Por Manuel Gutiérrez
Han transcurrido muchos días de la campaña iniciada por Israel con los Estados Unidos, como confrontación con Irán. A la distancia se ha reabierto el estrecho de Ormuz a cambio del cese de hostilidades en Líbano, lo que ha frenado de forma temporal la expansión de Israel y el genocidio que estaba cometiendo en Gaza, pero no se resolvió el problema humanitario. La Casa Blanca, en tanto, pretende cubrirse de gloria con una pretendida victoria.
¿Cambió el régimen de Irán? ¿Logró invadirlo y neutralizar sus aspiraciones nucleares y su capacidad de lanzar misiles? ¿Logró apoderarse del petróleo ajeno, aspiración de su conquista que enmarcó los planes sionistas de imperialismo judío? ¿Valió la pena meterse en una guerra que resultó poco justificable, impopular y, más bien, vista con repudio en los Estados Unidos? Para todas esas preguntas, la respuesta es simple: NO.
Pero vienen las elecciones en dos países: en los Estados Unidos y en el mismo Israel. Todos, por lo tanto, hablan de haber ganado; pero incluso Irán lo hace, y, confrontando los resultados, creo que sí fue el ganador, superando la disparidad militar. No por los resultados de la guerra propiamente dicha: le ganó la mano a Israel-Estados Unidos en cuanto a la forma en que se defendió y los daños que causó. Sobre todo, ganó en el aspecto político al lograr negociar y demostrarle a Trump, en los hechos, por qué algunos de sus asesores le recomendaron no meterse en ese conflicto. La economía y la comunicación fueron hábilmente manejadas por los iraníes.
Trump, sin embargo, necesita victorias para alimentar su campaña, su ego, su futuro y su presente, pero no es creíble para quien tenga un razonable sentido de visión política. Los vecinos árabes ricos quedaron escaldados porque, sin participar, Irán les obsequió ataques a sus instalaciones de petróleo y ciudades, pegando incluso a hoteles de lujo. Fue muy incómodo. La migración laboral a Qatar, Abu Dabi, Arabia Saudita y otros puntos de opulencia se contuvo por la guerra y no se ha reanudado con la pretendida paz. La conciencia de esos países quedó vulnerada al saber que son alcanzables en caso de una conflagración mayor. Eso desalienta la inversión, el turismo y todo; y no había necesidad de agitar el avispero.
Israel está que trina, porque su campaña de exterminio y expansión quedó trunca. En Líbano, Hezbolá sigue vigente; entonces todo el aparato resultó inefectivo (aunque no para los mutilados, heridos y muertos), pero políticamente no lograron nada. Y sí reavivaron el repudio mundial para su país, que incluso catalogan como antisemitismo, pero no ven cómo alentaron el odio y mostraron dureza hasta con intentos de rescatistas extranjeros por auxiliar a la población civil de Gaza, maltratando activistas y mostrando un rostro implacable que no se advertía desde los campos de concentración en que fueron considerados subhumanos. Racismo total como postulado.
Incluso por la veleidad del trumpismo, Irán ha encontrado que puede acercarse de forma conveniente a los Estados Unidos. En tanto, su aliado principal y quien lo montó en esta desastrosa guerra, que se ganó en lo militar pero se perdió en sus efectos políticos y económicos, Israel, queda incómodo y sin una resolución definitiva de sus inquietudes y ambiciones. Estados Unidos invitó a la fiesta a Europa, pero esta resolvió por unanimidad —salvo Inglaterra, en involucrarse más a fondo, pero no tanto como pretendía Trump— no hacerlo. Francia lo hizo de manera reticente.
Irán, al parecer, salió bien librado del asunto; ni siquiera perdió las llaves del petróleo. La famosa isla Kharg, centro neurálgico de distribución, no fue tocada más por algún misil o bomba aislada; destruida no vale nada, y tomada es un alto riesgo, porque los analistas advirtieron que podría ser fácil tomarla, pero la ocupación expondría ante Irán a represalias constantes, intimidantes y de alto costo para los Estados Unidos, que necesita ganar su guerra sin tener pérdidas.
Todo resulta un simple espejismo, ya que cualquiera de las partes (y en menor grado los Estados Unidos, pero todos) podrán alterar en cualquier momento esa imagen de quietud. El período de paz, para que sea creíble y mitigue los afanes de Irán de no afectar el estrecho de Ormuz, asunto clave que se convirtió en el tema coco de la guerra. Si el espejismo de paz se sostiene durante el tiempo necesario hasta pasar el periodo electoral, Trump puede vender una victoria inexistente.
