Por Laura Gutiérrez Franco
Hablar de discriminación en los centros de trabajo no es una novedad, pero hay una modalidad ruin de la que casi nadie quiere hablar abiertamente: el edadismo laboral. Es la marginación sistemática contra hombres y mujeres que sobrepasan los 40 o 50 años de edad, una práctica injusta que castiga la trayectoria de personas que se encuentran en la plenitud de sus facultades intelectuales, físicas y profesionales para seguir produciendo.
La contradicción resulta indignante. Mientras las grandes corporaciones, las instituciones y los propios medios de comunicación difunden discursos sobre la inclusión y el respeto a la experiencia, en la vida real le cierran la puerta en la cara a quienes acumulan canas y oficio. Para sacudirse la responsabilidad, inventan pretextos absurdos como la falta de actualización tecnológica o el desconocimiento de herramientas digitales. Mienten para justificarse: cualquier persona con disciplina aprende a manejar un sistema o una plataforma en un par de días, pero la ética, el criterio afilado y el colmillo que dan las décadas de trabajo no se aprenden en un taller express.
Detrás de este rechazo no hay una razón técnica, sino una mezcla de tacañería y maltrato. Prefieren sustituir al personal capacitado por jóvenes a quienes pueden pagar sueldos de miseria y someter a jornadas agotadoras. O peor aún, contratan a profesionales mayores bajo esquemas informales, negándoles las prestaciones de ley y la seguridad social más básica. Y para colmo, les repiten a diario que deben estar agradecidos porque les están “haciendo un favor”.
Eso no es una oportunidad de empleo; es una humillación y una forma abierta de violencia psicológica hacia el adulto mayor. Descartar la madurez por ahorrar unos pesos en la nómina solo llena a las organizaciones de vacíos, torpezas y mediocridad. A la gente de experiencia no se le regala el trabajo por caridad ni por compasión: se le contrata por su capacidad probada y se le garantiza el derecho fundamental a laborar con dignidad y salarios justos.
El daño de este sesgo no solo lo sufre quien busca empleo; lo paga la sociedad entera. Cuando una empresa o un medio borra de un plumazo a sus perfiles experimentados, destruye el puente de enseñanza con las nuevas generaciones. Los jóvenes se quedan sin mentores que los orienten en el manejo de crisis, en la toma de decisiones difíciles y en el rigor del día a día, provocando que las organizaciones cometan una y otra vez los mismos errores del pasado por pura falta de memoria histórica.
Ya es hora de encarar esta hipocresía con la ley en la mano y con exigencias claras a los departamentos de recursos humanos y directivos. El talento no tiene fecha de caducidad y la experiencia jamás debería ser tratada como un estorbo o una anomalía que deba ocultarse. Exigir un trato justo y salarios dignos para los profesionales mayores no es pedir una concesión especial; es defender el derecho a trabajar con la frente en alto y recordar que la madurez es el activo más valioso que puede tener cualquier industria.
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