Por Violeta Moreno Haro
Hay trayectorias que pueden medirse en cargos, años de servicio o resoluciones. Pero cuando se habla de impartición de justicia existe otra medida, quizá más difícil: la capacidad de sostener una decisión correcta cuando hacerlo tiene consecuencias.
El magistrado construyó buena parte de su vida profesional dentro del Poder Judicial. Pasó por responsabilidades como secretario de juzgado y juez, hasta llegar a magistrado del Supremo Tribunal de Justicia de Jalisco.
Sin embargo, al escucharlo hablar, uno entiende que para él saber Derecho nunca fue suficiente para ser un buen juzgador.
Valoraba especialmente la jurisprudencia como instrumento para interpretar la ley, pero colocaba por encima de cualquier conocimiento técnico una palabra que hoy hace mucha falta recordar: ética.
Y ahí aparece algo central en su trayectoria: los Principios de Bangalore fueron, en buena medida, la columna vertebral de su vida profesional.
Independencia, imparcialidad, integridad, corrección, igualdad, competencia y diligencia no fueron para él conceptos decorativos ni palabras para una conferencia. Fueron una forma de entender el oficio judicial.
Para Estrada Nava, frente a un juez debían valer exactamente lo mismo ricos y pobres. La amistad, el poder político o una dádiva jamás deberían inclinar una resolución.
Alguna vez tuvo oportunidad de comprobarlo personalmente.
Ante la petición de un político, él dijo que no. Y sostuvo el no.
La consecuencia fue ganarse la animadversión de aquel personaje. Pero justamente ahí está una de las diferencias entre ocupar un cargo e impartir justicia: hay decisiones que pueden costar amistades, relaciones y comodidades, pero que preservan algo bastante más importante, la independencia de quien juzga.
Porque impartir justicia y conservar contento a todo el mundo son actividades prácticamente incompatibles.
Quizá por eso una de las ideas que mejor resume su forma de entender el oficio es sencilla: no basta con parecer un buen juez. Hay que serlo.
Serlo cuando nadie observa y, sobre todo, cuando alguien poderoso está observando.
Los Principios de Bangalore pueden parecer, desde lejos, un conjunto de referencias internacionales sobre conducta judicial. En la vida profesional del Lic. Miguel Estrada fueron algo distinto: una guía práctica para decidir cómo comportarse frente al poder, frente a las partes y frente a la propia conciencia.
Eso explica por qué la rectitud, la imparcialidad y el trato igualitario aparecen de manera tan constante cuando se habla de su trayectoria.
En tiempos en los que discutimos cómo mejorar nuestros tribunales, quizá la respuesta no esté solamente en cambiar leyes, estructuras o mecanismos de elección. También está en recuperar una vieja exigencia del oficio judicial: conocimiento suficiente para interpretar correctamente la ley y carácter suficiente para aplicarla igual frente al poderoso y frente al ciudadano común.
El magistrado Miguel Estrada Nava pertenece a una generación que entendió que la toga no concede autoridad moral automáticamente.
Esa autoridad había que ganársela.
Y conservarla cada día.
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