Staff.- A ver, estimados lectores, vamos a poner las cartas sobre la mesa porque el tema de la Ley Vicaria está causando más ruido que una fiesta de barrio en quincena. Resulta que en Jalisco se armó tremenda jornada contra lo que algunos están llamando la falacia vicaria. ¿De qué va el asunto? Pues básicamente de que algunos padres están levantando la mano para decir: “Oye, compadre, ¿no será que esta ley está dejando a muchos inocentes pagando los platos rotos?”
Porque claro, la Ley Vicaria nació con una intención que, en teoría, suena más noble que la madre Teresa en domingo: proteger a las mujeres y a los niños de la violencia psicológica y emocional ejercida a través de la manipulación parental. ¿Suena bien, no? Pues sí… en papel. El problema es que en la práctica la cosa está saliendo como esos proyectos de gobierno que empiezan con gran fanfarria y terminan en desastre administrativo.
Y es que ahora resulta que hay padres responsables —sí, esos que pagan la pensión, van a las juntas escolares y saben el nombre de la maestra de sus hijos— que están siendo tratados como delincuentes de oficio. Porque si la ley dice que cualquier intento de “manipulación” es violencia vicaria, pues entonces estamos entrando en terreno pantanoso, donde un malentendido o un pleito con la ex puede terminar en una orden de restricción más rápido que un café en Starbucks.
Lo vimos en la jornada: testimonios de padres con lágrimas en los ojos (y no de cocodrilo, por cierto) contando cómo los están separando de sus hijos porque la ley asume que si hay conflicto, hay violencia. Y ahí es donde el asunto empieza a oler raro. Porque proteger a las víctimas es justo y necesario, pero convertir a los padres en agresores por decreto es otra cosa muy distinta.
Ahora bien, la diputada Celenia Contreras tuvo el valor de recibir a los manifestantes y escuchar sus historias. ¡Un aplauso para ella! No todos los políticos tienen la decencia de mirar a los ciudadanos a la cara cuando las cosas se ponen color de hormiga. Pero escuchar no basta. Aquí lo que hace falta es legislar con cabeza, con mesura y, sobre todo, con un sentido básico de justicia.
Porque si la Ley Vicaria termina siendo una excusa para dinamitar los vínculos entre padres e hijos, entonces vamos directito al precipicio. La violencia vicaria existe, claro que sí, pero usarla como arma para ganar ventajas en juicios de custodia o para castigar a padres inocentes es una perversión del sistema que no se puede permitir.
Así que ahí tienen, señores legisladores: ya escucharon el clamor. No se trata de abolir la ley, se trata de afinarla, de equilibrar la balanza y de entender que proteger a las víctimas no significa criminalizar la paternidad. Porque de seguir así, pronto tendremos más niños separados de sus padres que políticos en campaña —y eso ya es mucho decir—.
La justicia, mis queridos lectores, no solo debe ser ciega… también debe ser justa. Y ahí está el verdadero reto. ¡A trabajar, señores! Que para eso les pagamos.
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