Por Manuel Gutiérrez.
Primero de noviembre, 12 en punto. Las catedrales católicas o de distintas denominaciones, pero todas inglesas, suenan durante un largo lapso todas sus campanas, llenando de sonidos todo el ambiente. En algún jardín céntrico, en tanto se prepara una ceremonia con banda de música, banda de guerra, militares y padres patrios activos, incluso algún ministro del culto, están recordando la Segunda Guerra y la Primera, y las anteriores, de una vez.
El motivo es “Remember November”. Es la fecha que, en Reino Unido, conmemora el paso de Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial. Francia festeja el Día D y la liberación de París, pero los sajones le ponen emoción general de toda la sociedad a recordar que lo que disfrutan lo pagaron las generaciones anteriores con sangre.
El recuerdo de la Segunda Guerra Mundial se convierte en un distintivo artificial que imita la amapola, por la sangre. Hay amapolas por todas partes. Incluso en la puerta de los traidores de la temible Torre de Londres, algún inglés inteligente puso, en el curso del agua que sale por esa puerta del oprobio, muchas amapolas recordando la sangre de los que perdieron la cabeza, pero antes la cordura, en los tormentos de la Torre, porque la tortura no era exclusiva de España… era de la época.
Ana Bolena salió por ahí. Tomás Becket, una larga fila de inocentes, de víctimas, de un holocausto real que dividió el futuro de Inglaterra, pero dio poder absoluto al monarca.
Pero volvamos al siglo XX. Un feo relieve de bronce con la lista de los pilotos de la RAF muertos en la Batalla de Inglaterra nos recuerda los ocho meses que pasaron bajo fuego de la Luftwaffe, aunque a un costo tan alto que canceló León Marino, la pretendida invasión anfibia de Inglaterra.
Hitler usó la fuerza como un medio de desmotivar la resistencia inglesa. Pero este recurso solo acrecienta la resistencia.
Es decir, mezcló llamados a la paz, de una guerra que no deseaba disputar con el Imperio Británico, pero que, en el mismo caso de Napoleón, era inevitable: una fuerza continental dominando el mundo luego de que los siglos XVIII y XIX les dieron el dominio de los mares y tierras que equivalían a la extensión de Inglaterra repetida muchísimas veces, porque hablamos de Canadá, la India o Australia, en que caben unas seis veces este país completo en cada una de esas regiones.
Inglaterra, por tanto, mantiene una conciencia de que la paz se logra alertándose siempre sobre la proximidad de la siguiente guerra y, de hecho, la tienen en la ofensiva híbrida de Putin, que es respondida de igual manera; es decir, está en guerra no declarada contra Rusia.
Esto genera que el británico entienda que los símbolos de su poder, las horas del pasado, las pruebas no terminan, aunque por ahora no tienen que oscurecer la ciudad.
Buckingham, como sede oficial, fue vista como una sede real desabrida, quizá por su pobre iluminación. En Europa no remodelan ni gastan dinero, salvo en algunos monumentos, en darles iluminación.
Pero Windsor, a donde llegaron los advenedizos alemanes que cambiaron el apellido por el Windsor para ser la nueva dinastía real, es en cambio un castillo en plenitud, reflejo vivo de su historia y de la realeza.
Quizá el gusto monárquico se reduzca al 50% de la población. La casa real es vista como un mal necesario, pero el simbolismo y las prosperidades logradas con Victoria, las Isabeles o los Jorges hacen que comprendan que es parte de su identidad y que, de alguna manera, es un freno sensato y moral de representarlos como contrapeso al partido en el poder.
Inglaterra, con su Brexit, perdió todos los beneficios de una Unión Europea, de un Schengen en todas las materias para el libre intercambio. El error les dejó su libra esterlina, pero la dinámica del continente finalmente resulta irresistible: ser parte de Europa, aunque no lo sean formalmente.
Toda Inglaterra es historia en la etapa que la quieras buscar. Dover permanece impertérrito mientras cruzas el canal de la Mancha, siempre encrespado y con mal tiempo, en 75 minutos en eficientes transbordadores, tal vez preferidos por su precio, en los que comes fish con chips.
Pero de un lado está Normandía y del otro Inglaterra, y en ambos casos las idas y venidas de conflictos, conquistas, invasiones e influencias.
Inglaterra está unida a Europa aunque diga que no; es como la pariente que dice estar separada, pero sigue en la misma casa, come de lo mismo —con sus variantes y las eternas papas—, pero es parte de Europa.
Pero Remember November recuerda todas las campañas, los solitarios y abundantes cementerios y la destrucción sufrida. Churchill, mientras desayunaba su whisky doble, observaba las piruetas de los bombarderos alemanes que aniquilaban lo que es la City, y se preguntaba por qué la Iglesia de San Pablo seguía en pie.
Entonces sacó la peligrosa conclusión de que era porque Dios estaba con ellos; es decir, Dios se había convertido en un Tommy y estaba con Reino Unido. Aunque lo mismo decían los alemanes. Lo cierto es que, sin radar, los aviones alemanes de la II Guerra Mundial necesitaban una referencia y, en ese tiempo, sin la ruedota de la fortuna (el Ojo), que es un negociazo ejemplar, como todo en Europa, era la referencia para encontrar la ruta de regreso.
Si la hubieran destruido, hubieran perdido la referencia visual para darse la vuelta.
Esa es la causa real del milagro, pero Churchill ya había vendido la idea de que “Jamás nos rendiremos” y la otra de que “Ha terminado Dunkerque, ahora es la Batalla de Inglaterra”. Luego fue otra y otra, hasta que con el apoyo estadounidense aniquilaron al nazismo, modelo de dictadura, y Churchill arrancó luego con la advertencia de que Stalin se comería al mundo si no lo paraban, y que era hora de seguir contra la nueva dictadura, antes aliada contra Alemania, y que generaba la cortina de hierro y la Guerra Fría.
Los ingleses hacen Remember November porque saben que la primordialidad que tiene su país en el destino mundial tiene un precio.
El de las amapolas, como símbolo de sangre, y que de alguna manera sus instituciones democráticas y parlamentarias, su democracia efectiva, su poder judicial independiente, su cabeza para hacer cosas bien pensadas, representan un desafío que tarde o temprano llegará a los nuevos autócratas de este mundo.
Si bien Catalina la Grande, la rusa, supo avanzar y sacarle jugo a la paz con Europa, Putin no sabe de este camino de intercambios, sino de conquista. Pero Inglaterra, con su Remember November, es un hueso duro de roer: lo fue para el Imperio francés y Napoleón, y lo fue para Hitler; hoy es el hueso que se atraganta con el resto de Europa en la garganta de Putin.
No son militaristas, pero son organizados, son solidarios y saben que tienen una idea común, y finalmente son implacables en la guerra. Las campanas se lo recuerdan: la paz de Inglaterra nace de que nunca dejará de estar lista para la guerra… necesaria.
El Big Ben, el Puente de Londres, están ahí recordando las llegadas de los invasores en una oscura Londres; nada parece haber cambiado, pero ellos tampoco, en cuanto a que valoran su pasado.
Londres nació cuando un espíritu o hada de las aguas, que regresó y puso a flote un escudo de bronce arrojado a manera de consulta que hicieron los druidas sobre el punto de dónde fundar la ciudad.
El hundible objeto flotó y así hicieron Londres, que lo ha visto todo, que seguirá con su estilo influyendo en todo con su Támesis, por ahora domado, porque pudo más la voluntad de los londinenses que el mismo río, y hacen lo mismo con la historia.
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