Por Amaury Sánchez G.
Uno pensaría que después del cuarto socavón del mes, a alguien se le ocurriría revisar qué carajos está pasando bajo nuestros pies. Pero no, Guadalajara es esa ciudad donde se caen las calles y nadie cae del puesto. Donde el pavimento abre la boca y lo único que se traga es presupuesto.
Ahora resulta que nuestros colectores —esos tubos por donde corren las lluvias, las fugas, las promesas políticas y otras aguas negras— tienen más de 50 años, algunos más de 100, y siguen funcionando como si no pasara nada. Aunque claro, no pasa nada… hasta que pasa: como ese socavón monumental del Malecón, que casi se traga una combi, dos regidores y el acta de nacimiento del SIAPA.
¿Y qué hace el SIAPA? Tapar hoyos. Como si fueran brujos con cemento mágico. Y mientras tanto, los científicos de la Universidad de Guadalajara, como el doctor Gleason, gritan lo obvio: “¡Revísenlos, carajo! ¡Escanéenlos! ¡Pónganles sensores! ¡No sean tan burócratas del desastre!” Pero no, eso es pedirle a un burro que aprenda topografía.
La vida útil de un colector es de 25 a 35 años, pero aquí tenemos unos tan viejitos que deberían tener pensión del IMSS. Los hay del porfiriato, del cardenismo, del PRI eterno. Tubos que ya vieron pasar más sexenios que agua. Y aún así, a nadie se le ocurre meterlos al presupuesto. ¿Será porque no dan votos? ¿O porque debajo de tierra no hay contratos sabrosos con moches visibles?
El SIAPA, por si usted no lo sabe, no es un personaje de Star Wars. Es el Sistema Intermunicipal de Agua Potable y Alcantarillado, o sea, el primo incómodo de la ciudad, ese que nunca da señales de vida hasta que explota un tubo o una calle se traga a un ciclista.
Según el investigador Gleason, si los colectores fueran monitoreados como se monitorean los likes en campaña, podríamos detectar fugas, gases explosivos, humedad peligrosa y puntos de colapso inminente. Pero no, eso implicaría planear, invertir y —Dios guarde la hora— ¡rendirse cuentas!
Y ahora, el boom de edificios verticales viene a ponerle la cereza al pastel de concreto: construyen torres en donde antes corrían arroyos subterráneos. ¿Y el agua qué hace? Pues busca por dónde salir… y ¡sorpresa! Sale por abajo de tu coche, de tu casa, o de algún bache que de pronto se convierte en cráter.
¿Y los ayuntamientos? Bien, gracias. Jugando al SimCity con desarrolladores felices, mientras la ciudad real se hunde, literalmente.
Así que no se sorprenda si mañana aparece un nuevo socavón en la Minerva, o en Plaza del Sol, o en el pleno Congreso local (ojalá sea ahí, para que caigan todos de una vez). La ciudad está sentada sobre una bomba húmeda, oscura y olvidada.
Y como siempre, la culpa será del clima, de las lluvias, del cambio climático… o de López Obrador.
Epílogo en fuga
¿Qué habría que hacer? Escanear la ciudad como si buscáramos tesoros. Meter sensores, radares, robots, hasta perros entrenados si hace falta. Invertir en tuberías, no en tuberías de humo. Y sobre todo: asumir que gobernar no es tapar baches, sino evitar que haya baches del tamaño del Titanic.
Pero claro, eso es pedir mucho.
Guadalajara se hunde. Pero no por amor.
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