
Por Manuel Gutiérrez
El sábado la Presidente Claudia Sheinbaum cruzará el Atlántico para estar en la Cumbre opositora al Escudo de las Américas de Donald Trump. Invitada por el derrotado chileno izquierdista Daniel Boric, compartirá las imágenes estelares del grupo que pretende lograr, con el Presidente socialista de España, Pedro Sánchez, un frente de “No a la guerra”.
Es una irreflexiva manera de meterse en un tema que había evitado por todas partes. Incluso en la semana, la Presidenta dio otro paso al ingresar a la defensa del Papa León XIV de colocarse en la mira de Trump. Al magnate lo suponen absorto por el problema de Irán, donde determinó cerrar el paso de Ormuz porque los iraníes estaban permitiendo la circulación de barcos amigos políticamente o, en su defecto, previo pago de peaje. Entre ellos se encuentran barcos de bandera china y pakistaní; ahora procedió al absurdo de cerrarlo con las fuerzas navales estadounidenses y de algunos aliados, como Inglaterra, luego de pretender abrirlo y hacer la guerra para ese fin.
El punto es el carácter de la reunión en Barcelona; es un encuentro de la Internacional Socialista bajo las siglas de Movilización Progresista Global, un plan que pretende ser un contrapeso a los liderazgos de la derecha mundial. En parte, en ese movimiento están fuerzas de izquierda de los Estados Unidos, como es el caso de Bernie Sanders, y en ese tono se agrega, desde Grecia, Yanis Varoufakis con el Movimiento Democrático de Europa, conocido como DIEM 25.
En este movimiento confluye algo muy significativo para Claudia y su antecesor AMLO: esta movilización fue inspirada en el Foro de Sao Paulo, creado como estrategia continental para cubanizar a toda América Latina —lo que resulta lamentable—. Ahí se agregó el Grupo de Puebla, un foro fundado por el Presidente socialista de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el Presidente de Uruguay de entonces, Yamandú Orsi.
El Foro de Sao Paulo finalmente ingresó en el terreno de lo geopolítico con la simpatía de Putin y su invasión a Ucrania, pretextando defenderla del interés europeo. Cerca de 10 mandatarios de la gama liberal o de izquierda asistieron a sus deliberaciones, que fueron preparadas en México por el Grupo de Puebla. Mario Delgado, entonces Presidente de Morena, asistió representando a López Obrador, quien se mantuvo al margen por su desconfianza hacia la política en niveles que no controla; no le gusta el escenario exterior por su personalidad obsesiva y sus fobias ideológicas.
López Obrador se apropió de las ideas de Puebla y del Foro en cuanto a coincidir con las posturas de su gobierno y sus opiniones personales, pero evitó sumarse por sus raras fobias, aunque busca que sus gobiernos apliquen esos propósitos, y esto incluye a la sucesora. Brasil sí ha sido baluarte de sostenimiento del proyecto de Sao Paulo, inyectando reconocimiento, apoyos oficiales y recursos, además de divulgar sus propuestas socialistas, aunque han sido dolorosos fracasos como en el caso de Cuba; incluso en México siguen sin evolucionar.
Será interesante ver el izquierdismo moderno de Pedro Sánchez confrontado con las visiones anacrónicas de los representantes del continente americano. México no hizo lo mismo, sino que se personalizó en el estilo de López Obrador, difiriendo en algunos conceptos y matices. O sea, estamos en Sao Paulo, pero bajo el gusto del caudillo en una versión “a la mexicana”.
El Foro plantea frentes de acción: la cuestión ambiental, la militarización (aunque muchos de esos gobiernos están precisamente militarizados como el de México, Nicaragua, antes Venezuela, Cuba, y el mismo Brasil que aceleró la carrera armamentista del Cono Sur y donde operan los sectores estratégicos de la economía y la administración) y la cuestión de la guerra. Esta última es la preocupación de Pedro Sánchez y no será determinante para que Israel desista de sus planes en Líbano o cambie la visión de la guerra de expansión sionista a la que arrastró a Trump.
