Por Manuel Gutiérrez
Fascinante, complejo, profundo, son adjetivos que se aplican a Anacleto González Flores, cuyo padre fue rebozero, y de alguna manera aprendió algo del oficio, aunque fue muchas cosas y brilló intelectualmente, tejiendo un cromo de la otra historia de México, y de paso se atrevió a moldearla a su manera: Anacleto González Flores, pacifista real, que alentó la guerra Cristera hace cien años.
Su primera mentora fue su madre, María Flores Navarro, poseedora de una cultura campesina oral que la hizo del modo integral de la zona de los Altos. Ella le narra la primera cristiada, cómo los rancheros defendían al cura del lugar, cómo llegaron a ocultarlos en pozos de agua, le habla de lo sucedido en 1873, por qué eran perseguidos como bandidos por el gobierno, por qué la cristiada de 1926 es en realidad la segunda, como lo describe Jean Meyer. La historia se torna viva, real, cercana, peligrosa y cercana a su familia, involucrada con ella.
Luego, la primaria de Don Herculano Camarena, con el profesor Heriberto Garza, quien descubre a un alumno brillante, pero raro, con referencias polémicas. De algún modo terminan la primaria, pero Garza era buen maestro, positivista, pero efectivo, y le da método y estructura mental al alumno, al que le rebotan los discursos de que México nació con Juárez, que la Colonia fue oscurantista, la Iglesia nefasta.
Lino Pérez, presbítero, fue otro de sus maestros que sin saberlo estaba haciendo historia. Era catedrático del seminario y encontró a Anacleto, quien desde muy chico mostraba una memoria precisa y vasta, que comenzó con el Catecismo de Ripalda.
Lino Pérez además le proporcionó autores decisivos en Historia: uno fue Carlos Pereyra, que publicó Juárez, su obra y su tiempo, y una versión no de imprenta de otro de sus fundamentos, la obra de Mariano Cuevas: la primera dedicada a la Historia de la Iglesia, la segunda a la Historia de la Nación Mexicana, de la que vio fragmentos.
De ahí pasó a Nemesio García Naranjo, ilustre porfirista y luego ministro de Educación de Victoriano Huerta; con ello formó su arsenal hispanista, y comprendió y defendió a Hernán Cortés, compartiendo la tesis de que vino a civilizar y crear una nueva raza, y todo comienza en 1521, con la caída de Tenochtitlán.
En 1870 surge la figura del historiador Joaquín García Icazbalceta, que rescata archivos históricos para demostrar con documentos la historia, no con mera palabrería. Fray Juan de Zumárraga constituye la base, pero de esa tendencia pasó a aprender del estilo del orador porfiriano Trinidad Sánchez Santos; para entonces, es portador el beato de un arsenal intelectual, tiene oratoria y periodismo, tiene liderazgo, a la vez se fundamenta en la historia universal y nacional (la otra, sobre todo) y es abogado y a la vez un laico conocedor profundo de su religión e historia.
Joaquín García Icazbalceta es todo un caso profundo de aportes en historia y biblioteconomía, un gran sabio mexicano autodidacta, que se hizo rico y usó sus recursos para rescatar desde códices hasta documentos de la colonia, del primer imperio de Iturbide, hasta fundamentar el esfuerzo conservador en la Reforma; tuvo discípulos como Manuel Orozco y Berra y otros talentos.
En 1914 Carranza comienza la persecución, y surge el primer teatro y los primeros golpes, piedras y palos. De alguna manera Anacleto tejió toda la historia conservadora-porfiriana, sumó a los pensadores actuales, agregó filósofos crudos, añadió pensadores del siglo XX y el resultado fue pasmoso, pero prescindió de lo que era contextual, ya no era importante para el orador del Teatro Lux, del Degollado, de las calles y de salones parroquiales, que competía con René Capistrán Garza, otro mago de la oratoria, pero más elevado, con conjuntos de 12 palabras, buscando votos, demócratas.
René, con crítica fina del liberalismo buscando la Patria Católica, en tanto dirigido a una capa de gente superior, pero Anacleto, enfocado en obreros y campesinos, proponía héroes, y el triunfo de Cristo Rey, cueste lo que cueste, terminaría como periodista por generaciones.
