 puntos del pentalógo, del “ideario” de la institución, y de paso comentarios interesantes de la Patria, héroes nacionales, en forma amena, directa, en tono de grito.
Luego el oficial saludaba, daba media vuelta y procedía y antes de las nueve todos en San Felipe a buscar el camión respectivo o caminar.
El primer problema fueron las botas. Si bien eran baratas, eran oficiales del ejército mexicano y podía uno adquirirlas.Consulte las finanzas, pero mis padres indicaron que no había dinero, menos para uniformes, mucho menos el de gala, la construcción de la casa, absorvía todo.
El Traje de Gala abriría abundantes fiestas quinceañeras y tenía toque de queda en casa, a las 10 de la noche, que alargaba a las 11 y a veces pasaban lista de presentes.
Tristemente seguí con mis tenis. Mis fracasos en el toombling, y mi descarriada vida me hizo sentir que yo no era para estar en ese lugar. Bien podían quedarse con todas las niñas del barrio. Y simplemente ya no fui. Qué error, con el Penta de entonces, no era juego. Era algo M I L I T A R.
EL ARRESTO.
Una noche de sábado, a las 21 horas se escucharon ruidos afuera de mi casa. ¡Horror! Eran un grupo de uniformados del Pentathlón que tenían en custodia un rebaño al que luego me agregaría.
Pensé rápido y les dije a mis padres “Digan que no estoy” y me salvo.
Pero mi padre era muy recto y dijo: -Te dije que no te metieras ahí porque no te veo que sirvas para eso. Ahora cumple como hombre, diste tu palabra-
Abrí. Un oficial con una orden con sellos y firmas, con las formalidades indicó que en forma injustificada ya me había ausentado de asistir, con tres faltas.
Por tanto sería llevado en calidad de arresto al cuartel y liberado al día siguente domingo al terminar la instrucción.
Así me sume a las ovejas descarriadas. Podía ver la noche en la ciudad desierta.
Pero sin tiempo para platicar fuimos a dos o tres domicilios más para sumar flojos. Luego a paso veloz pasamos al cuartel de la Zona Jalisco, en la calle de Humboldt cerca del Parque Morelos.
Luego que el oficial informó, mientras descansábamos en el patio, fuimos formados y comenzó el “arresto”.
Con el mismo sistema de marcha y paso veloz llegamos a lo que hoy es Plaza Patria, pero entonces eran barranquitas, dunas y en lecho del río de los Colomos, quien imaginaría centro comercial hecho en la era de Echeverría en 1970.
Ahí comenzaron los castigos. Lagartijas, saltos, en una larga noche.
Luego fuimos llevados al río, que cruzamos corriendo, algunos cayeron ensopados. Nada de rendirse.
El reacio sabía que la negación conducía a más carga. Podías retar o desafiar a los oficiales los tipos esos del mando con insignias, pero eran más diestros, mala idea. Y no pensar en escapar, porque los oficiales se consideraban responsables de regresar los arrestados vivitos y coleando, o sea era una friega científicamente planeada, pero cuidada en todo aspecto. No se les perdía nadie.
Luego de escalar, subir bajar, llenar costales, y hacer todo lo imaginable, salimos a Avila Camacho antes de las 6 am, para a paso veloz ir a dar a un costado del Parque Alcalde, donde hoy es el acuario Michín.
Ahí los no arrestados y nosotros los desvelados, agotados, mojados, sudados, nos integramos a la saludable práctica normal, que se hizo hasta las doce del día.
La enseñanzas incluían desde aprendizajes del karate, queera una ciencia oculta, lucha grecorromana, -era bien malo para todo- y un montón de cosas que te fortalecían físicamente, pero según ellos te forjaban el carácter, te hacías hombre confiable.
Sobreviví. Dado que nunca llegaría a tener las anheladas botas, el traje de campaña, ni nada de eso, debo admitir que en esos días logre el mejor punto de condición física en mi persona. El estilo de ellos era funcional. El Teniente Landeros era imaginativo, hacíamos prácticas de todo tipo. Como el arte de hacer patadas voladoras, subir con cuerdas a todos lados.
Pero ya venía la gran fecha significativa, el descenso de todo el Penta, de noche, incluso femenil y menor, a la barranca de Huentitan, acampando en el Lago de los caimanes, mientras los oficiales discurrían le mejor forma de hacerte polvo.
