
Por Amaury Sánchez G.
I. El mapa como lista negra
Donald Trump ha vuelto a prender la fotocopiadora. El pasado 4 de junio desempolvó su vieja receta de política exterior: un sello rojo de inadmisible y un memorando que, si tuviera música de fondo, sonaría a “The Good, the Bad and the Ugly”. La Proclamación 10949 no es otra cosa que el nuevo “travel ban” recalentado: 19 países en la congeladora de visas, 36 más bajo amenaza y una advertencia de 60 días que suena más a ultimátum que a diplomacia.
¿Los motivos?
Que si sus gobiernos no saben quién entra y quién sale; que si sus ciudadanos se quedan más tiempo del que dice el boleto; que si alguien, por allá, dijo algo no tan bonito sobre Estados Unidos o Israel; que si se niegan a servir de “tercer país seguro” para migrantes que ni conocen. Lo de siempre, pero con nuevo barniz: ahora se llama “protocolo de revisión de documentos” y no discriminación.
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II. Geopolítica de sellos y sobreestadías
Cuando uno ve la lista completa, parece que la eligieron lanzando dardos sobre un globo terráqueo giratorio en la sala de la Casa Blanca. Desde Nigeria hasta Laos, pasando por Santa Lucía y Turkmenistán, Trump lanza un mensaje claro: “si no cooperas con nosotros en seguridad migratoria, te conviertes en sospechoso”. Que tengas cacao, petróleo, o una buena playa para gringos jubilados no te salva.
La firma del memorando vino acompañada de una carta del nuevo secretario de Estado, Marco Rubio, que más que diplomática parece escrita por un prefecto de secundaria: “o presentan en 60 días un plan de acción, o ¡nadie más entra!”. Un lenguaje que en la ONU provoca úlceras, pero en los mítines de Iowa gana aplausos.
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III. El regreso del sheriff: “Make visas scarce again”
Lo más curioso del asunto no es el veto, sino el marco narrativo. La narrativa no es nueva: Trump no detesta a los migrantes, los quiere “mejores” y “registrados”, como si se tratara de ganado de exportación con chip rastreador.
Y si no cumplen, pues les toca castigo: cortar visas, congelar ayudas, suspender programas de asistencia técnica. Es la diplomacia de la pistola y la lista negra. Y como si esto fuera un western fronterizo, el sheriff ha puesto precio al desacato: aquellos países que se porten bien tal vez reciban a cambio un par de visas laborales o, si hay suerte, una foto en la Casa Blanca. ¡Viva el trueque migratorio!
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IV. ¿Y el resto del mundo? Pues se reacomoda
Mientras Washington amenaza con el índice levantado, China afila su sonrisa comercial y reparte satélites, créditos blandos y ferrocarriles en África. Rusia, por su parte, ofrece “seguridad sin preguntas” y una foto con Putin en Moscú. La Unión Africana ya convocó cumbre de emergencia; la CARICOM prende veladoras por las remesas; y la ASEAN no sabe si reír o llorar, pero todos miran cómo EE. UU. se va aislando, visa a visa.
¿El resultado? Un desordenado redibujo del tablero global: países que antes veían a Washington como aliado estratégico ahora hacen fila en las oficinas de cooperación de Pekín o Ankara. Porque en el ajedrez global, cuando uno se cierra, otro se abre. Y la influencia no requiere visa.
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V. Del Darién a Dakar: el camino se complica
Esto no es solo geopolítica, también es drama humano. Mientras la Casa Blanca dicta quién entra y quién no, miles de migrantes serán empujados a rutas más largas, más peligrosas, más mortales. El Tapón del Darién no entiende de listas negras, pero sí de cadáveres. La frontera de México volverá a ser un embudo de desesperación, y los consulados latinoamericanos harán malabares para explicar a sus ciudadanos que no, que no es racismo, es “revisión de estándares documentales”.
Los derechos humanos, por supuesto, salen magullados. Porque cuando uno veta a alguien por lo que podría hacer, más que prevenir delitos está cultivando resentimientos.
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VI. 2026: las elecciones, el teatro y el telón de acero tropical
Al final, todo esto tiene una meta sencilla: ganar votos en casa. Trump quiere llegar a noviembre de 2026 como el único capaz de “defender la frontera” y “poner en orden al mundo”. Lo demás—el multilateralismo, los tratados, el derecho internacional—es ruido de fondo para sus asesores.
Pero si algo enseña la historia es que cerrar puertas nunca es gratis. Se pierde influencia, se ganan enemigos y se desordena la convivencia global. Lo curioso es que, en su afán por filtrar pasaportes, EE. UU. podría terminar filtrando aliados. Y eso, ni con un muro ni con 109 proclamaciones, se puede evitar.
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Epílogo: El mapa del miedo y la diplomacia de la amenaza
Hay quienes aún creen que cerrar la frontera es sinónimo de seguridad. Pero lo cierto es que, en un mundo interconectado, la diplomacia del miedo solo deja escombros, no soluciones. Y los países que hoy están en la lista negra quizá no olviden el agravio cuando les vuelvan a tocar la puerta para firmar acuerdos o comprar aviones.
Trump juega a ser sheriff de la aldea global, pero parece no notar que el lejano oeste de hoy es multipolar, multilingüe y, sobre todo, memorioso.
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