Por Amaury Sánchez
En la política internacional, como en las partidas de ajedrez (o de dominó, para los más terrenales), hay dos tipos de jugadores: los que mueven las piezas y los que reaccionan a los movimientos del otro. Y si uno se descuida, termina con el rey acorralado o, peor aún, sin fichas en la mesa. En esta dinámica, el expresidente y ahora emperador en campaña, Donald Trump, juega con una estrategia que suena sofisticada, pero que en realidad no es más que el clásico “yo te marco el ritmo y tú bailas como puedas”. Se llama el ciclo OODA: Observar, Orientar, Decidir, Actuar.
Para entenderlo en términos prácticos, basta con mirar el caso del ucraniano Volodymir Zelensky, quien un día era el consentido de Occidente, el actor principal de la tragicomedia de la democracia ucraniana, y al siguiente, el chivo expiatorio al que la Casa Blanca le cerró la puerta en la cara, en una escena que, de haber sucedido en Latinoamérica, ya habría sido dramatizada por el canal de las estrellas. Todo por haber sobreestimado su peso en el tablero, creyendo que todavía podía exigir en lugar de suplicar. Mal cálculo.
La administración Trump –porque seamos honestos, Biden apenas si administra sus horarios de siesta– ha aplicado este mismo método con la 4T, encabezada ahora por Claudia Sheinbaum. Desde la era de AMLO, Estados Unidos ha tenido claro que México no es tanto un aliado, sino una pieza de engranaje en su política de seguridad. Y como en cualquier relación de poder asimétrica, cuando el lado fuerte quiere algo, el lado débil tiene dos opciones: ofrecer resistencia (con las consecuencias que eso implica) o “cooperar voluntariamente” antes de que le pongan la soga al cuello.
Bajo esta lógica, Trump y sus secuaces –en particular su secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el vicepresidente J.D. Vance– han refinado el arte de la coerción diplomática, aplicando el ciclo OODA con precisión quirúrgica. Primero observan, detectan la vulnerabilidad del rival; luego orientan su estrategia en función de las debilidades detectadas; después, deciden el mejor momento para presionar; y finalmente actúan, obligando a su contraparte a reaccionar como puedan. Y en este juego, México ya ha sido forzado a hacer varias concesiones, la más reciente y simbólica: la entrega de Rafael Caro Quintero y otros 28 traficantes de alto perfil, en un gesto que bien podría traducirse como un ”¡Ándale, Trump, para que veas que sí nos llevamos bien!”.
Pero claro, esto no es cuestión de buena fe ni de amistad entre naciones. Aquí no hay abrazos, solo balas, y si alguien cree que la “estrecha cooperación bilateral” entre México y Estados Unidos es una relación de iguales, que se lo pregunte a los drones MQ-9 Reaper que pasean por el espacio aéreo mexicano como si fueran en tour turístico. No están ahí para admirar la vista. Están ahí porque, desde hace décadas, Washington decidió que la seguridad de México es un asunto de su interés, y cuando a los gringos algo les interesa, no preguntan, imponen.
Esta historia no empezó ayer. Desde los años 70, Estados Unidos ha usado el narcotráfico como una herramienta de control y desestabilización. Lo hizo en Colombia, lo hizo en Centroamérica, y con México encontró la fórmula perfecta: usar la “guerra contra las drogas” como pretexto para penetrar las estructuras de seguridad nacional. Con el tiempo, lograron imponer la presencia de sus agencias en territorio mexicano, relegitimando el papel de las fuerzas armadas como herramienta de ocupación interna y estableciendo la doctrina de que cualquier esfuerzo antidrogas debe estar alineado con los intereses de Washington.
Cuando en 1994 se firmó el TLCAN, la subordinación económica quedó sellada. Faltaba el componente militar, que llegó un año después, en la reunión de ministros de Defensa de América en Williamsburg, Virginia. Desde entonces, México ha sido progresivamente integrado a la estrategia de seguridad de Estados Unidos bajo la premisa de una “soberanía compartida” que, en los hechos, significa que Washington manda y México obedece.
El colmo es que todo este proceso de asfixia diplomática viene envuelto en retórica de “colaboración”. Como si no quedara claro quién es el que da órdenes y quién las sigue. Para rematar, la administración Trump ha tipificado a los cárteles mexicanos como “organizaciones terroristas internacionales”, lo que les da carta blanca para intervenir cuando y como quieran. Y si alguien duda que van en serio, basta ver las filtraciones a The New York Times, The Washington Post y CNN, donde se confirma que el Pentágono y la CIA han estado operando en el espacio aéreo mexicano con aviones espías y drones.
¿Y la respuesta de México? Pues más diplomacia de abrazos y sonrisas. Durante la visita de Sheinbaum al Campo Militar 1 en 2020, se consolidó la llamada “Visión Estratégica Mutua”, una manera elegante de decir que México ha quedado amarrado a la lógica militarista de Washington. Ya no es una cuestión de soberanía, sino de compatibilidad operacional entre la Sedena, la Semar y el Comando Norte del Pentágono. O lo que es lo mismo: el ejército mexicano cada vez se parece más a una sucursal del ejército estadounidense.
La cereza del pastel es la llegada del embajador Ronald Johnson, quien seguramente vendrá con más “propuestas” disfrazadas de órdenes, mientras en México seguimos convencidos de que la relación con Estados Unidos es una alianza y no un secuestro bien disfrazado. Como dice Caitlin Johnstone: “Estados Unidos no tiene aliados, solo rehenes”.
Y si alguien todavía cree que todo esto es una exageración, recuerde que hace apenas unos años Zelensky también pensaba que tenía a Washington de su lado. Ahora lo tienen haciendo fila en el INE para sacar cita, porque a la Casa Blanca ya no le sirve. Y en este juego, cuando ya no sirves, te mandan a los leones.
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