Staff.- En política el lodo tiene una característica curiosa: nunca se queda donde se lanza.
Siempre regresa.
Eso es exactamente lo que empieza a verse en Jalisco.

El debate sobre la transparencia patrimonial de los diputados, tema legítimo y necesario en cualquier democracia, se convirtió de pronto en un capítulo más de la guerra interna que vive el grupo político que gobierna el estado.
La discusión comenzó con la exigencia de revisar las declaraciones patrimoniales de los legisladores, ausentes en el portal de transparencia del Congreso. Un tema que, en teoría, debería incomodar a todos por igual.
Pero no fue así.
La narrativa política que comenzó a circular rápidamente apuntó hacia algunos nombres específicos: la diputada emecista Mónica Magaña y el legislador del PT Leonardo Almaguer.
El impulso del tema vino desde la coordinación legislativa encabezada por José Luis Tostado, personaje identificado dentro del círculo político cercano al alcalde zapopano Juan José Frangie.
Y ahí es donde la historia deja de ser institucional y empieza a oler a pólvora.
Porque en Jalisco todos saben que la verdadera pelea política ya no está en el Congreso.
Está en Zapopan.
Zapopan es hoy la plaza política más codiciada del estado: presupuesto, territorio electoral, estructura política y visibilidad mediática. Quien controla Zapopan controla buena parte del futuro político de Jalisco.
Por eso, cuando comienzan a aparecer ataques que aparentemente hablan de transparencia, pero que en la práctica terminan señalando selectivamente a actores políticos incómodos, el mensaje entre líneas se vuelve evidente.
La guerra interna ya empezó.
Y lo más llamativo es que el fuego no viene de la oposición.
Viene de casa.
Movimiento Ciudadano construyó durante años una narrativa de disciplina política, un partido donde las diferencias se resolvían puertas adentro. Un partido que presumía cohesión mientras PRI, PAN o Morena se despedazaban públicamente.
Hoy ese relato empieza a agrietarse.
Porque cuando los dardos comienzan a dirigirse contra figuras del propio movimiento, la pregunta inevitable aparece en el ambiente político:
¿Se trata realmente de transparencia…
o de posicionamiento rumbo a las próximas batallas electorales?
En política nadie lanza un misil sin calcular el daño colateral.
Y aquí el daño colateral es evidente.
Primero, porque la discusión sobre patrimonios abre una caja de Pandora que inevitablemente alcanzará a todos los legisladores, sin importar su partido.
Segundo, porque exhibe que dentro del propio grupo gobernante hay una disputa soterrada por el control del futuro político de Jalisco.
Y tercero, porque cuando la guerra sucia se vuelve herramienta política, ocurre algo inevitable: el lodo ya no distingue colores.
Termina embarrando a todos.
Zapopan, históricamente, ha sido el epicentro de los equilibrios políticos de Jalisco.
Hoy parece convertirse también en el laboratorio de la guerra interna que amenaza con fracturar al movimiento que gobierna el estado.
Porque hay algo que los estrategas políticos suelen olvidar:
Cuando el lodo se convierte en estrategia…
la política deja de ser debate y se vuelve ajuste de cuentas.
Y los ajustes de cuentas rara vez terminan bien para quienes gobiernan.
La pregunta ahora no es quién lanzó el primer golpe.
La pregunta es cuántos más vienen en camino.
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