
Horacio Villaseñor
El ayuntamiento es el responsable directo del desarrollo de la ciudad; constitucionalmente tiene el encargo de elaborar y actualizar programas de desarrollo urbano y ordenamiento territorial a escala municipal y, en México, los regidores están controlados por las y los alcaldes. La gestión y disciplina urbanística, los cambios de uso de suelo y desarrollo urbano, así como la prestación de los servicios espacialespúblicos, es tarea principal de ellos. En el mejor de los casos, por ignorancia, incapacidad e inexperiencia de los “administradores gubernamentales” que Guadalajara tuvo y tiene aún a partir de los 90, tienen a la ciudad y a la metrópoli convertida en un territorio sucio, caótico y cada día más inseguro. Si además son sinvergüenzas, peor.
Me explico: conviene iniciar recordando al profesor e investigador en gestión Mark H. Moore y su triángulo estratégico, con el que analiza la fórmula para crear “valor público”. Asegura que, para ello, deben interconectarse sus tres vértices: el beneficio público, la sostenibilidad y la capacidad para ejecutar el plan estratégico. Pero para que un proyecto sea exitoso, primero debe haber proyecto, y nadie ha visto cómo será la Guadalajara deseable dentro de cincuenta años, porque los “urbanistas” imaginan a la ciudad como será haciendo lo que actualmente hace el “gobierno” para crear la ciudad conveniente: nada.
Además, no les conviene pelearse con quien les da chamba. Lograr el equilibrio de las tres dimensiones mencionadas por Moore está bien, pero sin proyecto adecuado no sirve. El camino necesario es otro, y sin talento, habilidad y experiencia, los gobernantes actuales no harán nada distinto a lo que nos tiene sumidos en un círculo vicioso y la desgracia urbanística.
Ante tal ineptitud, en el mejor de los casos, lo más sencillo es culpar a los desarrolladores privados, pero ellos solo hacen lo que les conviene y racionalmente deben hacer: atender al mercado inmobiliario. En tanto no lleguen al poder público personajes capaces de administrar bien los recursos y coleccionar tierra, adquirirla para diseñar, reconstruir y crear la urbe del siglo XXI, su limitada inteligencia solo les dará para decretar prohibiciones con el único fin de tratar de retrasar la llegada del mayor desastre.
El ayuntamiento debe adquirir espacios para dotar a la ciudad de los metros cuadrados de áreas verdes requeridas y poder rediseñar los servicios especiales necesarios; en tanto no sea el dueño de la tierra, solo podrá seguir “haciéndose el tonto”. Creer que la solución a los problemas de falta de limpieza, movilidad o seguridad pasan por la corresponsabilidad ciudadana es idiota: las dificultades se originan porque los servicios de limpieza, transporte público y protección ciudadana no sirven, no funcionan, se siguen haciendo como hace cincuenta años.
Los “urbanistas” no diseñan la ciudad del futuro porque saben que el gobernante no tendrá con qué hacerla; los “empresarios” no exigen al gobierno la infraestructura necesaria para que sus construcciones no causen daños porque pelearse con la “autoridad” les complica obtener los permisos para el negocio, y al “ayuntamiento”, al gobierno local, su inteligencia solo le da para culpar a los empresarios y a los ciudadanos de todos los males, porque ellos —el ayuntamiento y sus alcaldes—, en el mejor de los casos, además de incapaces e inservibles, no saben que no saben.
Ni hablar.
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