Otro de los puntos es el apoyo a un feminismo que sirva a la lucha de clases y a la operación cultural contra los valores tradicionales. Claudia es “dizque” feminista, pero le gusta que sea a modo, con un modelo sometido al gobierno y a sus deseos personales; es de las cosas en que los socialistas se bifurcan porque no aceptan todo el paquete. Es decir, es un foro retórico, de diseño posible de operaciones reales de búsqueda de posiciones en países afiliados que permitan el afianzamiento de esa corriente. Refleja una resistencia en diversas regiones del globo al estruendoso apogeo del populismo de Trump, quien es el exponente máximo de lo que estiman derecha, pero que solo busca sus intereses económicos, no un orden mundial plegado a concepciones estadistas.
Sin embargo, México es totalmente vulnerable al asistir a este tipo de reuniones ideológicas, con el problema de los desaparecidos a una escala de cerca de 400 mil —con 132 mil como dato oficial—, restando denuncias y búsquedas que las fiscalías de las entidades federativas no sustanciaron de manera completa y eficaz. Otro de los problemas es el asunto no resuelto de la lucha contra el narcotráfico, vinculado con personajes del propio gobierno y contra el huachicol, además de la parálisis económica que atraviesa el país.
Si bien Claudia dudosamente será personaje estelar en Barcelona, su presencia implica que México se alineará otra vez en contra del vecino con el que deberemos revisar el T-MEC, ya iniciado en los prólogos. A nadie sensato le parece recomendable; no es momento de dejarse ver con esas compañías, pero la Presidente resulta inestable en su política y está pésimamente asesorada, o bien no acepta más que “su chicharrón truene”, al estilo de AMLO.
La reunión de Barcelona sin duda recibirá los reflectores de la prensa mundial y de las potencias interesadas en financiar el discurso que se oponga a Trump. INFOBAE ha acusado con frecuencia que Rusia desata campañas digitales e informativas en América Latina buscando posicionar sus enfoques y fortalecer vínculos con políticos amigos. El continente es un tablero de juego de intereses mundiales y el retrógrado socialismo cínicamente sigue siendo ofertado como la salvación, pero no será determinante en el tablero.
Curiosamente, se anuncia la presencia de Beatriz Paredes, del PRI, aunque está en duda a quién representará, dado que su partido fue recientemente expulsado de la Internacional Socialista, a la que parece responder la señora Paredes. Se espera que presente un discurso crítico contra su estructura, señalando que se ha cargado a la derecha, incluida la condena de su líder “Alito” Moreno. Esto es de esperarse porque el PRI, en su vertiente de izquierda, siempre se manejó dentro de la corriente de Sao Paulo y mantuvo simpatía por Fidel Castro o sus sucesores, siendo parte de la Internacional Socialista desde el origen de la desaparecida URSS. Es probable que Beatriz Paredes aproveche para su relanzamiento político, quizá acercándose al actual gobierno de Claudia Sheinbaum, o simplemente sea ignorada entre tantos figurines del populismo.
Lo difícil de Barcelona es encontrarle un beneficio que logre la Presidenta para el país; en cambio, convoca riesgos graves. Puede ser que crea que Irán empantanará tanto a Trump como para que este se olvide de México. Pero Trump suma, y en la semana añadió como adversaria a Giorgia Meloni por defender a León XIV, lo mismo que hizo Claudia bajo otros signos.
Son compromisos que nos atarán a aspiraciones de la izquierda y a un texto que alimentará la desconfianza, ya creciente, en la inversión extranjera y por los cambios que centralizan facultades en el gobierno en contra de las garantías individuales. Son compromisos que no se cumplirán, al menos por parte de México —que no es Brasil en la modalidad de cimentar el movimiento—, pero que nos colocan como defensores de esas doctrinas que se promoverán de manera casuística en nuestro país.
Esto nos conseguirá un gran “tache”, uno más, y pronto podrán llegar las cuentas por cobrar derivadas de supuestos agravios. El mundo actual no es de derecho internacional, sino de bloques de contienda, y el bloque del vecino es el que repercute en todo para la vida de México. Pero la pasión puede más que la razón; Claudia cree ser portaestandarte de estas causas resultado de sus años de activismo, pero es evidentemente inmadura para sortear las tormentas de México porque no logra pensar como estadista.
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