Por Laura Gutiérrez Franco
El universo ha dejado de ser ese lugar lejano que solo visitábamos a través de la estática de una pantalla de bulbos. Hoy, mientras escucho las noticias sobre la misión Artemis II, no puedo evitar que la memoria me devuelva, como un bumerán de nostalgia, a una tarde de julio de 1969 en un pueblito de mis amados Altos de Jalisco.
Teníamos apenas nueve años. Mi hermana y yo, sentadas frente a un televisor que escupía imágenes en blanco y negro, tan granuladas que la luna parecía hecha de arena móvil. Mi padre y mi madre estaban ahí, conteniendo el aliento. También estaba un amigo de la familia, que en ese preciso momento pintaba las paredes de la casa y, con la brocha en la mano y la incredulidad en los ojos, sentenciaba: “No es cierto, nos están mintiendo. El hombre no puede llegar allá”.
Pero nosotras lo vimos. Vimos a Neil Armstrong descender con esa torpeza elegante del que pisa lo desconocido por primera vez. Durante dos horas, el mundo se detuvo. No había color en la televisión, pero el asombro de nuestras caras era multicolor. Fue algo maravilloso, un hito que nos hizo sentir que el futuro nos pertenecía.
Hoy, el futuro ha vuelto a despegar.
Ya no es el Apolo, ahora es Artemis, la hermana gemela de aquel dios griego, quien lleva la batuta. En esta ocasión, la misión no es solo “llegar”, sino “quedarse”. Los cuatro tripulantes —incluyendo la presencia histórica de una mujer y un astronauta de color— no solo van a caminar; van a preparar el terreno para que la humanidad habite la órbita lunar.
A diferencia de los sandwiches secos y las bebidas en polvo de los sesenta, los astronautas de hoy llevan menús diseñados con precisión científica: desde cóctel de camarones hasta postres que no se desmoronan en la microgravedad, permitiéndoles mantener la energía para las complejas caminatas espaciales y la recolección de muestras de hielo en el polo sur lunar.
Artemis está ahí, orbitando, probando la nave Orion para asegurar que el regreso a casa sea tan seguro como ese viaje de ida que nos devolvió la esperanza en la ciencia.
Al comparar ambas épocas, me doy cuenta de que la técnica ha cambiado —hoy tenemos transmisiones en 4K y comunicación instantánea—, pero el sentimiento es el mismo que el de aquella niña de 9 años en Los Altos. Seguimos siendo humanos mirando hacia arriba, buscando respuestas entre las estrellas, mientras el “pintor” de la duda sigue ahí, recordándonos que lo increíble siempre tendrá detractores.
Aquella Luna de 1969 era de plata y misterio. La de hoy es un laboratorio y una puerta hacia Marte. Pero para mí, siempre será el lugar donde mi hermana y yo, entre paredes recién pintadas, descubrimos que nada es imposible.
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