Por Manuel Gutiérrez
Bienvenidos, dice el Maestro de Ceremonias de Picadillo Circus, hoy tenemos un show musical, muy a tono con la nueva era del espectáculo. En la pista central, con iluminación en azul del PAN, tenemos a los Pitufos: Julio Hurtado, -No Regalado- hombre de armas tomar, pistolas portar y armas presumir, está en uno de los extremos, esperando poder atrapar las clavas con fuego que le lanzará la dama del buen conspirar, Claudia Murguía.
El asunto, sin embargo, se está saliendo de control, no se hacen malabarismos y se sostienen las clavas en el aire, estas se cambian por puñales, y si las miradas bastaran para matar como en el caso del Basilisco de la mitología, ya los Pitufos estarían cafeteados.
La Coordinación del Congreso debe representar algo importante, no sé qué ramos, pecuniario, prestigio, control. Porque la banda de los Pitufos está, pese a que el escudo azul resulta esperanzador para muchos votantes, muy alicaída. De hecho, da pena ajena, causa tristeza ver el partido que en la cumbre estuvo, ahora parecer velorio de pobres.
Mientras el poderoso Morena se alista y de hecho ya inició sus campañas con bombo y platillo, con elefantes, dinosaurios, serpientes de diversas índoles sus desfiles triunfales, los del partido Pitufo no despiertan y menos cuando Pitufina Murguía quiere en el caldero al Pitufino Hurtado.
De los costalazos periodísticos, desde el altiplano a lo bajo, muy bajo, se dan con todo, por obra del genio pitufino Rovelo, que está dispuesto a llevar las cosas más allá de la polémica, del golpe periodístico, sino que desea que la Fiscalía Anticorrupción de Stephanie Sifuentes Vargas se ponga las pilas e imparta justicia de comprobarse las acusaciones contra Julio Hurtado.
Alguien me dijo: “Es un pleito de millonarios”, no me imaginaba que el partido azul fuera tan favorecedor como para producirlos en masa. Claro, para ser políticos hay que tener marmaja y sin marmaja no eres nadie. Pero el asunto aquí de conflicto de personas a conflicto de interés amenaza con convertirse en una superlibre, de máscara contra cabellera, sin límite de tiempo, pero en el peor momento en que debería haber unidad y propósito para buscar hacer unas elecciones decisivas para el futuro del país.
El problema de tirar mordidas y rasguños es que van y vienen. Las sospechas caen ante la coordinadora anterior, pero a la vez pretende producir un golpe fuerte en los Altos, en que pintan a Hurtado digno de ser objetivo de una operación enjambre; sin duda es prepotente, ambicioso e hijo de Don Chuy, y muy del estilo de los Altos, pero lo interesante es que los rijosos comprometen el futuro pitufino.
Cítense a las 6 de la mañana en algún responsable camposanto, nombren a sus padrinos de armas y elijan cómo lavar el honor con hemoglobina roja. Pero déjense de plantear cismas que llevan a la extinción a un partido que parece de caricatura y que más le vale pensar qué va a hacer.
Porque todavía hay bardas que dicen Diego Monraz, a quien repetidamente se acusa de corrupción y de una vialidad vil, al servicio de intereses, tolerante de grúas piratas, repetido hasta el cansancio por Cámaras y empresarios, muy hábil recaudador, pero muy mal servidor público que se ha separado de la sociedad y del servicio. Si algo le queda lejos es el Bien Común, le queda su propio Bien y a todo lo ancho. Quiso ser alcalde de Zapopan en el 2012 por el PAN y perdió, luego se hizo miembro de Movimiento Ciudadano. De allí las bardas.
Otro caso parecido pasa con los queridos Petersen Farah, que de respetables tribunas fincan su imperio, pero nada hacen que produzca crecimiento a los pitufos.
Sólo negocios, sólo colusiones entre Movimiento Ciudadano y lo que queda del PAN, pero no se ve doctrina, no se ve formación de cuadros, ni círculos, ni nada geométrico, todo se supedita a la lucha por el dinero, pero no para el financiamiento de la lucha política, sino para el peculio personal.
Porque los panistas metidos en la era de Lemus no dan resultados que no sean los privados, los que se distinguen por engrosar cuentas personales. Mientras el PAN da muestras de extinción, de olvido, de abandono, y de verdad. El PRI en tanto trabaja, se reorganiza, se fortalece, tiene gente, mucha gente que ha vuelto a buscarlos, y que creen en que serán el caballo negro. Laura Haro al frente, pero entregada y los priistas sin cargos en MC no protagonizan sainetes que pueden ser o no ciertos, pero que sí dañan. Morena le da las gracias por su diligencia, por su generosa demolición interna, como si lo necesitaran.
Hay obras públicas cuestionadas en este show, e incluso Ricardo Rovelo se ha dado vuelo mostrando su talentoso talante para denunciar y golpear con contundencia. Pero de aquí, si bien entiendo que puede haber fricciones, puede haber lucha por los cargos, y es algo natural en los partidos, más los que tienen algo que morder.
Pero de escala a escala, este número ya se está poniendo feo, incómodo. Y el que pastor pitufo Juan Pablo Colín, que nunca ha mostrado cómo es que alguien lo puso de presidente de ese partido de la oposición (en Jalisco), no tiene capacidad ni fuerza, ni interés para hacerse escuchar y arreglar lo que les afecta.
El futuro se ve sombrío para el PAN, tanto que decirlo hasta me parece ocioso, pero tienen un orgullo de casta sagrada, se sienten divinos, como si fueran de Morena –O lo son y no me he dado cuenta-, se sienten partícipes de una secta chiquita de iniciados, que deja lejos a dirigentes que tuvieron como Manuel Clouthier, como el pensador Carlos Castillo Peraza, yucateco que llegó a ser el último ideólogo. Vamos, ni para ideólogos lucen algo.
Carlos Castillo hablaba de pensamiento, acción -y daban entrevistas interesantes a los medios- inteligencia y pragmatismo. Hoy esperan que en automático el repudio al partido poderoso del oficialismo los eleve y les permita seguir con sus felices canonjías. Fin del acto, las clavas caen, el bastón sale y retira a las estrellas, que ponen el orgullo por encima de su causa, porque parece que el PAN dejó de serlo.
“México no necesita salvadores, necesita ciudadanos”, decía Carlos. Pero qué lejos está de Manuel Gómez Morin, qué triste, son Pitufos sin pastor.
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