
Horacio Villaseñor
En busca de la justicia espacial, Edward Soja, uno de los geógrafos y teóricos urbanos más influyentes en épocas recientes, en su obra asevera que la injusticia y la justicia se marcan en el territorio. Dice que la ciudad no es un simple lugar de eventos, sino un producto social que se gestiona inequitativamente, generando lo que él denomina “geografías discriminatorias”. La Guadalajara contemporánea, esa que su ayuntamiento anuncia como “La Ciudad que te Cuida”, está claramente fragmentada y la disparidad en accesos a los servicios espaciales municipales entre zonas, colonias y barrios es evidente; la teoría de Soja se constata. Allí está la zona de la Glorieta de la Minerva, que contrasta profunda y dolorosamente con colonias del oriente de la ciudad como Tetlán o Santa Cecilia, no solo por el abandono institucional en el que se observan, sino porque ni fuentes tienen. Entonces, ¿cómo redistribuir el poder y los recursos en una ciudad abandonada por la equidad? Implementando un nuevo modelo de gestión administrativa municipal, una nueva geometría del poder gubernamental.
Me explico: Soja argumenta que lo social y lo espacial son inseparables. Si hay colonias que no tienen la misma calidad espacial que otras en el territorio municipal, no es solo un problema técnico, es además una vulneración del derecho a la ciudad. Implementar un modelo municipal de administración gubernamental distinto al actual toma eco urgente, porque Guadalajara debe optimizar la eficiencia de los servicios espaciales con equidad en todo el municipio, independientemente del código postal. La teoría fractal, rama de las matemáticas que estudia objetos cuya estructura básica, fragmentada o aparentemente irregular, se repite a diferentes escalas, puede ayudar y ser un camino adecuado para cambiar la lamentable realidad actual de la ciudad donde nací. Al igual que un fractal mantiene su complejidad y estructura sin importar el zoom, la justicia espacial de Soja exige que la calidad de vida no se diluya al retirarse del “centro administrativo” ni al estar alejado de las zonas de interés de la sociedad económica.
Democratizar el espacio urbano es una tarea impostergable; el modelo de gestión tradicional local es top-down (de arriba hacia abajo), lo que genera, además de “puntos ciegos”, en la periferia, en túneles vehiculares y en áreas a cargo de los otros órdenes de gobierno, como la zona de las vías del tren en la avenida Inglaterra, que atraviesa y cicatriza buena parte de la ciudad. El asunto ha empeorado por la falta de capacidad de los encargados de la administración municipal; ahora hay, además de puntos, amplias geometrías ciegas privadas de la vista institucional, lo que significa que no solo los grupos tradicionalmente marginados geográficamente deben priorizarse, sino que también las clases medias están perdiendo calidad de vida.
Utilizar un innovador modelo de gestión permitiría que los servicios espaciales municipales se autoorganicen, se alejen de la decisión de un solo actor político, permitiendo la optimización en nodos locales, eliminando la fricción de la distancia, la negligencia y la ambición de un “gobernante” o grupo de interés. Para Soja, la injusticia espacial suele ser el resultado de decisiones políticas que priorizan ciertos sectores sobre otros. Optimizar la eficiencia de los servicios espaciales municipales no es meramente administrativo, es un acto ético. Si los servicios municipales fueran eficientes (agua, drenaje, limpia, parques y jardines, iluminación, pavimentos, seguridad), distribuidos bajo otra óptica distinta a la actual, podrían garantizar que el “capital espacial” se reparta de forma equitativa.
No se trata de gestionar mejor lo que se hace hoy —lo actual no sirve—, sino de repensar, destruir lo que existe y construir el gobierno municipal contemporáneo necesario, que funcione e imposibilite que haya zonas de exclusión. La ciudad que se dice que te cuida, como asegura su actual eslogan publicitario, en realidad discrimina: solo cuida y protege los intereses de sus gobernantes. Allí está La Minerva y Los Arcos con su “conejito gigante”, una obra efímera. ¡Ni hablar!
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