
Por Laura Gutiérrez Franco
El diagnóstico que la revista británica The Economist publicó el pasado 26 de marzo bajo el título “La economía rota de México”, debería ser el principal tema de discusión en las mesas donde se decide el futuro del país. No es una crítica ligera; es una radiografía cruda de cómo la visión europea observa nuestro estancamiento. El mensaje es demoledor: México no está sufriendo un bloqueo externo, está padeciendo un autobloqueo sistemático. El Gobinero va en retroceso.
La ceguera ante el Nearshoring
A diferencia de otras economías que luchan contra sanciones internacionales, México tiene todas las herramientas para triunfar, pero se está “atando de manos” por decisiones propias. Existe una desconexión alarmante entre la realidad global y la estrategia de Palacio Nacional. La Presidenta y su Gabinete parecen no entender que el nearshoring no es una inercia geográfica, sino una competencia feroz de competitividad. Falta lógica y sentido común.
Creer que las empresas llegarán solo por nuestra vecindad con Estados Unidos es un error histórico de diagnóstico, pero especialmente del actual gobierno. La relocalización requiere tres pilares que hoy este gobierno está dinamitando: energía suficiente, seguridad física y, sobre todo, seguridad jurídica.
Los tres pilares del sabotaje interno:
• El fin de la certeza jurídica: La reforma judicial no es una simple “democratización” de la justicia; es el desmantelamiento de la confianza inversionista. Al cambiar las reglas para elegir jueces, se envía un mensaje de inestabilidad al mundo: en México, la ley es maleable al capricho político. Sin tribunales independientes, el capital —que no tiene patria— simplemente se retira. Es un golpe autoinfligido que nos quita la etiqueta de país confiable.
* El lastre de los mitos ideológicos (Pemex y CFE): Seguimos anclados a dogmas del siglo pasado. La obsesión por mantener monopolios estatales obsoletos ha creado un embudo energético. Las industrias del siglo XXI exigen energía verde, barata y constante. Al cerrarle la puerta a la inversión privada en renovables por “soberanía”, el gobierno condena al país a una energía cara y vieja, perdiendo contratos multimillonarios frente a economías que sí entienden la transición energética.
* La disyunción del crimen organizado: La inseguridad ya no es solo una cifra de nota roja; es un impuesto de guerra. El crimen organizado ha logrado una disyunción total: se ha infiltrado en las instituciones y controla la operación económica de regiones enteras. Cuando la delincuencia decide quién circula por las carreteras o qué insumos se pueden comprar, el Estado de derecho desaparece. Esta falla interna de autoridad es el mayor lastre para nuestra competitividad.
De la simplificación a la “República Bananera”
Otra cosa es que es frustrante ver cómo, en lugar de avanzar hacia una digitalización y simplificación administrativa, nos hundimos en una tramitología asfixiante que recuerda a las peores épocas de las repúblicas bananeras. La falta de servicios públicos adecuados y la burocracia ideologizada actúan como un freno de mano para cualquier emprendedor o inversionista que busque eficiencia.
Lo que más preocupa: México está siguiendo el guion de economías que fracasaron en el pasado por priorizar mitos nacionales sobre la realidad del mercado. La actual administración no ha comprendido que la soberbia ideológica no genera empleos ni baja la inflación.
Estamos desperdiciando la oportunidad de oro de este siglo. Mientras la presidenta insiste en un modelo estatista y centralizado, el mundo sigue girando. Como bien señala la visión europea de The Economist, nuestro crecimiento será pobre y mediocre si no dejamos de boicotearnos a nosotros mismos.
No es un bloqueo de fuera; es un daño autoinfligido que nos está condenando. Si no se corrige el rumbo de inmediato, el “momento mexicano” pasará de largo y solo nos quedará el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue. Señora Presidenta tome en cuenta a The Economist y los demás medios extranjeros que sí le dicen la verdad.
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