Por Amaury Sánchez G.
Mire usted, en esto de la política internacional hay dos tipos de acuerdos: los que parecen de iguales… y los que parecen de iguales hasta que uno abre la cartera y el otro la mano. Y ahí es donde entramos con Estados Unidos y su idea de la “cooperación en seguridad”.
Claudia Sheinbaum no es de las que se espantan con el ruido del norte ni de las que se avientan al río sin ver si trae corriente. Desde que puso un pie en Palacio Nacional dejó claro que México no es patio trasero de nadie. Su discurso es firme: legalidad, derechos humanos y eficiencia operativa como condiciones, no como adornos. En otras épocas, eso de la seguridad fronteriza se traducía en muros, helicópteros y sermones en inglés mal traducidos. Hoy, la presidenta exige que la frontera sea segura, sí… pero también ordenada y humana, sin renunciar a la soberanía.
Ronald Johnson, el embajador gringo, habla como si estuviera vendiendo un seguro contra tormentas: “inteligencia compartida, protección de infraestructuras, estándares sincronizados”. Suena bonito, pero Sheinbaum no compra sin leer la letra chiquita, y cuando no le conviene, simplemente dice “no”.
La diferencia está en que ella no llega a pedir prestado; llega a poner condiciones. Que la cooperación sirva para que México no sea la sala de espera de los migrantes rechazados. Que las fuerzas de seguridad trabajen coordinadas, sí, pero bajo mando y reglas mexicanas. Que la tecnología y la información que se compartan sean herramientas para el desarrollo nacional, no para la vigilancia externa.
Porque de eso se trata: que el combate al crimen organizado, la protección de redes eléctricas, bancos y aeropuertos, y la migración ordenada se hagan pensando en los intereses de México primero. Si los gringos quieren la frontera blindada, perfecto… pero que inviertan, respeten y cumplan su parte.
Sheinbaum entiende que el riesgo de este tipo de tratos es acabar haciendo de portero gratis: ellos más seguros y nosotros más cansados. Por eso, impone una regla clara: beneficios medibles para ambos lados y control mexicano sobre el timón.
La historia está llena de presidentes mexicanos que comenzaron negociando y terminaron obedeciendo. Sheinbaum no llegó a Palacio para repetir ese libreto. Sabe que cada acuerdo con Estados Unidos es una prueba de carácter, y que en política internacional el respeto no se pide, se ejerce.
Si mantiene este pulso, la frontera dejará de ser un muro imaginario que nos separa y se convertirá en un corredor estratégico que fortalezca a México sin que nadie dicte desde fuera cómo debemos abrir o cerrar nuestra propia puerta.
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