Por Manuel Gutiérrez
París es más que monumentos: es un sentimiento, una filosofía de vida. Y en el amor —como el vino y las rosas— radica una de las grandes debilidades de los franceses. Para quien sabe descubrir, la huella de un hombre y una mujer no pasa desapercibida. Eso evoqué en ese lugar que el cine nos ha vendido tanto: una ciudad gala, romana, medieval, monárquica y napoleónica, que suma grandezas a lo largo de su historia. Pero hay otra cosa.
Un fragmento de Vivir por Vivir, con Candice Bergen, Annie Girardot y el galán Yves Montand, representó, a mi parecer, un reflejo de la vida real de Yves cuando estaba con Simone Signoret. Ambos eran una pareja perfecta que encuadraba las aspiraciones del mundo de aquel tiempo.
Yves no era guapísimo, más bien común, pero cantaba y tenía una voz modulada, grave, varonil, y una apostura natural que los volvió símbolo del París de los sesentas. Una pareja madura y hasta otoñal que usó la ciudad como escenografía, porque esa cinta fue una alegoría de una traición sentimental, cuya víctima fue Simone Signoret, y que filmó Vivir por Vivir como reflejo.
La música de Francis Lai fue inevitable. Desde el Trocadero (lugar de intercambios comerciales) la torre se ve mejor, porque de día, estar a un paso de ella resulta anticlimático. No se ve tan grande y se siente mecánica, pero a la distancia adecuada se vuelve irresistible.
Y no puedo olvidar a Alain Delon, Jean-Paul Belmondo y Jean Sorel, quienes marcaron la cinematografía de mi adolescencia, cuando el turismo era asomarse por medio del celuloide: así conoció el mundo a París.
Los mitos no pasan. La revista francesa Paris Vous Aime Magazine incluyó un interesante artículo al respecto. Después de todo, aquella pareja fue símbolo del amor francés atrevido y maduro de la posguerra. Y ver la torre, su estructura asombrosa como mecanismo activo y funcional —cuya pintura tan solo pesa 80 toneladas— es el fondo perfecto para historias de amor que renacen, terminan y vuelven siempre.
Yves y Simone se encontraron en el cine para hacer películas y representar a Francia, pero Yves era italiano y Simone, judía polaca. París es de migrantes y lo sigue siendo, en un atrevido giro de izquierdismo que disputó el poder con el ejército francés en la posguerra. Fueron activistas en favor de Argelia, en plena disputa militar con Francia por su independencia, y el amor parecía ser una fuente inagotable de inspiración.
Pese a su politización, hipnotizaban a la Francia de entonces y al mundo que restañaba sus heridas en su madurez. Yves vio la realidad del comunismo con sede en Rusia y se desencantó.
Muchos dicen que la familia Montand huyó no de Mussolini, sino de la pobreza. Aunque el padre de Yves era comunista y su madre católica, en Marsella se afrancesó y se convirtió en símbolo del país. Sumado a su estilo de cantar, fue un ídolo perfecto. Entonces coincidió con Simone Signoret.
Su relación, nacida en producciones teatrales, comenzó a marcar una tendencia, aunque entonces no se dijera así. Él, siempre formal, con sombrero, corbata y camisa blanca, y la lluvia como ambiente, en un cielo gris pero luminoso de Saint-Germain, rodeado de grandes nombres. Se casaron en 1951, con París como escenario, lo mismo que el Café de Flore. Luego vino la cinta Historia de un Amor, que los proyectó al mundo como símbolo universal.
Yves, sin embargo, no fue amante fiel. Su traición —que aún me hace dudar— fue con Marilyn Monroe, en un escándalo que se sumó a los varios de la favorita de John F. Kennedy, “su querido presidente”.
¿Habría en la Tierra un hombre capaz de decir que no a Marilyn Monroe?
Yves no pudo. Con ello, sumergió en el alcohol a Simone. Vivir por Vivir fue más de lo esperado: un reflejo de la vida real de estos símbolos. Solo que no lo actuaba con Simone; vivía el cambio de pareja. Realidad o mito, ella sí lo creyó y sufrió por ello.
La actuación no la dejaron; vivían para eso y de eso. Simone cerró con Madame Rosa, una historia decadente y oscura de una prostituta en Belleville, con gran calidad interpretativa. Volvieron a reunirse ya en la madurez. Simone murió en 1985, cediendo paso a nuevos mitos que siguen conquistando al mundo con el nombre de París, en tanto Yves seguía siendo Yves.
En 1963 ambos hicieron un documental anglo-francés llamado Mayo, el mes del amor, presentando París, su escenario de amor real. Produjeron un trabajo conmovedor: una cápsula del tiempo que congeló el París de entonces.
Al pie de la torre en forma de “A”, más que los hechos relativos, queda la relación de una pareja —una entre tantas— creadora de mitos y sueños para los soñadores de los años sesenta.
Luego comprendí Los Paraguas de Cherburgo, la obertura magistral de 1964 con Catherine Deneuve y Nino Castelnuovo, con música del gran Michel Legrand (su apellido lo dice todo). Dirigida por Jacques Demy, hizo soñar con el mundo francés: otra historia de amor, fracaso y separación en el fondo de París, que supo venderse a la imaginación del mundo. Era un musical trágico.