La muestra: René: “El liberalismo nos enseñó a avergonzarnos de ser católicos, nos puso levita y nos quitó el alma. No queremos una patria laica, porque sin cruz no hay patria, hay geografía”.
Anacleto: “No vamos a discutir, vamos a afirmar. ¡No somos un partido, somos una raza que resucita! Nos llaman reaccionarios porque no queremos que el hijo reniegue de su madre. ¡Pues lo somos! ¡Reaccionamos contra el veneno! Juárez no nos dio patria, nos dio una fractura que todavía estamos pagando con sangre”.
Es decir, la guerra conservadora en la Reforma, el hispanismo histórico, todo volvió en 1920 y con toda su fuerza. Tejió ideas del pasado con el presente, resolvió dudas, adornó sus conceptos y se lanzó a hacer historia, no a escribirla, y su desenlace fue el martirio, porque su compromiso solo podría tener la salida de firmarlo con sangre, no en papeletas municipales en urnas; pero había cambiado el siglo XX como lo veremos en su legado que marca a México hasta el 2000 por lo menos, aunque no lo mencionaran.
Anacleto en tanto usaba las tácticas aprendidas de oradores del siglo XIX y XX con su ritmo de 7 palabras, pausa, golpe. Desde Cicerón, Manuel José Othón o Díaz Mirón retazos de poesía, luego entraban Donoso Cortés y Jaime Balmes, pero había pasado por Francisco Bulnes, todos ellos con dedo de fuego contra Juárez-Carranza-Allende, y luego Plutarco Elías Calles.
Pereyra se sumaba a la defensa de la Hispanidad, con sus narrativas de expediciones, su ataque a Calles y su enfoque de campeones de la civilización en México. Hernán Cortés salía bien librado de su conquista y del orden colonial implantado.
¿Cómo aprendieron oratoria? Usaron el manual de 1918 del padre jesuita Chomón, pero Cleto revisó al futuro cardenal Orozco y Jiménez, inspirados en Bossuet, “conmover, enseñar y tronar”, pero conteniendo a Balmes como su columna.
Podía embelesar a la gente, dejarle grabadas sus ideas y luego lanzar sus tesis, todas fundadas en la lectura del pasado, con datos presentes y sobre todo aplicaciones muy concretas. Todo digerido, verdadero, con rigor en sus datos y exaltación en sus frases, un talk show de gran calidad. El puente, sin embargo, entre el conservadurismo tiene nombres: Nemesio García Naranjo, que fue exiliado a Texas, con la idea de que Hispanidad incluye indigenismo, y este por sí solo no explica a México; otro periodista que marcó épocas y que sobrevivió a la aventura contrarrevolucionaria.
Todo el cóctel se reduce a lo teológico por encima de todo; la política, la historia, la economía tienen una finalidad metafísica, porque esa interpretación es el culmen de todo el proceso. Volvemos al Bien y el Mal, a reconocer a Cristo o perseguirlo.
La manera de lograrlo fue crear una universidad que no tuvo ese nombre, pero eran los círculos de estudio, como el Donoso Cortés, dedicado a la oratoria; el Jaime Balmes, destinado a Filosofía y Apologética; el León XIII, sobre sociología y economía sobre la base de la propuesta corporativa de la encíclica Rerum Novarum; el Círculo Agustín de la Rosa, que parte del método de Icazbalceta y Manuel Orozco y Berra: investigan, documentan, nada de discutir sin bases, pruebas históricas, inmersión en la historia, hechos, no mentiras.
El Círculo Manuel José Othón, dedicado a Poesía y Literatura. Todo orientado a conmover, lo mismo episodios religiosos, a plantear la belleza de la historia, de los lugares de la Patria, del pueblo natal, que el pueblo llore y admire su legado. Círculo Bartolomé de las Casas, dedicado al periodismo y propaganda, que aportó gente que llegó con la pluma activa hasta los setenta, medios como Gladium y La Palabra, que enfrentarán al liberal diario El Informador; finalmente el Círculo Santa Felicitas, del mero pueblo, preparados sin libros, con 3 ideas básicas: Dios, Patria, Familia.
Llega a 15 mil afiliados, base de la Unión Popular, que no se levantó en armas como tal nunca, pero sí hizo el boicot al gobierno de la época, estatal y federal; no disparó un tiro pero le vació las arcas a Elías Calles así como a las escuelas oficiales y los eventos sociales.
