
Horacio Villaseñor
La llegada al ayuntamiento de “jóvenes” sin preparación ni experiencia en la función pública ha convertido al gobierno en un “bueno para nada”. Con tanto enano intelectual han hecho de esta, la función gubernamental sí, una función, algo circense. Han permitido que el mercado inmobiliario dicte el crecimiento de la ciudad, pero “ojo”, el problema no son las torres habitacionales ni los altos precios de las rentas, sino la codicia de los actuales gobernantes y de muchos “urbanistas” sinvergüenzas o “paleros” del poder político y económico que no tienen idea, o ignoran, la razón de ser del administrador gubernamental.
Me explico: lo que vemos son los edificios, pero la falta de infraestructura o su insuficiencia las redes de agua, drenaje, eléctricas y vialidades infartándose un día sí y otro también, es la vulnerabilidad desatendida; es ella la que deja a la ciudad “con las defensas bajas” ante las presiones del crecimiento y el clima.
Las nuevas torres sin esos servicios básicos son un calvario: sin energía eléctrica, los elevadores y el sistema de bombeo no sirven y vivir en un edificio se vuelve terrible. También las colonias vecinas, sin presión en las redes hidráulicas, con el drenaje y la movilidad colapsados y constantes apagones, sufren las consecuencias de la metrópoli fallida.
Culpar a las torres es ocioso, porque en un predio donde antes el ayuntamiento recibía un impuesto predial, con las torres recibe en promedio entre 60 y 120 prediales. ¿A dónde se van los impuestos por licencias, los pagos de “compensación” y todo el dinero extra que entra de desarrolladores y propietarios? Lo que sí es claro es que no se utilizan para adecuar la zona impactada.
El urbanismo preventivo es un cuento; el plan y diseño de la ciudad para anteponerse a los problemas, una vacilada. El urbanista asesor contratado por el gobierno municipal o algún organismo intermunicipal para la elaboración de planes de desarrollo u ordenación territorial metropolitana, irresponsablemente, como tiene interés en conservar la chamba, no hace lo que debe hacer y solo sugiere “parches”, lo que se conoce rimbombantemente como urbanismo de mitigación.
Para que la ciudad deje de ser un escenario de “cartón piedra”, la solución no es frenar la verticalidad, sino profesionalizar la administración. El dinero de esos 60 o 120 prediales adicionales debe estar etiquetado por ley para la infraestructura de la zona: si el edificio sube diez pisos, la capacidad del drenaje, la subestación eléctrica y la capacidad vial deben crecer en la misma proporción antes de la entrega de llaves.
Es hora de pasar del urbanismo de mitigación ese parche reactivo que solo sirve para que el funcionario se lave las manos a una planificación de “cuenca y red” (Alfonso Reyes, 1915). La ciudad debe pasar de un modelo de “pavimento total” a uno de “Ciudad Esponja” (Yu, 2016); una ciudad bien planeada es una red resiliente.
Necesitamos auditoría de las compensaciones y cumplir con el servicio civil de carrera, particularmente en puestos directivos. Mientras el presupuesto se gaste en nóminas infladas y en el pago de asesores cómplices, y no en renovar el hierro del siglo XIX por tecnología del XXI, seguiremos viviendo en una simulación de modernidad. Una ciudad que, a la primera lluvia o al primer pico de consumo eléctrico, nos recuerda que sus cimientos son de oro, pero su sustento es de puro lodo. ¡Ni hablar!
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.