En tanto, Netanyahu buscará hacer exactamente lo mismo; pero en Israel hay una oposición racional, congruente a no buscar soluciones bélicas como único medio. Hay ciudadanos judíos defensores de valores de la civilización, pero los halcones militaristas siguen en el poder en Israel. La tentación de romper el espejo temporal de paz es tan frágil…
Irán, en tanto, repuso sus cuadros. Si bien lo descabezaron los bombardeos y atentados, simplemente cambiaron nombres, pero su capacidad de rehacerse quedó intacta y, lo que es peor, tienen iniciativas. Recordemos que los drones fueron aportación de Irán al conflicto de Rusia en su invasión a Ucrania, y que, como armas baratas, han diseñado misiles propios y sistemas defensivos que no rompen sus presupuestos como en el caso de los sistemas estadounidenses, que resultan carísimos y que generan una dependencia nociva.
La misma guerra vista por Irán —aunque le incomodaron a su equipo de fútbol en el Mundial, lo mismo que a Irak, incluso con marcaciones dudosas y desfavorables para sacarlos— no fue tan temible como suponían frente al poderío norteamericano. Este finalmente, luego de un largo año de servicio, se encontró con sus portaaviones que extendieron su servicio al máximo. Lo cual no fue sano, y tuvieron que cambiar las ecuaciones de fuerzas marítimas para no debilitar posiciones; incluso postergaron el retiro de un portaaviones Nimitz, con el que asustaron o presumieron en América Latina, por la falta de otra nave similar y tripulación fresca para operar en forma global.
Pero las tripulaciones cansadas y una sensación de que estaban haciendo una guerra inútil llevaron al límite la capacidad operativa y postergaron el necesario mantenimiento: casi fue un año continuo de servicio sin descanso. Hoy, marinas como las de Estados Unidos e Inglaterra se cuestionan de sus puntos débiles y de que les faltan recursos. Mínimo dos portaaviones más para Estados Unidos, que se vio comprometido si se hubieran presentado timbrazos de urgencia en otras latitudes; pero eso llevará mínimo dos años y cuestan miles de millones de dólares, aunque sí los tienen.
Sí quieren renovarse, mejorar sus cuadros y fortalecer sus números por muchas razones, pero lo cierto es que la marca de Trump no ha logrado convencer de sus acciones a nadie, salvo las reacciones antipopulistas de Perú y de Colombia, más debidas a los pésimos gobiernos, promesas incumplidas y fracasos económicos, más barruntos reales de dictaduras tóxicas. Trump perdió pedestal en Europa, y el colmo fue la estúpida fricción que emprendió contra Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, que generó reprobación mundial y la suspensión de una visita del titular de Relaciones Exteriores de Italia a Estados Unidos en tonos misóginos, groseros y sin necesidad; pero Trump estaba siendo Trump. Italia y Europa por eso juegan ya sus propias cartas.
Era necesario esperar a que se concluyeran las fases armadas y diplomáticas, y que se aclararan las cosas para ofrecer esta opinión, que coincide con muchos medios internacionales que no son favorables a Trump, sino objetivos.
En la antigua Roma, lo peor que podía hacer un emperador era que regresaran legiones de aventuras fracasadas; mejor no había desfile, no al arco triunfal, cero proclamas divinas y mucho circo. Eran obligadas a no ingresar a Roma, a estar alejadas y opacas para lamer sus heridas. Ignoradas e incluso ofendidas.
Las fallas de alianzas y de negociaciones de Roma se suplían en ocasiones con la fuerza militar, pero siempre se buscaban soluciones políticas; y si Roma se empleaba militarmente, con el apoyo del Senado, e incluso de la plebe romana, tenía que regresar victoriosa y contundente. Y con botín, y aquí no hubo. Trump fue a una guerra, sin apoyo de su Congreso, por sus pistolas.
El problema es cuán creíble será tener un Trump victorioso cuando NO lo hay. Porque en este conflicto que no debió ocurrir nunca, todos perdieron, excepto el ofendido: Irán. Y eso hace que este espejismo no pueda ser duradero, y eso representaría un daño de campaña política que no pueden permitirse Washington y su inquilino actual.
La paz, por tanto, está puesta con alfileres, y en eso coinciden Carlos Loret, Maruan Antaki y muchos analistas internacionales: se agitó el agua, se enturbió y ahora tienen que beberla y mantenerla como si la paz fuera para siempre, lo que nadie cree —al menos hasta que las maniobras internas políticas sean favorables—, y el sionismo imperial no se cansa nunca. Me atrevería a apostar que no se mantiene un mes antes de que alguien dispare otra vez.
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