La preparación de esas juventudes originaría un legado importante para los siguientes años y hasta fines del siglo XX: Agustín Yáñez como gobernador, Antonio Gómez Robledo y otros como particulares, periodistas, educadores y literatos seguirán la continuidad del fenómeno iniciado en la década de los 20; prueba de su excelente formación fue el éxito.
Efraín González Luna es uno de esos casos; entonces el PAN y posteriormente el Sinarquismo de Salvador Abascal hacen época con movimientos sociales enfrentándose al Estado y sus políticas, pero sus líderes aprendieron del Maestro y vincularon las historias de 4 siglos.
Y fundadores de la UAG, resultado de jóvenes del Círculo San Francisco, con Jorge Padilla, Carlos Cuesta Gallardo, entre otros, crean la primera universidad particular de México con resistencia a la educación socialista oficial, defendiendo la libertad de cátedra y sumándose a la lucha por la autonomía universitaria, que se dio a la par en la UNAM; por ello esta universidad venera a Anacleto González Flores, porque sus primeras generaciones de maestros fueron formadas por él y trasplantaron lo de los círculos a la enseñanza en sus aulas en su origen.
Hay una confusión seria: el Corrido de Tepatitlán describe el combate de esa población defendida por el agrarista Quirino Navarro. Ahí dice: “Se levantaron en armas los de la Unión Popular”, pero no fue así; para los alteños, llamarle así a los cristeros era habitual, pero en realidad como organismo la Unión no tuvo vela en la guerra.
Este corrido es del 27-28, ya muerto Anacleto, pero genera una confusión popular, porque la UP era una cooperativa de consumidores organizados que llegó a 150 mil afiliados organizados por cada manzana.
La idea surgió del alemán Windthorst, otro modelo que exitosamente aplicó AGF.
El paso de AGF dejó huellas y ricos archivos, unos en la UAG, en la U. de G., en la UNAM, en la UANL, en el Centro de Estudios Históricos Slim (antes Fondo Condumex), en colecciones particulares: cartas, manifiestos, nombres, y lo más importante: Miguel Palomar comenta que Anacleto se rehusaba a tomar las armas, lo hizo casi obligado por obedecer mandatos superiores, obligaciones morales, y se somete a la prueba.
Luego todo pasa a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y a los fondos citados; todo es tan abundante, vasto, y parte de ello está en la causa de santificación; incluso en vida fue condecorado por el Papa Pío XI con la orden Pro Ecclesia et Pontifice, por lo que siempre mantuvo su centro en la religión.
De hecho, Anacleto no supo que su victoria llegaría en el gobierno de Carlos Salinas, cuando se reconoció la personalidad jurídica de la Iglesia católica y de otras iglesias, así como el derecho de la libertad de conciencia; todos gozan de ese derecho por su esfuerzo.
Miguel Gómez Loza fue el brazo derecho de Anacleto y murió también en la gesta cristera. La muerte de AGF se da con la aprehensión injusta de los Vargas González, pero por cosas inexplicables del destino, dejaron vivo al menor.
Lo genial de todo este mosaico es cómo aglutinó, con su formación religiosa e hispanista, todo el conjunto histórico de hasta ese momento; pero los grandes historiadores monumentales terminan con la obra de Joseph Schlarman, México, tierra de volcanes, cerrando un nexo de siglos que supo explicar y usar, desde los conservadores y sus otras historias de México: Lucas Alamán, Mariano Cuevas, Carlos Pereyra, etc. Todo lo hizo parte de su oratoria, de sus escritos, y creó un mensaje nuevo, pero a la vez ancestral, incluso llegando a ser digerido Jacques Maritain y Emmanuel Mounier por sus sucesores, planteando otra vez una doctrina renovada pero nada original, pero matizada en lo moderno y que funcionó hasta la alternancia en el año 2000.
Se dice que la obra posterior de un aspirante al altar hay que analizarla como fruto de ese esfuerzo, indicador de que era un tocado por la mano de Dios. Más no se puede: entretejer la historia a su manera, usarla y luego convertirse en parte de ella, influir en la posteridad. Merece más que una avenida en su pueblo natal y sigue vigente.
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