Por la noche había cena, que uno llevaba en su mochila, pero la organización proveía lo necesario para nadie pasara hambre. Luego de recitaciones, discursos patrióticos, condenando los vicios, los motivos de extravío de la juventud, pasaban a hacer una fogata, los cantadores con guitarra, y una ceremonia en honor de un héroe del lugar, el Teniente Tenorio, que durante el baño en el río, salvó a un compañero de morir ahogado, pero este se perdió en el rescate. Por eso era un lugar de peregrinación.
La vida transcurría, el 16 desfile, pero sólo desfile en formación, el gran show era el desfile del 20 de noviembre, en que se hacían saltos de tigre sobre bayonetas – un salto seguro pero que las brillantes hojas hacían ver como una temeridad.- Saltos de jeep- demostraciones de defensa personal, que normalmente eran sobreactuadas al calor de los aplausos para los que las realizaban mientras algunos descendían en tirolesa de la catedral y otros cruzaban a rapel cuerdas desde el estacionamiento de Woolwoorth y a las Fábricas de Francia, al edificio de enfrente en Juárez y 16 de septiembre.
Me tocó con otros vigilar que nadie obstruyera, saboteara o alterara las cuerdas dispuestas porque eran actos de valor,mostraban la fuerza mental de los integrantes. “Patria, Honor y Fuerza” era el lema repetido y cantos.
Uno de los cadetes embriagado por los aplausos cruzó una vez, volvió a hacerlo de regreso, mientras la multitud deliraba. Así que este valiente llamado Alfredo “El Cínico”, pasó otra vez y va de nuez, al regreso por cuarta vez.
Pero en el regreso se dio cuenta que las fuerzas le fallaban y se detuvo a medio camino. Una altura de unos 5 pisos mínimo. Al darse cuenta de ello, uno de los Oficiales de la Zona Jalisco, el Teniente Jaime Abundio, le ordenó no soltarse, -las órdenes se obedecían aún en ese caso- mientras movilizaban a los toomblings en su ayuda, incluso escaleras . Silbatos y ordenes, un ballet vertiginoso.
A la vez sacaron una lona de salto como las que usan los bomberos y en segundos apilaron todo en dirección al cadete colgante, que miraba con ojos de asustado el lance.
El mismo oficial, que se llamaba Jaime Abundio, entonces leordenó al cadete hombre-araña: -¡Es una órden, no te va a pasar nada!- ¡Dejate caer, Ya!
El cadete se soltó, lo ví caer como una mancha borrosa, en línea recta. Cerré los ojos y dije – ¡Ya se mató!-
Unos 4 segundos más tarde, la ovación envolvía al contingente, reanuda su marcha, a paso veloz por el retraso.El caído acertó a la lona, a colchonetas, hules espuma y todo lo que llevaban. Estaba sonriente e ileso agradeciendo los aplausos y los abrazos de sus oficiales y compañeros.
La gente pensó que había sido un acto dramático planeado. Pero no, así era ese grupo, que fortalecía la mente y el cuerpo. Los desfiles eran la mejor publicidad.
De pronto un día, luego me llamó Landeros a la oficina. Dijo: “Haz cumplido, puedes ser cadete”.
– Aquí tengo otra solicitud por otro año. El IV Sector vadestacándose-
Le agradecí todo, pero era el fin. De pie le hice un saludo que salió muy bien, y lo contestó sonriendo.
La zona militar se separó del Penta, recogió los mosquetones7mm y se hizo un organismo militarizado ya no militar. Tal vez ya no podrían arrestar, que lástima; era asociación civil,entonces sólo era experto en vagancia, un malogrado hijo único, que ni lo militar lo había salvado.
Mi tío marinero me levantó : “Uno es lo que se puede ser, tu camino es otro, pero no veo cuál”- como lo está escondido para los jóvenes.
Harrison, en tanto sumaba más galones en su uniforme y más admiración, estudiante modelo, emprendedor, todo hacía bien, tuvo coche amigo muy apreciado llegó a ser Jefe del grupo Pila Seca, en Tlaquepaque.
En la vida actual, imagina un grupo así, imposible.
Y el servicio militar lo hice en la U. de G. al mando del Coronel Quiroz, un gran militar que era Santa Claus, afuera de la Penal de Oblatos. El PDMU era mucha pieza, en comparación, ahí ni sudabas.
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