
Por Manuel Gutiérrez
Terminó el largo invierno ruso, pero el cambio estacional no ha mejorado el ánimo de los moscovitas y de los rusos en las diversas regiones del extenso país, quienes critican el desempeño de su gobierno y de la campaña militar, así como el deterioro de la calidad de vida.
Un fantasma recorre toda Rusia: se trata del espectro de Joseph Stalin, el judío georgiano que se constituyó en el verdugo de Ucrania con la hambruna del Holodomor, y de su propio pueblo, al que sacrificó en la Gran Guerra Patria resistiendo con más de 20 millones de muertos en combate y pérdidas civiles ante la invasión de los nazis, que duró cinco años.
Stalin no perdonó ni al mariscal Zhúkov, gran héroe de Rusia, por su popularidad y por considerarlo un potencial rival por el poder. Stalin fue causante de la muerte de muchos valiosos socialistas que, por honestidad o inteligencia, propusieron soluciones mejores que las del Estado y que fueron descalificados o perseguidos.
El quinto año de la guerra, que no puede ser ganada pero tampoco puede ser perdida, coloca a Vladímir Putin en el centro de reportajes que tanto la BBC como la CNN perciben como una reprobación del líder infalible, quien resuelve las críticas a la vieja manera de Stalin: con represión. Eso ha regresado a Rusia como una verdad oscura y terrible. Es amenazante el perfil espectral que ostenta Putin de una era oscura del siglo XX.
Putin encontró en el conflicto, iniciado por los sionistas norteamericanos, una puerta de emergencia a recursos frescos, porque se le permitió vender petróleo a quien se lo compre. Adicionalmente, al igual que a las petroleras de Occidente (incluidas las de Estados Unidos), el bloqueo de Ormuz les genera grandes ganancias a todo ese sector; aunque saben que el precio del barril alcanza, en momentos álgidos, los 150 dólares, esto no va a durar por siempre. La “cruda” llegará con un descenso pronunciado para las petroleras una vez que se resuelva el enredo provocado con Irán, que juega a no perder y con ello, probablemente, salga con la aureola de vencedor. Aunque los bombardeos los hayan triturado, su narrativa de victoria es creíble, y no solo para los iraníes.
Trump, en tanto, busca cómplices, pero Alemania anunció que “nada de guerra”, aunque ahora buscará tener toda la potencia militar que en el pasado le era impermisible. Hoy Alemania sabe que de su capacidad de guerra dependerá, en mucho, la paz de Europa.
España, como el resto de los países de la OTAN —incluida Italia e incluso Gran Bretaña, que es alter ego de los estadounidenses y aliado per se natural—, participa del lado norteamericano pero con muchas limitaciones y reticencias. Francia tampoco se dejó arrastrar a un conflicto artificial que nunca debió haberse iniciado y en el que solamente Israel ganará territorios en Líbano con el pretexto de someter a Hezbolá; pero este partido y organismo militar es un gobierno legítimamente electo por los libaneses.
En fin, sigamos con Moscú. Las fuerzas policiacas de Rusia, al más puro estilo estalinista, allanaron las editoriales que de alguna manera han filtrado cierto realismo en sus informaciones, por lo que la libertad de prensa se ha desvanecido. No es tanto que hayan atacado al gobierno o al ejército ruso; basta pretender ser objetivos y dar datos reales para ser sujetos de detenciones, intervenciones, investigaciones y todo el repertorio de verbos represivos que sepan conjugar, cuyo resultado es que solo quede firme la propaganda del zarismo.
La acusación daría risa en Occidente, pero en Rusia es algo muy serio. Los acusan de hacer propaganda subversiva contra el Estado, por ejemplo, promoviendo el discurso queer, las ideas LGBT y demás letras que se agreguen al significado del movimiento del arcoíris mundial. Por ejemplo, la editorial Eksmo, una de las mayores de Rusia, producía material de ficción destinado a adultos (entre ellos cuentos “picantes”), pero entre sus temáticas de venta acuden al sexo. El problema para Eksmo fue la divulgación del cuento llamado Summer in a Pioneer Tie, con la narrativa de un romance homosexual, bajo el sello de la línea llamada Popcorn Books. Esto se considera una narrativa peligrosa, y Putin ha tomado la bandera de ser el defensor de los valores tradicionales. Las etiquetas del Estado van desde “extremistas” que merecen penas penales, hasta llegar al concepto de estimarlos como algo próximo al terrorismo.
Pero la prensa seria tampoco se libra. Novaya Gazeta, que ganó un Premio Nobel de la Paz en 2021 y que tenía prestigio internacional, fue allanada y afectada en sus publicaciones. La libertad de prensa, por tanto, se ha convertido en un extremismo condenable para el nuevo zarismo de Putin. La persecución llega a todos los medios; incluso en los medios oficiales o marcadamente gobiernistas, si aparecen opiniones con cierto sabor a crítica, se persigue al autor y este, de inicio, queda fuera de su empleo.
Novaya Gazeta se ha convertido en un medio digital, sector que los dictadores tardan un poco más en controlar, pero el dictador Putin ya encontró la solución. Para ello, encontró —como anillo al dedo— el mal funcionamiento de las redes de internet en Rusia. Rusia sufre muchas interrupciones de su internet, hay “apagones” del sistema y el gobierno se justifica alegando que recurre a medidas de seguridad para proteger secretos de Estado que pueden ponerse en peligro si se divulgan. Todo se convierte en secreto de Estado en Rusia, un método copiado de México de imponer reservas de datos y documentos en asuntos como la accidentada Línea 12, el accidente del Tren del Istmo, los derrames de petróleo o las obras públicas cercanas al fraude; simplemente lo que pone en tela de juicio la transparencia de las obras ejecutadas por el ejército en México pasa a ser secreto de seguridad nacional.
