Por Laura Gutiérrez Franco
Mientras las cúpulas se atrincheran en sus oficinas, la verdadera tragedia humana del IMSS se mide en las cunas de la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales del Centro Médico Nacional de Occidente. Según reveló una investigación publicada por Quadratín Jalisco, la cifra no se trata de complicaciones de nacimiento, sino de recién nacidos que llegaron con vida y murieron contagiados por bacterias: en un periodo de solo tres a cuatro meses, suman ya 17 bebés fallecidos a causa de infecciones bacterianas provocadas por la falta de higiene, la nula esterilización y la escasez de insumos básicos en el área.
El dato es desgarrador, inaceptable y lastimoso por donde se le mire, pero lo más grave es la conspiración de silencio que rodea al caso. Salvo contadas excepciones periodísticas, la gran mayoría de las vocerías gubernamentales han optado por el mutismo, intentando encapsular la muerte de estos niños para no manchar la imagen del sistema de salud pública. Pretenden tratar una crisis de contaminación e infección intrahospitalaria como si fuera un simple trámite administrativo.
Sin embargo, el asunto ya escaló a la justicia federal. La desesperación y la dignidad de los padres de familia los llevaron a interponer denuncias formales ante la Fiscalía General de la República, buscando que las investigaciones no queden en manos de las mismas autoridades sanitarias que por negligencia permitieron la proliferación de la bacteria. La respuesta institucional del IMSS ante semejante ecatombe ha sido el clásico control de daños superficial: la separación del cargo de dos médicos y el anuncio de indagatorias internas que en nada reconfortan a las familias.
Separar a dos profesionales no absuelve a las altas dirigencias ni borra la podredumbre de fondo. Esta crisis de impunidad y abandono terminó por hacer estallar la olla de presión en el propio Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social. Cansados de la complicidad de su dirigencia, del desabasto y del deterioro de los hospitales, los propios trabajadores del IMSS irrumpieron con violencia y tumbaron la puerta de las instalaciones sindicales para encarar el charrismo de sus líderes.
La imagen de los empleados tirando los accesos de su propio sindicato es el retrato hablado del colapso institucional. Los médicos, enfermeras y personal operativo se cansaron de poner la cara ante los derechohabientes mientras la cúpula sindical protege a las autoridades de la delegación y tolera las peores anomalías. Al derribar la puerta, la base dejó en claro que la paciencia se agotó y que ni la burocracia ni el maquillaje oficial podrán contener la rabia por un sistema de salud que mata a sus pacientes y margina a sus trabajadores.
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