Ese es su destino, más que los encuentros mundiales o los Juegos Olímpicos. El secreto de París es el beso común de las parejas frente al monumento, que —sin saberlo— hacen una analogía de los grandes amantes, sin entrar a la historia pero reflejando su sentir en la máquina de los sueños del cine.
Eso es París. O quizá es una forma de verlo; tal vez la mejor forma, porque finalmente es una realidad, un tesoro, pero más que eso, un sueño romántico. El cine ha producido toneladas de historias sobre ello. Revisemos otra gran obra: Un Hombre y una Mujer, clasificada en su tiempo como muy atrevida. La vi en programas de tres películas por una tarde en el Cine Río.
El autor fue Claude Lelouch, director magistral que usó a Anouk Aimée y como galán a Jean-Louis Trintignant, reconocido por el western El Gran Silencio. Este éxito vino en 1966; para entonces yo estaba sumergido en todo lo que tuviera etiqueta francesa o italiana. Esa cinta abrió un boquete en la imaginación mundial, proyectó a París y preparó el camino para el advenimiento del éxito histórico de Yves en Vivir por Vivir.
Algunos expertos dicen que esas cintas son el cimiento de la laureada La La Land, musical con Emma Stone y Ryan Gosling, por la maestría de venderte una ciudad, un sueño y cierta sensibilidad. Después vendría, en los setentas, la antípoda no musical con el dúo de Dustin Hoffman y Jon Voight, en la única cinta sórdida que ha ganado Óscares, que hizo de Nueva York un escenario cruel. Aunque después de París —y con Londres— Nueva York es adorada por los cineastas y reconocida en cada rincón.
Harrison Ford, por ejemplo, tiene la suya ambientada en París como destino ideal: Sabrina (1995), con Julia Ormond. Ella es hija del chofer de una familia millonaria con dos hermanos, uno de ellos el más reacio a creer en el amor. Julia Ormond privilegia su estancia en París como lugar máximo de vida y estudio, forma de perfilarse y escaparate de la ciudad legendaria. Eso acaba derritiendo al frío magnate interpretado por Ford, en un filme dirigido por el gran Sidney Pollock; garantía de que no naufragaría nunca. Todo ello acompañado por la música del gran John Williams.
Pero es un remake. Nadie menos que Humphrey Bogart interpretó a Linus y William Holden al hermano travieso, y la dama fue Audrey Hepburn en 1954. Solo refritearon.
Y París siempre fue escenario de arte en todas sus formas y sentidos. Para todos, el amor es el elemento incorpóreo que mantiene la magia de esa ciudad, que vista desde otros ángulos es una metrópoli más, con lugares feos y luminosos, leyendas históricas pero genuinas. Sería interesante saber qué piensa quien logra estar frente al monumento de hierro más famoso del mundo.
Sí, tal vez su esencia sea el romanticismo, que hizo una corriente de arte, aunque no se limitó a París. Impresionistas, cubistas… todos encontraron en esos rincones la fuente de su mensaje y su fondo.
Francia, como ninguna, vende la fragancia —y vaya que la domina— como producto, pero la fragancia del amor, ajeno, mítico, histórico o lejano, incluso como mera pasión, es un escenario formidable. Cada quien puede hacer su París más cerca; imitar se vale. Pese a la modernidad y la tecnología, solo el 14% de la población mundial puede hacer realidad ese momento.
Los amantes pueden convertir cualquier escenario en un fondo memorable, pero este está consagrado por la aceptación mundial, por la leyenda. Creo que me contaminó el cine y no pude verlo con otras referencias, pero disfruté saber que era real como escenario, aunque llegue uno años después de los sueños.
Digo lo que pensé frente al monumento: aprecio el alarde de Eiffel, su ingeniería al servicio de darle ilusiones a una ciudad que vive de ese intangible valor desde la Exposición Universal de 1900. Su máquina me deslumbró, como lo hace el reloj de Praga o el de Berna, usados como fondos de historias misteriosas pero no tan populares.
Sé que es París, donde Santa Genoveva —desperdiciada o limitada como leyenda medieval— salvó a la ciudad del hambre navegando por el Sena en el año 1200 con alimentos para una ciudad asediada. O la Dama de Orleans, Juana de Arco, santificada y mitificada por su obra en la independencia de Francia frente a Inglaterra, naciones que mutuamente se invadieron y se influyeron con estilos distintos.
Algunos todavía oyen a Edith Piaf —descubridora de Yves— y gozan con Charles Aznavour. Todo ello muy retro. Algo tenía Montand que convence: clase, estilo, depredador sin duda, pero caballeroso, entrañable como sus damas elegantes y bellas.
París es algo especial. Los senegaleses te venden torrecitas, alabando a Peña Nieto, diciendo cosas como “chin… el América” y vendiendo más barato que en Tepito o la Lagunilla. Todo eso es París y el entorno de su torre, cuya historia nunca termina. Y bajo el séptimo arte, nunca deja de ser escenario inevitable.
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