No en balde, Putin fue admirado durante toda su gestión por el presidente López Obrador, quien propició que se hicieran campañas de Russia Today con acceso incluso al Metro y transportes públicos. Su sucesora designada por él guarda también un urgente rechazo de apoyo a Ucrania, ya que consideran que esta es la agresora de parte de Europa. Total, el método tiene padre y este se aprendió desde los años del inicio del bolchevismo en Rusia.
Pero hay signos más alarmantes del cambio total a la dictadura por parte de Putin. Este persigue y desmiente a organismos de derechos humanos de la ONU. Un organismo totalmente ruso, notable por su seriedad en esa materia, denominado “Memorial” y que goza de prestigio fuera de Rusia, fue prohibido por la Suprema Corte, que es un apéndice más del poder absoluto en que ha caído Rusia. Igual que en México con el informe de los desaparecidos, la administración centralista de Putin la emprendió contra el Alto Comisionado de los Derechos Humanos, Volker Türk; Putin protestó por catalogar a “Memorial” como extremista. Putin puso una “cortina de hierro” y prefirió hacerse omiso.
Todo en Rusia se ha vuelto “extremista”, hasta pedir los derechos humanos esenciales. Türk, por su parte, declaró que la Suprema Corte de Rusia estaba “criminalizando los trabajos por los derechos humanos” en favor de los propios rusos. Pero Rusia ha llegado a un nivel en que le vale todo tipo de condena internacional; paradójicamente, se apoya en las ideas de Trump.
Algo ominoso ha regresado a Rusia: en 1991, cuando cayó el telón de acero, una de las estatuas derribadas junto a las de Lenin y Marx fue la del odiado Félix Dzerzhinski, creador de la primera policía secreta al servicio de la revolución, conocida como la “Cheka”, que impuso un método implacable de desaparición y envío a campos forzados en Siberia de opositores, incluso célebres. Félix, sin mediar orden judicial, eliminaba también a los considerados opositores o denunciados en delaciones anónimas. Pero el FSB (antes KGB), organismo que desciende de la NKVD y la GPU, ha adoptado ahora el nombre de Félix en su edificio y, nuevamente, Putin ha ordenado que se repongan las estatuas en su honor. Ya solo les falta ensalzar a Laurenti Beria y a otros caciques sanguinarios del sistema de seguridad.
En Siberia, en Tomsk, se levantó un monumento para recordar a los rusos los excesos soviéticos: los trenes de la muerte, los campos de trabajo y las ejecuciones sumarias, las muertes por hambre y frío a las que los comisarios podían despachar sin molestarse en trámites judiciales. Los supervivientes convencieron al gobierno de hacer el monumento, pero Putin mandó destruirlo. Es decir, ya no le molesta regresar a tiempos oscuros ni aparentar que es democrático. Esto indica que Putin ha decidido aplicar en su totalidad el sistema de Stalin en su idea de zarismo, y que le tiene sin cuidado la desaprobación de la opinión pública.
Con el impulso de la guerra, ha optado por llegar más lejos en la repetición de las prácticas de la KGB (hoy FSB), como la recolección de sospechosos que eran sacados a medianoche de su lecho para nunca más volver. El sueño es un privilegio que los moscovitas saben que es un lujo, porque puede ser la hora del acto de desaparición. Rusia, en ese sentido, tuvo un gran número de desapariciones causadas por el Estado. En tanto, en México, los narcos desaparecen a los jóvenes con la complicidad o tolerancia de pactos como los de Sinaloa, Tamaulipas, Tabasco, Veracruz, Estado de México, Michoacán, Colima y Jalisco (con el Rancho Izaguirre, etc.), en los que también se vivió la experiencia de campos de exterminio.
Sin embargo, la presidenta los llamó “campos de entrenamiento” y nunca aceptó el concepto de exterminio, pero las cifras oficiales generan espanto: cerca de 400 mil desaparecidos.
Rusia vuelve a ser la capital oscura del estado militante y guerrero. Aunque no es socialista, ha comenzado a revivir los símbolos peores de la era soviética. Incluso se da el lujo de prescindir de la ideología; solamente propone el caudillismo y el poder centralizado y absoluto de todo, sin utopía alguna. El activismo de Putin llega a extremos de violentar la historia. La matanza de Katyn en Polonia —realizada según investigaciones históricas internacionales y estudios forenses contra miles de soldados polacos en 1940 por el régimen de Stalin— fue atacada mediante una exposición adulterada en la que se pretendía culpar a los nazis, lo que ofendió seriamente a Polonia y a los países bálticos.
Los crímenes colectivos, las matanzas en el río Volga y lo de Katyn, más la masacre de la familia del zar Nicolás II, regresan como un tumulto de masacres. La sombra de Stalin ha retornado; su perfil de asesino de masas ahora gravita en el ejercicio de Putin. Esto debería alarmar al mundo, que no ve estos cambios de mucha profundidad que adopta Rusia y que denunció CNN. La determinación de Putin es borrar a los ucranianos del mapa, lo que siempre han sabido y ha sido la causa de su resistencia. Por eso, los ataques incesantes contra zonas civiles, hospitales y terminales son una determinación de exterminio. Putin no cederá hasta la última bala y la opinión pública le tiene sin cuidado. Regresamos al “terror rojo” de la era soviética.
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