La opinión de Violeta Moreno
Durante años escuché a personas decir que extrañaban al “viejo PRI”. La expresión siempre me pareció incompleta. Si se referían al partido hegemónico, al autoritarismo, a los excesos o a las decisiones tomadas desde arriba, francamente hay poco que extrañar. Y, por cierto, varias de esas prácticas regresaron con Morena: el autoritarismo, la concentración del poder y la lógica del partido hegemónico.
Pero quizá algunas personas hablaban de otra cosa. No del viejo PRI, sino del viejo oficio político.
De aquella regla elemental según la cual quien ocupaba un cargo público tenía que atender. Escuchar. Recibir a la gente. Contestar el teléfono. Saber quién era quién en su municipio y, sobre todo, entender que detrás de una petición casi siempre existía un problema que alguien tenía la obligación de resolver.
Esa es la tesis: no se reivindica un régimen ni se idealiza un partido. Se reivindica el oficio de gobernar; la responsabilidad de estar presente, escuchar con seriedad y resolver cuando se tiene la autoridad para hacerlo.
No hace falta idealizar el pasado para reconocer que alguna vez existió esa cultura de servicio.
José Guadalupe Zuno fue un gobernante de carácter fuerte, producto de una época particularmente áspera. Pero su concepción del gobierno implicaba territorio: municipios, organizaciones sociales, educación e instituciones. La política ocurría entre la gente y no exclusivamente detrás de un escritorio.
Muchas décadas después, durante el gobierno de don Guillermo Cosío Vidaurri, sus propios informes permiten observar algo que hoy parece casi exótico: giras de trabajo, visitas constantes a municipios, reuniones con sectores productivos, autoridades locales y ciudadanos, concertación para sacar adelante infraestructura y una visión regional de Jalisco. Gobernar significaba recorrer el estado.
No se trata de afirmar que antes todo funcionaba bien. Sería falso.
Se trata de recordar que existía una escuela política.
Un secretario sabía que atender a un presidente municipal formaba parte de su trabajo. Un director entendía que recibir a un ciudadano no era hacerle un favor. El funcionario de agua potable tenía que escuchar al que no tenía agua. Y hasta quien no podía resolver inmediatamente procuraba explicar, canalizar o encontrar quién sí pudiera hacerlo.
Hoy resulta sorprendente encontrar funcionarios menores (de Movimiento Ciudadano, de Morena, del propio PRI actual, o de prácticamente cualquier partido) que no contestan, atienden de malas o se comportan como si administrar una pequeña parcela burocrática los hubiera convertido en virreyes.
Están cegados por un poder que, en realidad, ni siquiera tienen.
¿Qué perdimos?
Primero, la formación política. Antes se llegaba a determinados cargos después de recorrer secciones, colonias, municipios, organizaciones y oficinas públicas. Se aprendía a tratar con el dirigente y con el vecino. Se entendía que la política no consistía únicamente en ganar una elección, sino en conocer los problemas que después habría que atender.
Perdimos también la cadena de responsabilidad. Había superiores que preguntaban por qué no se había atendido un problema. Hoy demasiadas estructuras premian más la cercanía con el grupo gobernante que la capacidad para resolver.
Perdimos territorio. Las redes sociales hicieron creer a algunos políticos que comunicar es gobernar. No es lo mismo subir un video desde una colonia que conocer a quienes viven en ella. Fotografiarse bien, salir bailando en redes o publicar mensajes todos los días, sin un trabajo que lo respalde, es vano, falso y hueco.
Y perdimos algo todavía más elemental: la conciencia de que el poder es prestado.
El funcionario que hoy deja esperando a alguien quizá olvida que dentro de tres años volverá a ser ciudadano. Que quien está sentado frente a su escritorio no llegó a pedirle una gracia: llegó porque paga impuestos para que exista ese escritorio.
Eso era el oficio político.
No la cargada, no el dedazo, no el autoritarismo ni las viejas prácticas que México hizo bien en abandonar. Tampoco la nostalgia por un partido que concentró durante décadas el poder y que cometió abusos que no deben repetirse.
El oficio era otra cosa: saber escuchar incluso a quien pensaba distinto, mantener abiertas las puertas, construir acuerdos y comprender que gobernar consiste, antes que mandar, en resolver.
Por eso conviene decirlo con claridad desde el principio y repetirlo al final: no se extraña al viejo PRI “malo”. No se reivindica su régimen ni se justifican sus excesos. Lo que se extraña (y lo que deberíamos exigir de nuevo) es el oficio de atender, escuchar y resolver.
Se extraña al funcionario que contestaba el teléfono, recibía a la gente, conocía el territorio y entendía que su cargo no era un privilegio, sino una responsabilidad.
Porque gobernar no es posar, publicar ni mandar desde lejos.
Gobernar es estar. Escuchar. Dar la cara. Resolver.
Y atender a la gente no es un gesto de generosidad del funcionario: es, precisamente, su trabajo.
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