
Por Manuel Gutiérrez
Bélgica y Holanda, en tiempos recientes, han sido países apacibles, repletos de belleza, de un verde brillante e intenso como en ninguna otra parte en sus campos; hay mucha, mucha agua que fluye porque son los Países Bajos y, en su caso, Bélgica tiene un sabor diferente al resto de la agitada Europa.
Bruselas tiene un sabor romántico y pragmático, pero un romanticismo que no es tan amoroso como el de París; tiene la solemnidad de Inglaterra, sin lo agitado y formalista. Por algo en Bruselas está el corazón del continente: la UE descansa aquí.
Bruselas tiene un centro espectacular en el que confluye todo, con edificaciones de los siglos XVIII y XIX de gran clase, incluso una de ellas con una techumbre inclinada de oro. Fue una forma de paliar un incidente de infidelidad de un monarca que, sin duda, resultó un tanto cara. Tiene un reloj clásico monumental, no de las dimensiones de los de Praga o Berna, pero lo suficiente para saber que Bruselas está siempre a la vanguardia, aunque con un acento más discreto. Es un país actualmente muy rico; como en Holanda y los Países Bajos, la prosperidad se desliza, se presenta y se nota en cada detalle, sin pretender ser ostentosos. Bruselas tiene solamente un inconveniente: necesitar un chofer que te lleve y regrese a guardar el auto, porque nadie encuentra un lugar a no ser que tenga uno predeterminado.
La cereza que vale todo el pastel es Brujas. Bruges, pronunciado como un gruñido de oso por los españoles que en el siglo XVIII dominaron Bélgica con sus tercios en Flandes. (Lean a Arturo Pérez-Reverte y El sol de Breda, del capitán Alatriste) . Mejor dijeron que era “Brujas” y se le quedó esa denominación para el mundo hispano.
El objeto que conquista al mundo en Brujas es la belleza. Fue un paisaje que se combinó en armonía, en proporción, en estilos y en colores. Como un puzzle perfecto pleno de chocolaterías que disputan el trono a Suiza, Alemania o Francia. Un canal y un puente construidos como si hubieran tenido un propósito perfecto, en un adoquinado medieval con gansos nadando como parte del paisaje. No es muy grande, pero sí muy bella; Brujas, por donde la veas, es eso.
Holanda, con su paseo de canales, es diferente a Venecia: son más angostos. Pero, de nuevo, de día o de noche el conjunto se armoniza, la belleza surge y te conquista. Holanda, para sintetizar a los Países Bajos, tiene también un sabor marinero y náutico que sigue siendo parte de la vida cotidiana. Incluso es un ambiente especial.
Claro está el mito de la casa de Ana Frank, que no fue su casa, pero la historia se vende, se cuenta y, sobre todo, se comercializa. Ana estuvo refugiada en un cobertizo durante la Segunda Guerra Mundial y, con ojos de niña literata, escribió su visión y reflexiones, convirtiéndose en best seller. Entonces, hay que seguir vendiendo el asunto judío de la “Ana de Ámsterdam”, llegando a las almas sensibles o ingenuas que pagan por ver. Aunque no es lo real, como deja bastante dinero, es un atractivo afianzado. La “casa” es en realidad la imprenta, o fue una propiedad de su padre, no su verdadera casa. El hogar judío que, entre candelabros de siete velas, ritos y pasado bíblico, desafiaba al mundo moderno y al acoso de los nazis, no es ese.
Pero muchos sitios así han sido adaptados a lo que la gente busca, como la casa falsa de Julieta en Verona; muchos visitantes no son tan acuciosos para averiguar si la historia es real o si existe alguna referencia demostrativa. La aceptan y ya. Es un atractivo para cierto público, pero lo interesante es la vida de la ciudad.
Holanda tomó fama de libertina y promiscua con los años del movimiento hippie, el consumo de yerba y los burdeles y table dances muy exhibicionistas; lo que en otras ciudades se encerraba con pudor o como rincón secreto y prohibido. Es ya más parte de la leyenda que una zona de tráfico sexual, como se da en otras ciudades del mundo sin glamur y con la sordidez neta del tema.
En Le Mer, un gato real —un felino— invita a que pasen a su café, pero se queda afuera a capturar a otros mientras los hechizados entran. Es una idílica ciudad marina de sabor protestante que, en la actualidad, se ha vuelto más tolerante en algunos casos, aunque no en todos. Volendam es otro punto de sabor tradicional. Entre la fabricación de zuecos —de los que dicen que hacen hasta dos millones de pares por año— de madera de álamo blanca y blanda, integran zapatos resistentes a la humedad que suplieron la falta de pieles o su vulnerabilidad al clima reinante, algo que en el pasado pudo ser más presente.
El resto es Edam y otros quesos característicos. Todo se conjuga: una ciudad tan repleta de agua, con un sabor especial y todo cerca y plano para recorrer en bicicleta (es más probable que te arrolle una bici que un carro). Modernidad, tradición y un ritmo laboral que no es febril, pero sí constante, enmarcan esta zona que, con Ámsterdam, resulta fascinante por acuática, moderna y tradicional.
La tarde cayó cerca de un pequeño canal cristalino, en un campo natural holandés y en una visita a un indispensable molino de viento. La luz se va suavemente, con sutileza, como no queriendo perturbar el paisaje. Porque eso son estos lugares: un paisaje inolvidable, de cromo a cada momento; algo extraño —porque lo es— pero a la vez familiar, como un cuento platicado desde la infancia sobre un niño que tapó un hoyo en el dique con el dedo, impidiendo que se rompiera e inundara la ciudad.
No era tiempo de tulipanes pero, a cambio, son ciudades forestales. Bruselas incluso tiene, como resultado de una Feria Mundial de los años sesenta, un parque donde se celebra el asunto del átomo y se suma la promesa de la energía nuclear para la paz. Tal vez no debieron hacerle concesiones a la modernidad al hacerlo, pero querían mostrar que están a la vanguardia. Quizás un parque con sabor del siglo XIX hubiera bastado, porque resulta más entrañable que el figurín atómico. Ya no se ve tan moderno, se ve como algo retro para los jóvenes actuales, pero ahí quedó y sigue el adorno.
Lo cierto es que, para tonos verdes, estas tierras; tal vez por tanta agua. Y todo es una postal apacible de aldeas quietas, vacas contentas y un día que se va sin prisas, pero altamente productivo. Es el corazón de Europa y, por su ubicación y su centro político y económico, son países pequeños de alto ingreso y gran calidad de vida. Con una historia milenaria, hay demasiado que ver y conocer para una estancia de apenas un parpadeo.
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